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Nadie se salva de la corrupción

Todo empezó con la financiación irregular de los partidos, no nos engañemos. Cuando Josep Borrell llegó al Ministerio de Obras Públicas en 1991 vino a decir: “He oído que existen sobres de sobornos en licitaciones públicas; de ser cierto, eso se acabó”.

Pues ya ven: hasta ahora. Aquellos eran los tiempos de las falsas facturas de Filesa (PSOE), las comisiones de Rosendo Naseiro (PP), el desvío de fondos del caso Pallarols (Unió Democrática), las concesiones de máquinas tragaperras (PNV), …

Los partidos políticos gastaban -y continúan haciéndolo- mucho más de lo que honestamente percibían según la ley de 1987. Así que hecha la ley, hecha la trampa. Aún ahora, en la Cataluña del tripartito se han reprochado unos a otros la percepción de un 3 % en las contratas públicas  por parte de CiU, las cartas de extorsión a sus militantes por ERC y la condonación multimillonaria de créditos al PSC. Claro que una vez llegada la campaña electoral, con un tácito pacto de silencio han acabado por encubrirse unos a otros.

En este proceso de dinero fácil y sin control, los conseguidores del mismo se han profesionalizado y, lo que es peor, han desviado fondos a sus propios bolsillos. Lo que antes era quizás una piadosa excepción política, se ha convertido en una corrupción masiva de arribistas sin escrúpulos.

Ahora, con la eclosión urbanística y la nueva cultura del ladrillo que está cambiando radicalmente el paisaje de España, ¿qué ayuntamiento no cae en la tentación de recalificar terrenos haciéndolos valer cien veces más?, ¿qué concejal se resiste a unas coimas que le han de sacar de pobre de por vida?

Cuando los partidos se han dado cuenta del problemón social creado, el cáncer se ha convertido ya en metástasis. Desde Marbella a Ciempozuelos, desde Orihuela a Telde. En eso, además, son iguales la izquierda y la derecha, haciendo bueno el vaticinado ocaso de las ideologías frente a la pujanza creciente del dinero. Y, si un corrupto en potencia encuentra dificultades para sus trapicheos dentro de un partido nacional, se inventa otro de carácter local con el que acceder al ayuntamiento de su pueblo y, desde allí, forrarse.

Habiendo llegado hasta aquí, no podemos extrañarnos ni de los precios astronómicos de la vivienda ni del creciente descrédito de los políticos. A estas alturas de la película, para corregir tanto desmán nos faltan leyes eficaces, policías preparados y jueces con recursos suficientes.

En otro país, y con otros medios, las cárceles no darían abasto para albergar a miles de corruptos. Aquí, en cambio, nos conformamos con encerrar a los marbellíes Marisol Yagüe, Julián Muñoz o Isabel García Marcos y convertirlos, además, en héroes de la prensa del corazón. Es que no aprendemos.

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