Fin de año, recuento de daños. Así me gustaba empezar esta columna decembrina en tiempos pretéritos. Esta vez, no. Porque siempre habrá razones y recuerdos para celebrar, aunque se nos parta el alma; al margen de las vicisitudes de la política nacional. Esta vez no haré un recuento de daños porque esa parece ser la consigna de los anuarios televisivos, de los balances periodísticos y de cualquier taxonomía de los hechos —y desechos— acontecidos en los últimos doce meses.
En algunos casos, al reiterado ¡ay¡ por el reciente pasado político, algunos análisis le suman una prospectiva de escenarios probables (al estilo de “mi equipo gana, pierde o empata”) o, para peor, se animan a dar variados “consejos” prácticos para superar la crisis (más cercanos a Paulo Coelho que a Nicolás Maquiavelo), que van desde cómo debería actuar el Presidente de la República hasta lo que no es conveniente que perpetren sus opositores. Este último ejercicio es un prurito convencional que no comparto porque, en esta época retro-nacionalista y post-neoliberal, la consigna es: a cada quien según su capricho, de cada quien según su defecto. Por eso, no me late hacer exhortaciones y menos dar sugerencias a políticos (ni a nadies). Además, a ellos les importa un rábano (y a mí tampoco). También porque estoy convencido que el pasado es incierto y el futuro no existe.
Este escepticismo no contradice mi optimismo ingenuo, simplemente es otra estrategia para seguir insistiendo en la necesidad de des-dra-ma-ti-zar las lecturas (y los sentires) del proceso político nacional. ¿Acaso el último sábado de noviembre no iba a empezar el acabóse? Y aunque sirva de mero consuelo o, simplemente, sea una tregua de calendario festivo no está mal que los actores estratégicos hayan optado por las urnas para salir de este entuerto, aunque en el camino se haya desvanecido la posibilidad de una reforma estatal integral y pactada. Ni modo, como decía un filósofo occidental, la historia avanza por su lado malo.
En el tráfago de los eventos del 2007 me quedo con la imagen de un joven vendiendo “constituciones en grande” en la tribuna popular del estadio Capriles cuando el Aurora clavó tres goles en un partido por el descenso indirecto. “A dos bolivianos”, gritaba, y la gente compraba el folleto sabiendo que era efímero y desechable, por eso, lo hojeaba antes de trizarlo y tirar los pedacitos saludando el reingreso del “equipo del pueblo” a la cancha, mientras este servidor tomaba notas, hojeando y pensando en ojiriendo.
Y aunque esta anécdota no borra de mi memoria los terribles hechos del 11 de enero que tiñeron con sangre y violencia las calles cochabambinas, no están mal estas demostraciones de “patriotismo constitucional” que harían palidecer de envidia a Jurgen Habermas. Aunque, claro, aquí las cosas siempre andan bordeando los extremos y cargando demasiado las tintas como para pensar que lo razonable vaya a imponerse a lo racional. Sin embargo, hasta en el marco estricto de la racionalidad instrumental, esto es, en la política como mero juego de poder es posible encontrar salidas. Pero esas ideas las contaré el próximo año, porque se me acaba la página y, además, ustedes pueden pensar que es una simple inocentada. Mejor digamos: salud y mejoría nacional. Eso también.
*Fernando Mayorga
es sociólogo.