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Manifestación o urnas: sobre el pueblo y sus expresiones

Manifestación o urnas: sobre el pueblo y sus expresiones

Como es público y manifiesto, la plataforma DRY, convocante del 15-M, usa regularmente la palabra “pueblo” para referirse a casi todas las actividades que impulsa. Últimamente, cuando llamó a realizar un debate alternativo sobre el estado de la nación en la Puerta del Sol, su distintivo ha sido que era el pueblo quien lo realizaba. Esa tendencia a definir quién es el pueblo y a interpretar sus intereses, le ha otorgado a DRY una apreciable cantidad de críticas desde diversos medios, entre otras razones porque tal actitud es reconocida tradicionalmente como propia del populismo. ¿El pueblo es quien asiste a las convocatorias de DRY? ¿El pueblo es quien opta por manifestarse por el malestar social existente? ¿O, por el contrario, el pueblo es la gran mayoría de la ciudadanía de un país, la gente común, más allá de cómo se exprese políticamente? El problema se ha enredado cuando, en algunos medios políticos y de comunicación, se han comparado algunas expresiones de participación ciudadana y sus correspondientes cifras: decenas de millones votando el 22-M, frente a decenas de miles manifestándose el 15-M. Algunos observadores han indicado que eso es “comparar peras con manzanas”, como si eso resolviera todo el asunto. No lo resuelve. Es cierto que se comparan cosas que no son de la misma naturaleza (pero, por decirlo todo, dado que DRY aseguraba que el pueblo eran las decenas de miles de manifestantes, la respuesta que le dieron era más que merecida). En realidad, el pueblo no puede definirse por sus distintas manifestaciones. Como dice Daniel Innerarity, “el pueblo es una realidad lo suficientemente compleja como para que ninguna de sus manifestaciones (la opinión pública o la publicada, sus dirigentes o las estadísticas, los mercados o la moda, los grupos de presión o los excluidos) pueda resumirlo de manera satisfactoria”. Mi juicio es que la mejor manera de aproximarse a la idea de pueblo es por la vía de la sociología política: se entiende por pueblo aquella gran mayoría de la ciudadanía que no pertenece a las minorías privilegiadas (algo que puede medirse según diversos indicadores, ingresos, poder, etc., pero que suele estimarse entre el 75% y el 90% de la población de un determinado país). Ahora bien, si se compara esa gran mayoría de la ciudadanía, con sus distintas expresiones políticas, pueden hacerse algunas deducciones. La primera, es que cuanto más voluminosa sea la una determinada manifestación política más se acercará a la dimensión real que presenta el pueblo. En ese sentido, varias decenas de miles de manifestantes son efectivamente una minoría activa mucho más que una expresión ampliamente representativa del pueblo. Ciertamente, eso depende (y esa es la segunda observación) de si existen las libertades públicas que permiten las distintas expresiones políticas. Porque, si como sucede en los países del Norte de África, el pueblo no puede expresarse en las urnas, es muy posible que una manifestación de decenas de miles de personas sea la única representación posible del pueblo. Pero no necesita insistirse que esa no es la situación existente en España, como se comprobó inmediatamente el 22-M.  Pero si, además, quiere justipreciarse el valor de cada expresión política, una forma directa de hacerlo consiste en medir sus efectos pertinentes en el sistema político. Una manifestación tiene mayores efectos cuanto menos libertades públicas hay, pero en un sistema democrático tiene sobre todo el efecto de ser canal de expresión de una circunstancia (molestia, reivindicación, rechazo, etc.). Mientras que la votación libre y universal tiene efectos políticos directos en el sistema democrático. De hecho, son las elecciones las que establecen las autoridades legítimamente constituidas, así reconocidas mundialmente, entre otros por el sistema de Naciones Unidas. Es decir, todo indica que tanto por su cobertura como por sus efectos, si puede determinarse cuál es la expresión popular que es más representativa del pueblo y su voluntad política. Y todo parece indicar que el valor de la votación de millones de personas en un sistema democrático, con libertades públicas, es apreciablemente mayor que el de una manifestación de miles de personas, también ante el derecho y la comunidad internacionales (digo, por mencionar alguna que otra referencia constatable). Y todo ello sin necesidad alguna de minusvalorar el derecho de manifestación y su realización práctica, sino solamente para sugerir la posibilidad de componer algún tipo de mapa valorativo ponderado.
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