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Fuego en el trono

Fuego en el trono

martes 02 de octubre de 2007, 20:47h
Actualizado: 03 de octubre de 2007, 21:16h
TITO B. DIAGONAL
Barcelonés de alta cuna y más alto standing financiero, muy apreciado en anteriores etapas de este diario, vuelve a ilustrarnos sobre los entresijos de las clases pudientes.
Realmente, amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y jaureguiados, vilariñeados y republicaneados niños y niñas que me leéis, no puedo dejaros solos. Apenas me marcho a gozar de mi bien merecido y reparador descanso estival, parece que se abrieron las compuertas del ígneo Hades y se produjo una erupción que deja a los volcanes Krakatoa y Etna reducidos a la simple condición de pueblerino castillo de fuegos artificiales.

No quiero ni pensar en lo que, durante una parte de mi ausencia, os estuvo intentando inculcaros Damián, mi redicho valet de chambre, al que investí como maestrillo suplente, dada su condición de eslabón entre mi persona y el resto de la Humanidad, afiliado a la sociológica condición de miembro colectivo y numerario de las clases bajas.

Pero vayamos a lo que es esta nueva temporada que yo, vuestro mentor, doy por convenientemente inaugurada, al retornar al ejercicio de mi selecto magisterio de vida y costumbres. Y, empecemos por el primero de los ecos mundanos, que nos llegan con aquellos versos de José de Espronceda, el poeta romántico (español, por supuesto). “La llama de un incendio que corra devorando//quisiera yo encender...”, lo que vine a ser un canto a la piromanía. Vamos, que Don José viene a ser un antecedente de esos Maulets que en plan miembros del Santo Oficio, queman en efigie a SS. MM. los Reyes de España. Alguien, por cierto, los ha comparado con los de la otra trinchera, la de los radicales à la frèdérique de la cadena mitrada. Pues no... No fastidiemos. No son magnitudes comparables. Son elementos heterogéneos entre sí (¡toma nota, Jáuregui!), aunque con un denominador común: el de la gilipuertez. Los del alminar mitrado –dicho sea en su descargo—no queman a S.M. el Rey que Dios guarde, ni siquiera en efigie. Se limitan a meterle –dialécticamente, espero— su plebeyo dedo en su regio ojo, al pedirle que abdique en S.A.R. el PrínZipe de Asturias. C’est pas la même chose, mes enfants... No es lo mismo, aunque Dios Nuestro Señor los cría y la estupidez los junta.

Claro que los regios sinsabores de estos días no acaban aquí. Porque, por otro lado, los senadores de la Entesa per Catalunya se han descolgado ahora con una ocurrencia de aurora boreal. Ellos no pretenden ni quemar la efigie de S.M. el Rey de España, ni pedirle que abdique en el Heredero de la Corona. Nada de eso. Ellos se limitan a legislar para que Don Juan Carlos pase de Capitán General de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire a la condición de suboficial. Vamos, que deje de ostentar el supremo mando militar. ¿A dónde hemos ido a parar, pequeñines/as míos/as? A ningún sitio bueno, por descontado.

Puestas así las cosas, mis amigos del club y yo, hemos decidido empeñarnos a fondo par que España siga siendo lo que siempre fue: un Reino. Que es lo serio y lo coherente. Lo que lo toca a un país de acrisolada Historia. Lo que le toca a Nuestra Patria Común e Indivisible, que bajo el manto protector de la Corona ha pasado de la Dictadura Unipersonal a la Democracia, que es el caldo nutricio del Estado de Derecho y que lleva aparejada la existencia de una Economía Social y de Mercado. Y no cejaremos en nuestro empeño de que se respete la línea dinástica, por más que energúmenos de todo tipo se empeñen en plantarle fuego al Trono desde el cual Su Majestad el Rey ejerce su altísima magistratura. Así que decimos como el clásico: “Al Rey la hacienda y la vida se ha de dar”. Y en eso estamos, amadísimos/as de mi paterno corazón. Porque no vamos a escatimar esfuerzos, bien sean económicos (siempre y cuando desgraven), bien personales (nuestros jardineros, pinches de cocina, camareros, chóferes y lacayos están siguiendo acelerados cursos de bomberos). Y, para el verano que viene, aún vamos a ir más lejos, plus loin, dado que el actual yate Fortuna está a punto de entrar en la categoría náutica de patera y/o cayuco senegalés, estamos dispuestos a encabezar una suscripción nacional para que la Casa Real tenga a su disposición un yate de 110 metros de eslora como mínimo, para que ni siquiera Francisco Hernando, el ostentóreo promotor inmobiliario de Seseña (Toledo) pueda ronear de la posesión del yate más grande de España (ese Clarena II de 72 metros de eslora que se está construyendo). Y lo haremos desinteresadamente, porque a tal Señor, tal honor.
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