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Lágrimas sobre las Ramblas

sábado 19 de agosto de 2017, 12:41h
Cuando era niño, todos los veranos íbamos a visitar a mi abuelo que vivía en Barcelona. Habitaba una casa enorme con una gran galería que daba a un patio de manzana interior que era una de esas joyas que tenían muchas viviendas del urbanismo modernista de la Ciudad Condal. La casa estaba en la calle Bruch, entre Ronda de San Pedro y Trafalgar, muy cerca de la Plaza de Urquinaona. Justo delante del portal paraban los tranvías y luego los autobuses que iban desde la ciudad hasta una Badalona que crecía a un ritmo imparable y que en los veranos trasladaban a cientos de barceloneses que iban a las playas del cercano municipio, pues por aquel entonces Barcelona no disponía de las playas actuales pues la Barceloneta era un barrio de pescadores mitad arrabal y mitad clandestino.

Desde la casa de mi abuelo solía ir de la mano de mi padre a pasear por las calles cercanas, pero siempre acababan los paseos en la inmensa Plaza de Cataluña e irremediablemente bajábamos por las Ramblas. Allí, al principio del bulevar, se encontraba la Fuente de Canaletas, donde la tradición dice que si bebes agua del grifo, volverás a Barcelona. Este ritual lo repetía cada año aunque en aquella época, el agua de la fuente como toda la de la ciudad, sabía a cloro y era muy desagradable, máxime viniendo de Madrid donde siempre hemos presumido de agua de primer nivel. A mí me daba igual beberla, pues lo que quería era volver al año siguiente a Barcelona y sobre todo a pasear por las Ramblas.

Bajando desde Canaletas, enseguida llegábamos a mi lugar favorito: la Rambla de los Pájaros, donde me quedaba hipnotizado viendo los periquitos, las cotorras y los loros. Oírlos y verlos era mi gran ilusión de cada día y mi padre en un ejercicio de paciencia extrema, me llevaba una tras otra vez a ese lugar mágico para mí. La segunda parada del paseo era en los puestos de flores en la parte de la Rambla que lleva su nombre. En aquella época esos kioscos solo se podían ver allí con ese colorido y elegancia de los ramos en sus floreros. La Rambla de las Flores era el lugar favorito de mi madre y siempre recordaré sus exclamaciones ante tanta variedad y colorido.

A un lado y otro del paseo se encontraban unos majestuosos kioscos de prensa que con gran paciencia y esmero, sus dependientes instalaban cada día una a modo de exposición permanente de diarios españoles y extranjeros al cual se acercaban muchos turistas a encontrar las noticias de sus países de origen. Solo en aquellos kioscos se podían ver además de los diarios, una extensa variedad de revistas que ordenadas cuidadosamente daban colorido con sus portadas y hacia que muchos se detuvieran a ojearlas.

Pero las Ramblas albergaban dos joyas más. Una de ellas es el Mercado de San José, popularmente conocido como Mercado de la Boquería, posiblemente el precursor de los mercados gastronómicos que ahora son tan comunes en Madrid. Por aquel entonces era un mercado de barrio con aroma de fruta y sin malos olores, limpio, ordenado y con un repertorio de género que hacia las delicias de los grandes gourmets catalanes. Traspasar ese arco metálico del pórtico con el nombre del mercado inscrito en una especie de medallón adornado con una sencilla corona y el escudo de la ciudad en el centro, era como entrar en un espacio mitad exposición y mitad templo. Por aquel entonces, muchos vendedores obsequiaban una flor por la compra de algún producto de alimentación en una especie de maridaje con los vendedores de flores de la Rambla.
Cuando en Madrid aún no se había rehabilitado el Teatro Real, en el Gran Teatro del Liceo se representaba cada año un gran programa de ópera. Esta es la otra joya que se ubica en el paseo, un lugar de culto para el canto.

Del Liceo me hablaba siempre mi tío que vivía también en Barcelona en casa de mi abuelo, y asistía cada año como fiel abonado a su excelsa temporada lírica. El Liceo tiene una fachada engañosa que no da ninguna pista de la enorme belleza interior que alberga. Aquel devastador incendio de 1994 que lo convirtió en ruinas, me produjo una enorme impresión y tristeza. Dicho edificio que tantas veces había tenido al tenor canario Alfredo Kraus, el favorito de mi padre, gran figura mundial y artista de técnica insuperable, seguro derramaba desde las alturas alguna lágrima sobre las cenizas de aquel teatro que por segunda vez en su historia, era pasto de las llamas. Frente a sus ruinas se concentraban miles de barceloneses apenados por la tragedia, que dejaban las primeras lágrimas sobre las Ramblas.

Este 17 de agosto, las Ramblas se han visto convulsas por un terrible acto criminal que por primera vez ha dejado dolor y sangre sobre su siempre pulcro pavimento. Ese día la Ramblas han recogido miles de lágrimas derramadas, mientras el dolor se apoderaba de los que habitaban las casas y los kioscos asistiendo impotentes e incrédulos al esperpento que involuntariamente los convertía en protagonistas. Yo en el momento que me enteré de la masacre, me vi como uno de los miles de paseantes que cada día recorren desde Canaletas hasta el puerto disfrutando de este bulevar único en el mundo.

Me vi cogido de la mano de mi padre, como seguro iban muchos niños ese día, me vi encarnado en aquellos que se detenían a comprar flores, en los que relataban a sus amigos o a los turistas ese costumbrismo de la Rambla y me vi en aquellos que entraban corriendo en la Boquería con cara de pánico huyendo del horror de una calurosa tarde de verano cuando un terrorista arrebató la vida e hirió a tantos inocentes.

Fue justo delante del Liceo, donde este malnacido acabo su sanguinaria carrera y justo en ese punto sobre el mosaico de Joan Miró donde la furgoneta se detenía dejando tras de sí su rastro mortífero. Viendo con estupor las imágenes, también mis lágrimas se han derramado sobre mis recuerdos de las Ramblas. Me ha costado mucho escribir este artículo, me ha llenado de dolor y recuerdos, pero se lo debía a los que nos han dejado y a todas las víctimas y testigos ¡Qué triste y que inútil todo!
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