"Todo pasa y todo queda// porque lo nuestro es pasar…” como dijo el poeta Machado con música de Joan Manuel Serrat. Es lo que me ha aconsejado Damián, mi valet de chambre, que os citara eruditamente a modo de exordio para mi magistral intervención internetera.
Efectivamente, amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y chiki-chikiados niños y niñas que me leéis, lo peor es ya historia. Se acabó Eurovisión 2008. Para muchos una pesadilla. Para otros –también muchos—una cachondada. Pero unos, los que estaban a favor, y otros los que estaban en contra, el sábado pasado estuvieron pendientes del televisor. Como también lo estuvieron, por cierto (figura en el punto 127º --el centésimo vigésimo séptimo, o sea-- del convenio del servicio doméstico) los miembros del personal auxiliar de nuestro palacete familiar. Papá y mamá, haciendo honor a sus compromisos y con cargo a nuestro presupuesto mensual, les autorizaron a consumir refrescos, cervezas, ganchitos, patatitas fritas, aceitunas, cacahuetes tostados y otras chuches a las que las clases bajas son tan aficionadas.
El 78% del share televisivo español estuvo pendiente de la interpretación de Rodolfo Chikilicuatre y sus Coros y Danzas. Parecía como si la selección española de fútbol e estuviese jugando a penalties su paso a los cuartos de final, porque España, durante tres o cuatro minutos se paralizó. Los que estaban a favor, para gozar con el espectáculo –si es que puede llamársele así—y seguir las evoluciones del intérprete sobre el escenario belgradense. Los que estaba en contra, como que también. Había que cargarse de argumentos para poder calificar de im-presentable (¿verdad, Jáuregui?) la actuación de nuestro representante. Porque, pequeñines/as míos/as, el Chikilicuatre era nuestro. De eso no cabe la menor duda. Nuestro desde la cúspide de su artificial tupé hasta los tacones de sus botas de macarra. Todo para nosotros, como si dijéramos.
Pero, tranquilos, amadísimos/as de mi paterno corazón y tú también, Fernando, que ya pasó todo. Claro que el “¡Perrea! ¡Perrea!” va a ser una muletilla muy socorrida durante los próximos meses. Y, hombre, como que no queda muy bien, ¿verdad? Porque en su origen primigenio es una invitación a los movimientos sicalípticos durante el bailoteo. Es arrimarse la sardina (masculina, por cierto) al ascua (femenina y témome que trasera). Un vaivén ciertamente pecaminoso y que merece toda suerte de censuras episcopales (católicas, por supuesto).
De todas formas, el fenómeno “Chiki-chiki” no sobrevivirá, en el peor de los casos, al próximo verano. Aunque tengo para mí que, allá por el 22 de junio, cuando el peperío patrio celebre su congreso en Valencia (la tierra de las flores, de la luz y del color) y se conozcan los resultados, Rodolfo Chikilicuatre será ya historia pasada, pasto de hemerotecas, fonotecas y videotecas. O sea, un elemento más al que enviar al baúl de los recuerdos. Eso sí, sus avispados promotores verán incrementados sensiblemente sus beneficios económicos.
No quiero ser agorero, pero otros frentes de interés (la selección española en la Eurocopa, sans aller plus loin) se habrán abierto. Y en ellos habrá de todo como en botica. Incluso hasta la posibilidad de que muchos, rasgándose las vestiduras y mesándose los cabellos –por este orden--, puedan decir “¡Qué país!”. Y qué paisaje… Y qué paisanaje…