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La necesidad de un 15M

viernes 27 de octubre de 2017, 19:37h

Como saben, la situación es grave. No nos vamos a engañar, gravísima. Los nacionalismos exacerbados han tapado con sus banderas el engaño que han supuesto crisis y "recuperación" mientras nos devuelven como salvación el odio al vecino de al lado. Los empleos no son ahora mejores que antes de la crisis, ni el IVA ha vuelto a bajar al 16%. No se han ido los impuestos especiales, ni se ha recuperado el dinero del rescate bancario. La sanidad pública no es ahora mejor que antes, ni tan siquiera igual, ni tampoco es más fácil acceder a la educación, ni la hucha de las pensiones va mejor. Entonces ¿De qué recuperación estamos hablando? No vemos responsabilidades políticas por los desahucios, ni por los suicidios, ni por el enorme drama humano. Hemos visto a fiscales acudir a juicio más como defensa que como acusación si quien se nutría de la malversación era familia del rey, hemos visto lo de Rato, hemos visto las cloacas del estado, al ministro del interior manipulando , espiado en su propio despacho, hemos visto el plasma de Rajoy cuando los sobres inundaban los comentarios en las webs del Partido Popular. Hemos visto el 3% que anunciaba hace más de una década Maragall. Hemos visto las costuras del caciquismo nunca muerto, transversal a las fronteras que quieren levantar, y ahora, con banderas, cada vez más resucitado.

Hoy pagamos el precio de permitir que gobiernen los mismos que ordenaron las cargas policiales contra quienes pedíamos más democracia, en Madrid, y en Cataluña. Políticos de bajísimo perfil alimentando el odio social por el miserable rédito de un puñado de votos, que estos días viven la consumación de sus sueños polarizando a la sociedad en uno u otro bando.

Hace seis años, Rubalcaba expresó en referencia al 15M que apenas mil personas no podían paralizar la vida de una ciudad de varios millones de habitantes. Lo que vemos estos días, es apenas a unos cientos, decidiendo los derechos de millones.

El escalofrío que hoy recorre las espaldas de quienes salimos en el 15M, no es la aplicación de la DUI ni del 155, sino el recorte de libertades que se hará con la excusa de la DUI y del 155, amparados cada uno en su bandera como sagrado fetiche para justificar lo injustificable. Las banderas no apagan fuegos (como se ha visto en Galicia, Doñana, Asturias o Portugal) ni se pueden comer, como bien saben en más de un millón de hogares que tienen a todos sus miembros en paro. Las banderas sólo sirven para una cosa: confrontar. Por eso no las había en el 15M, para desesperación de líderes políticos que montan sus carreras en torno a ellas y que ven estos días, su gran oportunidad.

Hoy más que nunca hay que preguntarse por las personas que formamos el 15M ¿Dónde están los hijos, y nietos, y hermanos, de las personas que han muerto en sus casas esperando una ayuda social que nunca ha llegado?. ¿Dónde están los desahuciados a quienes mandaron a la policía para dejarles en la calle mientras el banco se apropiaba de sus casas?. ¿Dónde están los que pagan más dinero para tener a cambio una peor educación y sanidad? ¿Dónde están aquellos a los que Esperanza Aguirre subió un 50% el precio del transporte público mientras se lo daba gratis a las Juventudes del Papa? ¿Dónde están los que fueron perseguidos por la policía a través de los andenes de Atocha, los que rodearon el parlament al grito de "no nos representan"? ¿Dónde los pensionistas a quienes congelan las pensión mientras sube la vida día tras día? ¿Dónde están los científicos a quienes han anulado uno tras otro los programas de investigación para darle su dinero a la banca?

Donde quiera que estén, hoy son más necesarios que nunca. El precio de no visibilizarse, es dejar el gobierno del estado en manos de los de los sobres, los del 3% y los de la bandera, y con banderas, ni se come, ni se apaga fuegos, ni se consigue la ayuda social que nunca llega.

Lo que vemos estos días es la antítesis del 15M. La orgía de rojigualdas y esteladas no puede servir como paño que tape el agujero, la verdadera fractura, que es social, entre ricos y pobres auspiciada por las mismas familias que gobiernan el país desde los tiempos de Mendizabal y Madoz, cambiándose, según vienen los tiempos, las chaquetas.

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