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Pilar Manjón

Pilar Manjón

jueves 15 de noviembre de 2007, 19:12h
Actualizado: 19 de noviembre de 2007, 07:19h

En este país hay un ruido que nunca cesa. Un ruido constante de políticos y periodistas tirándose las dos Españas a la cabeza. Políticos y periodistas que aparecen todos los días en todos los medios de comunicación: escribiendo artículos en los periódicos, gesticulando en la pantalla del televisor, opinando de lo divino y lo humano en las revistas, dictaminando en la radio acerca de las cosas más dispares y siempre sin una idea original que te sorprenda.

Sus juicios son requeridos en toda clase de temas, ya se trate del amor o de la textura de las manzanas recogidas durante la última cosecha, de la próxima guerra que va a cercenar la memoria de nuestros hijos o del desafortunado año con el que está teniendo que enfrentarse la borbónica Familia Real. Presidentes y expresidentes, tertulianos y tertulianas, ministros y exministros, consejeros, viceconsejeros, alcaldes y, por supuesto, los muchísimos virreyes autonómicos que padecemos que nunca se detienen ante nada: lo mismo opinan con desparpajo de la influencia de la halitosis en la literatura rusa del diecinueve, que salen contando chistes de gangosos en una tertulia radiofónica o friendo un par de huevos con delantal en uno de esos programas de televisión para desempleados y amas de casa. Hablan, hablan y hablan. Hablan para llenarlo todo de nada, alimentando viejos rencores, discutiendo cualquier sentencia judicial y chapoteando en la superficie de la sociedad para desplazar toneladas de fluido que no se corresponden con la entidad de su trabajo. 

Yo no soy político, pero si periodista, aunque, como dijo alguien, dado el desprestigio que hemos alcanzado, prefiero que en casa sigan creyendo que toco el piano en un burdel.

En este país, sin embargo, también hay personas que, para nuestra desgracia, se hallan instalados a una altura inferior a su talento o sumergidos en el anonimato: profesores, científicos, comerciales, camareros, escritores, estudiantes o amas de casa que rara vez tienen la oportunidad de deslumbrarnos con su generosidad, su pensamiento, su fortaleza o su dignidad. Mujeres y hombres desaprovechados, desatendidos, desperdiciados, en su mayoría escasamente remunerados, que se limitan a sobrevivir como buenamente pueden con la elegancia que otorga el silencio cuando este es creativo, humilde... Ciudadanos y ciudadanas - que diría nuestro limitado lehendakari - que cumplen con sus obligaciones día tras día y noche tras noche sabiendo que nadie les reconocerá el esfuerzo - mucho menos todos estos charlatanes que han encontrado en la política y en el periodismo una caudalosa fuente de ingresos.

Por eso, cuando alguna de estas personas, instaladas a una altura inferior a su talento o sumergidas en el anonimato, habla, yo me callo. Me callo y escucho. Eso es lo que hago cuando Pilar Manjón, por ejemplo, habla. Me callo y escucho. Y eso es lo que haré en el próximo chat de este periódico donde ella será la invitada. Procuraré que el ruido constante que envenena este país no se adhiera, como una enredadera, a mis escasas neuronas cerebrales y luego, en silencio, susurraré una breve oración para que yo nunca tenga que enfrentarme a lo que ella ha tenido que enfrentarse. Se que no estaría a su altura.

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