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La maldición de San Valentín

sábado 13 de febrero de 2016, 12:18h

Encaramándonos a los recuerdos, podemos deducir que los meses de febrero, y concretamente las fechas en torno al día 14, que es cuando se celebra la festividad de San Valentín, son muchas veces turbulentos en la historia política de España. Y no lo digo solamente, claro, por el clima que preparó la ridícula asonada del 23 de febrero de 1981, lamentable efeméride de la que están a punto de cumplirse treinta y cinco años: ha habido, en estas fechas, demasiados crímenes ‘sonados’ de ETA –cuyo espantajo, increíblemente, aún se sigue evocando— y hasta expropiaciones que costaron mucho al contribuyente. Pero pocas veces, en mi ya larga carrera de mirón de la cosa política, he asistido a una tormenta tan perfecta como la que ahora nos devasta en esta jornada, oficial y oficiosamente dedicada a exaltar el amor y en pocas ocasiones como ahora tan marcada por todo lo contrario, es decir, por el desafecto, el desprecio y hasta, si usted me apura, por el odio. Dos Españas machadianas, crispadas, que se miran con enorme desconfianza ante un futuro incierto. Alguien habló, alguna vez hace años, de la existencia de una maldición de San Valentín. Tal vez; en todo caso, nunca como ahora tan patente esa presunta maldición.

Existe, dentro de las innumerables clasificaciones que se puedan hacer de esta España nuestra, el país alegre, confiado y gastador que celebra San Valentín atiborrando los restaurantes de moda y agotando las existencias de las floristerías. Pero también está la España preocupada que otea un horizonte de neblinas, como se han empeñado en decirnos tantas veces y tantas voces a lo largo de la semana, avisando de los peligros del cambio-inevitable-que-viene y del que el único que parece no haberse enterado es quien, por el momento y en funciones, aún mantiene, por la legitimidad de los votos obtenidos hace cuatro años y dos meses, la presidencia del Gobierno de la nación.

Nunca he visto un personaje, con tanto poder teórico, tan desvalido, tan aferrado a que las cosas deben seguir siendo como eran en los no tan viejos, buenos tiempos. Le han alcanzado casi todos los rayos de la tormenta perfecta –Barberá, Púnica, Nóos, Bárcenas que vuelve el día menos pensado a los titulares—pero él, impasible como un lord paseando por Bond Street, aún nos ha hablado esta semana, tras su clamoroso desencuentro con el secretario general socialista, de sus posibilidades de mantenerse llevando el timón. ¿Quién va a desalojarle del puente de mando si no es un conglomerado de fuerzas disímiles, que hace un par de meses todos hubiésemos juzgado incompatibles, liderado por un hombre, Pedro Sánchez, cuya pericia para manejar el barco no consta, aunque sí consten su intrepidez y su don de gentes?

Ambos, las dos personas sobre las que gravita en mayor medida la responsabilidad de procurar la estabilidad y la integridad territorial amenazadas en este país del desamor, protagonizaron un encuentro lamentable el viernes. Media hora hablando de la UE, parece, y quizá de las ondas gravitacionales, para pasar el rato, veinticinco interminables minutos, sin nada que acordar mientras, en Barcelona, el molt honorable president de la Generalitat se reúne con los cónsules extranjeros en la ciudad para hablarles de la inminente independencia del territorio, y su antecesor remoto Jordi Pujol ve pasar a sus familiares por el pre-banquillo de la corrupción, donde ya está instalada la hija y hermana del Rey. Lo importante no es si Rajoy y Sánchez se dieron o no la mano, que parece que se la dieron en esa intimidad en la que Aznar aseguraba que hablaba catalán: lo significativo es que el uno no se leyó el papel programático que había elaborado el otro, y el otro ni siquiera se dio por enterado del ‘programa, programa, programa’ que le envió el uno. Del tercero en discordia, ese Pablo Iglesias que cerraría el triángulo del desamor –porque el cuarto en discordia, Albert Rivera, parece haberse instalado en la dulce espera, como Newton, que era la antítesis de Einstein, a ver cuándo caen las manzanas maduras--, algo sabremos, parece, esta semana: también él prepara su ‘papel mojado’.

No existe prueba más evidente del desamor que no leer las cartas que el otro te envía. Porque lo otro, el mirar indolente la mano tendida, la escenificación del desprecio, puede ser síntoma de que, al menos, tomas en cuenta la existencia del otro, al que aborreces. No leer los escritos que se te envían es ya el corte definitivo. Lo malo es que, en esos escritos cruzados y estériles, se planifica el futuro de quienes, al parecer meros espectadores, contemplamos la escena teatral que se desarrolla allá arriba, y que algunos califican de ‘alta política’. En fin, hemos visto a Pedro Sánchez muy seguro de que, a comienzos de marzo, apenas dos semanas faltan, España podrá tener “el Gobierno que se merece”. Encabezado por él, desde luego, e integrado vaya usted a saber por quién: nos encogemos de hombros y nos decimos ‘bueno, él sabrá’. A la vista de todo lo que estoy viendo, casi me atrevo a tomarlo como un rayo de esperanza. Un rayo más, glub, en la tormenta perfecta.

Y lo peor es que a San Valentín, sacerdote romano del siglo III, según nos recuerdan Wikipedia y la tradición, el emperador Claudio II ordenó que le cortaran la cabeza, por casar a los soldados que el poder civil había decidido que debían permanecer solteros. Es decir, por tratar de unir lo que el Imperio había decidido que debía permanecer separado. O viceversa, quién sabe a estas alturas.

- El blog de Fernando Jáuregui: 'Cenáculos y mentideros'

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