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Voluntad política unilateral y democracia

martes 08 de noviembre de 2016, 11:36h

Acabo de abandonar la ciudad boliviana de La Paz en medio de un nuevo barullo político, que contiene algunas enseñanzas universales. Los seguidores de Evo Morales, encabezados por el Movimiento al Socialismo (MAS), el partido en el gobierno, están buscando esforzadamente algún mecanismo que les permita revertir los resultados del pasado referéndum, que rechazó la propuesta de reforma legal para permitir una nueva reelección de Morales. Un conocido intelectual boliviano, anteriormente simpatizante de Evo, me explicaba: “El problema es que el MAS no puede imaginar un futuro político sin Morales, preso como está de un personalismo populista, así que está considerando varias maniobras para desconocer los resultados del plebiscito”.

Un sector del MAS sigue con atención el experimento que realiza Ortega en Nicaragua; que ha consistido en realizar una consulta al (amigable) Tribunal Constitucional acerca de si existe alguna diferencia de rango entre el derecho constitucional a elegir y ser electo y el límite de tiempo establecido por la Constitución para postularse a la Presidencia. Una vez que el alto Tribunal se ha prestado al juego y ha emitido dictamen favorable a la mayor jerarquía del primer derecho, Ortega -y su mujer- se han presentado una vez más a las elecciones. Claro que el mandatario nicaragüense ha agregado a su plato picante algunos otros condimentos: poner fuera del juego al principal partido opositor, impedir la entrada de cualquier tipo de observación internacional, entre otros.

En esas condiciones, la victoria electoral ha resultado espectacular: con una reducida participación, Ortega ha obtenido el 71% de los votos emitidos. Los otros mandatarios de la región miran con estupor lo que sucede en Nicaragua, pero apenas son capaces de emitir una condena formal. El costarricense Luis Guillermo Solís ha declarado que se siente “muy preocupado” por cómo se han desarrollado las elecciones en el país vecino. Pero hasta el momento nadie ha solicitado la convocatoria del mecanismo previsto en la Carta Democrática que todos firmaron en la OEA para evitar casos como este. Mientras tanto, la oposición nicaragüense, que llamó a la abstención, ya ha rechazado lo que califica de “farsa electoral”, así como sus resultados.

Sin embargo, la iniciativa que parece más avanzada en el MAS boliviano para revertir el resultado contrario del pasado referéndum se orienta en otra dirección. El guion expuesto a los medios de comunicación refiere al derecho que tendrían los movimientos sociales, desde la noción polimórfica que la Constitución de 2009 otorga al concepto de democracia, a buscar un gobierno propio, un gobierno de los movimientos sociales. Para ello, se plantea usar la figura de un Cabildo nacional, convocado ya para el 8 de enero, al objeto de que allí se acuerde reunir firmas para solicitar un nuevo plebiscito. No parece difícil que el MAS consiga las firmas necesarias al respecto, aunque las fuerzas de oposición creen que la Constitución no recoge el derecho a repetir un plebiscito por el mismo tema y menos a tan corto plazo y que este proceder podría aumentar la proporción del rechazo a una nueva postulación de Morales. Por otra parte, no todos los sectores del MAS están convencidos de que esta iniciativa pueda ser exitosa.

De todas formas, la iniciativa refleja bien la idea de democracia presente en el MAS. Se trata de oponer al sufragio universal, una persona un voto, la democracia de los sectores políticamente activos, la democracia de los comprometidos. No es una gran novedad. En este caso se trata de los movimientos sociales; hace cien años se trataba de superar el sufragio universal mediante la democracia de los soviets de soldados, obreros y campesinos organizados. Así lo hizo Lenin para que no lo olvidemos nunca.

Resulta curioso que en esta oportunidad ni siquiera haya sido un procedimiento de la denostada democracia representativa el que sea necesario superar. De hecho, cuando Morales planteó en febrero pasado la necesidad de acudir a un referéndum, lo hizo argumentando que era una forma sólida de democracia directa. En realidad, todo demuestra que no importa la fórmula democrática escogida, sino que lo importante es sostener la supremacía de la voluntad de impulsar un determinado proyecto político, por encima de las convicciones políticas de todos los demás, más allá del juego democrático si es necesario.

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