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Caminos sin retorno

lunes 14 de diciembre de 2015, 08:21h

La adolescencia es esa época de la vida en donde el futuro no tiene más de 24 horas. Ya se sabe que hablar a un adolescente de la necesidad de planificar los estudios, de evitar ciertas amistades o de adoptar el hábito de ahorrar unos cuantos euros para prevenir épocas de vacas flacas es como intentar convencer a un pez de la bondad de seguir la dieta mediterránea, aún ocultándole que su carne forma parte de ella: misión imposible.

Pero, en cierto modo, todos seguimos siendo adolescentes cuando cosas que aparecen delante de nosotros no queremos verlas. Las ciencias, y la tecnología y los tiempos con ellas, por ejemplo, en su andadura determinada, imparable, decidida e irreversible, se llevan por delante costumbres, valores, recuerdos, prácticas y hasta servicios que en un momento dado nos parecían férreos, firmes, rocosos, inamovibles. Uno de ellos es el de Correos, con el que hemos crecido, soñado, caminado y hasta coqueteado en algún momento de nuestra vida. Sobre todo si, como es obvio, sobrepasamos los 40…

Resulta ahora que, no es que ya no se manden a través de Correos ni las felicitaciones navideñas. Es que hasta la antigua ansiedad por llegar a casa y abrir el buzón de correspondencia, se ha trasladado al e-mail, vía habitual de recepción de las comunicaciones de cierto peso (multas, avisos administrativos, citas judiciales y hasta cartas personales y recibos del banco). El resto de comunicaciones, las más cotidianas, nos llegan vía Whatssapp, Messenger o SMS…

Reinventarse o morir

En los últimos siete años, Correos ha prescindido en España de unos 17.000 empleados, uno de cada cuatro. Y la reducción de su plantilla, cuya media de edad se acerca a los 50 años, no ha tocado fondo todavía. Y las barbas de los vecinos occidentales ya han sido peladas o están a punto de hacerlo: Canadá, por ejemplo, dejará de llevar cartas y paquetes a los domicilios, a través de su servicio de correos, a partir de 2019. Al mismo tiempo, el equivalente británico a nuestro viejo servicio de Correos, Royal Mail, fue privatizado el año pasado, después de haberse mantenido más de 500 años como servicio público del estado.

En España, Correos va dos siglos por detrás, solo tiene 300 años de antigüedad, y no hace falta ser futurólogo para concluir que nunca llegará a hacerse tan mayor como su homónimo británico, si no cambia de camino. A Correos, efectivamente, le queda aún la baza de los paquetes y el comercio electrónico para intentar sobrevivir, pero los viejos románticos que sabemos distinguir aún entre las más o menos frías letras del procesador de textos en el ordenador (verdana, arial o times, pongamos por caso) y examinar sobre el inerte papel el trazo nervioso, inseguro y desesperado de la letra de quien te comunica con toda la ansiedad del mundo que se muere por volver a verte, está a punto de morir, si es que no lo ha hecho ya.

No volveremos jamás a recorrer los ojos por esas líneas que expresan mucho más de lo que dicen. No volveremos a estremecernos leyendo el remite de esas cartas que llevamos meses esperando y que, inopinadamente -cuando menos te lo esperas- el cartero depositaba en tu buzón, las descubrías, las subías a casa y torpemente, con un nerviosismo secular, no acertabas a abrir de ningún modo… Todo eso, no nos engañemos, ha desaparecido. Esos eran otros tiempos. A nosotros, que hemos vivido todo eso, no nos queda más remedio que aceptar que los carteros, como, las “oscuras golondrinas”, de Gustavo Adolfo Bécquer, “aquéllas que aprendieron nuestros nombres… esas... ¡no volverán!”.

Pero podemos -incluso, debemos…- hacer un hueco en nuestra memoria emocional y transmitir a los nuestros que es posible reeditar todas esas sensaciones para ver si alguno de ellos vuelve a coger pluma y papel para escribir a mano un ‘Te espero siempre’, un ‘No te olvidaré jamás’ o ‘Lo nuestro es imposible’, lo fotografíe a continuación y, con el mismo nerviosismo que nosotros escribíamos o abríamos la carta, lo remita ahora a través de Whatssapp, SMS o Messenger y presione suavemente el botón de enviar. Acaso los bits descubran entonces que son capaces de emocionar y emocionarse…

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