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El extraño comienzo de legislatura

El extraño comienzo de legislatura

viernes 16 de diciembre de 2011, 17:14h
Ha sido un arranque de legislatura raro y extraño. Primero la presencia en el Congreso, 18 años después, de Batasuna, travestida de Amaiur. Después la forma variopinta con la que más de una veintena de diputados han jurado o prometido su cargo y, por último, la polémica sobre quienes podían formar o no grupo parlamentario. Estos días en el Congreso se respira un aire extraño. La galbana habitual de las dos últimas legislaturas ha dado paso a un nerviosismo palpable, espeso y hasta tenso en algunos momentos.

   Todos andan desconcertados, como perdidos, en sus particulares circunstancias. Los que dejan el gobierno no pueden disimular el vértigo que les produce su incierto futuro. ¡Es el mundo al revés!. Los ministros buscan miradas cómplices de los periodistas -de los que hasta ahora huían como de la peste-, mientras nosotros, los plumillas, nos interesamos mucho mas por los ministrables, que a su vez se esconden por los rincones, sabedores de que salir en algunas quinielas es mas perjudicial que beneficioso para estar, finalmente, entre los elegidos.

   Los nuevos diputados, algunos novatos, pero otros muchos con amplia experiencia de gestión en ayuntamientos y comunidades autónomas están  clarísimamente, fuera de su ambiente. Apenas se mezclan, salvo con los afines, y mucho menos se prestan a hacer los habituales corrillos políticos o mediáticos. Eso sí, hay notables diferencias entres ganadores y perdedores. Los primeros están contentos, y ni pueden ni quieren ocultarlo, mientras los segundos apenas pueden disimular la cicatriz de la derrota, sabedores del frío helador que se siente en la oposición, y más cuando el adversario obtiene mayoría absoluta.

   El aislamiento es total en el caso de Amaiur. Están solos por lo que son y representan. Lo saben y les importa un pito. No hay miradas de cortesía, ni apretones de manos ni cercanía de ningún tipo por parte del resto de sus señorías. La única excepción puede ser la de Rafael Larreina, (EA) que intenta, como puede, darle cierta normalidad a su presencia anómala con tales compañeros de viaje. Al paso de estos diputados el silencio es espeso y la incomodidad de todos evidente. Las urnas han hablado y la grandeza de nuestra Constitución permite que estén dentro de ella quienes la quieren dinamitar y hacer una interpretación torticera poniendo en su camino, siempre que puedan, bombas lapa. Es la ley y todos la acatan, pero concesiones a la galería ni una, al menos hasta que sus amigos se quiten la capucha, entreguen las armas y pidan perdón a las víctimas de su orgía de sangre y dolor. "Entonces ... ya veremos" dicen algunos en voz baja.

   El desconcierto es general y no solo entre sus señorías. Los servicios de prensa, policías, ujieres y el resto de los trabajadores se esmeran mas que nunca en controlar quien entra y sale del edificio de la Carrera de San Jerónimo. Salvo que se identifiquen como diputados muchos de ellos son desconocidos lo cual da lugar a escenas  propias del camarote de los hermanos Marx. Y por si fuera poco las fechas no ayudan. Es Navidad pero muchos no se comerán el turrón en sus cargos y otros no podrán celebrarlo por aquello del qué dirán. Todo es extraño, muy extraño. Los únicos que permanecen imperturbables en la Camara Baja son los leones.
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