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Suspenso en junio y apestado en septiembre

martes 25 de agosto de 2020, 11:44h

El agotamiento del stock de Remdesivir, el único medicamento aprobado contra el Covid-19, por falta de previsión o de cálculo, es la anécdota más escandalosa de incompetencia del Gobierno de Pedro Sánchez en relación con la pandemia. Tampoco se han puesto en marcha ninguna de las medidas propuestas por el Congreso antes de las alegres vacaciones para fomentar el acopio de fármacos o reforzar la atención primaria. Tras un largo curso de pandemia suspenso hubiese sido necesario estudiar con ahínco para aprobar en septiembre. Pero no se hicieron los deberes y seguimos apestados. Los más apestados de Europa. Los errores del pasado no han sido corregidos. El Gobierno, en días ya lejanos, decidió tardíamente establecer un espectacular estado de alarma, mando único, falso consejo de sabios y todo lo demás. El estado de alarma se cerró en falso para proclamar una “nueva normalidad” engañosa. Sánchez soltó el mando único antes de tiempo, presionado por los independentistas de cuyos votos depende. El control epidemiológico fue insuficiente. Pero el Gobierno se cansó de cargar con la responsabilidad del mando único y sus consecuencias económicas y traspasó el problema a las Comunidades Autónomas sin previamente establecer un plan de conjunto. Una tendencia descendente en las estadísticas y la llegada del verano crearon el espejismo de una mejoría que, quizá, permitiese salvar en parte la campaña turística y dejar en otras manos las desagradables prohibiciones y sanciones para controlar los brotes que se produjesen. Así lo han hecho y cada cual tomó sus vacaciones, incomprensibles en una nación en estado de crisis sanitaria y económica, Presidente, Ministros, Congreso y Senado y equipos centrales, mientras España, la gran potencia turística, se hundía como país al que ningún extranjero debía viajar por peligro de contagio y todo español debía cumplir voluntariamente las sugerencias fragmentadas de las autoridades regionales o locales.

Llevamos seis meses de pandemia y el Gobierno no ha aprendido nada salvo lavarse las manos, en sentido estricto y en sentido figurado, y prepararnos para otros futuros tiempos de zozobra. Ha vuelto a suspender en septiembre y pretende continuar el curso como repetidor. Un Gobierno apático y negligente es lo peor que nos podía ocurrir y nos ocurrió. Pero no hay propósito de enmienda. Al equipo inoperante del ministro Illa y el doctor Simón se añade la aún menos operativa ministra Celaá para que el desastre pandémico sea, además, un desastre escolar. Volveremos a ser los primeros en los rebrotes, los últimos en planificación escolar y los tardíos en recuperación económica. El fondo aprobado por la Unión Europea será una gran ayuda para hacer frente a la catástrofe originada por el Covid-19 pero no será suficiente para resolver los problemas si no viene acompañada de un plan económico interno incompatible con un Gobierno dormido en el ensueño de una coalición socio-comunista, tal y como la imaginaron Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en tiempos anteriores, en los que el virus no se había presentado como un actor imprevisible y macabro de la política.

¿Es imposible que España tenga un Gobierno capaz de entender lo que está pasando, sea cual sea el color partidista de sus componentes? Nada es imposible en ningún sitio si existe voluntad de salir de la pasividad y del error. Pero lo primero es desterrar esas proclamas vacías como aquella de “No vamos a dejar que nadie se quede atrás” ¿Detrás de quién? ¿Es que alguien marcha adelantado por un camino triunfal? ¿Existen unas instituciones potentes capaces de largar unos cabos de remolque para arrastrar con su marcha a los rezagados? Como no sean los veinticuatro ministros del Gobierno y sus consortes, no está a la vista una sociedad que disfrute de una posición avanzada en estos tiempos. Las cifras demuestran que vamos detrás de todos y que somos nosotros todos los que necesitamos que nos remolquen. Con el peor índice de mortalidad del mundo desarrollado y la más profunda crisis económica, España entera es quien ha quedado atrás. Y es España entera quien tiene que reactivarse y no limitarse a prometer subsidios a costa de endeudamientos indefinidos. Los españoles no podemos quejarnos por el simple hecho de la existencia de un virus extendido por todos los países del planeta. Pero tenemos que lamentar que siendo una nación con alto nivel informativo, recursos médicos de calidad y capacidad de iniciativa social y empresarial nos hayamos convertido, por fallos de nuestro Gobierno, en un ejemplo de país apestado.

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