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Olas que vienen y van

viernes 06 de agosto de 2021, 08:44h

Verano de la España de 2021. Los precios de la luz y de la gasolina están ya más allá de las nubes, a precios estratosféricos y eso que nos gobierna la izquierda progre y guay. Atascos en las proximidades de las playas principales de las costas mediterráneas y atlánticas. Paseos marítimos atestados de turistas, aunque en esta ocasión mayoritariamente nacionales. Restaurantes, bares y chiringuitos como en sus mejores tiempos, léase sin una mesa libre y con todas ellas juntitas, juntitas, por mucho que se predique que se guardan las distancias impuestas por la lucha contra el covid. Alrededor de los 30 grados, playa, deportistas estacionales, paseos familiares, todo huele a descanso, a vacaciones al lado del mar en donde las únicas olas que molestan son las que provocan la bandera roja de “prohibido el baño”.

Y, sin embargo, hay otras olas de naturaleza bien distinta, pero con las que también estamos empezando a familiarizarnos. Ya vamos por la quinta en la pandemia que nos asedia, nuevamente caracterizada por la negativa de Pedro Sánchez a ponerse al frente de la situación, a adoptar una ley de salud específica para frenar conjuntamente el avance del Covid, a coordinar las medidas urgentes y precisas que a la fuerza tienen que seguir adoptando aisladamente cada una de las diecisiete comunidades autónomas.

Los datos que hoy manejan los sindicatos del sector sanitario español arrojan datos preocupantes de la enfermedad en los hospitales. Según esas cifras, esta quinta ola ha multiplicado por seis los contagios entre el personal sanitario, vuelven a subir los índices de ocupación por enfermos Covid en todos los hospitales, así como las camas UCI. Y de las tasas de incidencia a 15 días o a una semana ya ni hablemos porque han crecido como la espuma y nos han situado en menos de un mes por encima de los 600 casos por cada 100 000 habitantes. La cosa empezó justo desde que Carolina Darias, ministra de Sanidad, en un inocente y reiterado exceso de confianza –la causa principal de este y futuros repuntes-, dio por inaugurada la nueva etapa de la sonrisa naif y victoriosa frente al bicho. Ahora parece que la curva se ha estabilizado pero esos índices apenas si bajan diariamente 8 o 10 puntos, así es que tenemos sonrisa congelada de imbéciles para rato.

Aunque las cosas están como están, que es tanto como decir “estén como estén”, el doctor Sánchez tiene que predicar con el ejemplo y guardar la tranquilidad así es que ha emprendido sus vacaciones después de pasarse en Palma por el palacio de Marivent a despachar un ratito con el Rey –cuarenta minutos, no más, no vaya a ser que sus socios de coalición empiecen ahora a sospechar…-. Y, a renglón seguido, y como Begoña Gómez, su señora, es muy eficiente y práctica, ya había hecho las maletas para salir pitando hacia Lanzarote, primero, y luego a pasar también unos diítas en Doñana. Ocasión habrá para el presidente de poner unos minutos para el correspondiente reportaje fotográfico y de vídeo para alimentar a esos diarios, revistas y a esas televisiones que tanto le aman y así poder servir a los ansiosos ciudadanos las correspondientes imágenes que puedan tranquilizarlos, que les certifiquen que no se han quedado sin su amado líder más que por unos placenteros y necesarios días de descanso.

Y es que, al fin y al cabo, y por muchos cien mil muertos, o más, que se haya cobrado aquí la pandemia, hay que volver a decir y a decirse obscenamente aquello de que “la vida sigue”, o lo que es lo mismo y por muy duro que suene, que el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Porque ninguna de las miles y miles de guerras que ha vivido el hombre a lo largo de la historia (aquí no hay porqué nombrar también a la mujer, y seguro que no se me enfada Irene Montero), y esta del Covid viene a ser una más, han podido paralizar en seco y por mucho tiempo la actividad cotidiana de los contendientes. En medio de esas guerras, y no es del todo contradictorio, las sociedades buscan también la manera de divertirse, de marcar unos minutos de evasión, deponer tiempo para degustar un vasito de vino con el vecino o con la amante, de cantar en grupo algunas canciones o dedicar el tiempo necesario cuando se puede al himeneo, la coyunda y la procreación. Dicho de otro modo, hay que seguir poniendo esa miejita de ilusión que nos permita seguir viviendo, seguir en la idea de que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista.

Sí, queridos lectores, váyanse ustedes haciendo a la idea de que, si tenemos la suerte de no acompañar a esos cien mil conciudadanos que, desgraciadamente, nos han antecedido en el camino del más allá, tendremos que ir acostumbrándonos a convivir día a día con esta quinta, y con futuras olas del Covid o de lo que venga. Estas dos primeras dosis que nos han inoculado con la vacuna han sido solo eso, las iniciales de muchas otras más que esperemos tener la oportunidad de seguir poniéndonos, lo mismo que hemos hecho antes con la gripe, o que nuestros padres hicieron con nosotros con la del sarampión, la rubeola o la viruela.

Ni son modas infames, ni cínicas reacciones ante la adversidad. La condición humana incorpora necesariamente un instinto de supervivencia, de amor desmedido y desbocado por la vida sin el cual no habríamos llegado hasta aquí. Cuanto digo lo recrea muy bien el cine en La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), un canto a la vida, a la libertad y a la utopía incluso en las peores y más adversas circunstancias.

La historia, como las olas del mar, nos trae y nos lleva a vivir adversidades de todo tipo con las que tenemos que acostumbrarnos a lidiar. Eso sí, si es desde Palma de Mallorca, Lanzarote o Doñana aún mucho mejor.

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