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Una profesión en decadencia

Una profesión en decadencia

La reanimación del debate sobre si la democracia puede existir omitiendo a los partidos, como ocurre en el país, donde están siendo reemplazados por otro tipo de organizaciones, resulta casi estéril si no se precisan algunos puntos. Primero, que las organizaciones que en Bolivia controlan la escena política difieren de partidos en dos cuestiones centrales: no cumplen funciones exclusivas de representación política y su núcleo central no es de personal dedicado a vivir de la práctica política orgánica. Esto segundo es lo más importante: aquí existe un cuestionamiento social radical más que a los partidos, a las personas que se dedican a vivir y lucrar de la actividad política: los políticos profesionales.

Los hechos nos muestran que la democracia nacional funciona sustentada por organizaciones no partidarias de mediación política y que los grupos de profesionales políticos han perdido exclusividad y protagonismo en esta actividad. Dejo para otra ocasión examinar las causas de esta situación y me limito a mencionar que en nuestra sociedad, pobre y altamente politizada, ha ido sedimentando el cuestionamiento a una profesión que otorga movilidad social y rutas hacia el enriquecimiento, acceso al poder y cierto tipo de prestigio, manteniendo una creciente distancia con la producción y la vida “real”.

Ante la decadencia y minimización de los partidos, el “sistema político” (o mejor el de representación) se compone hoy de sindicatos, corporaciones patronales y laborales, organizaciones no gubernamentales, comités cívicos y medios de difusión social, lo que escandaliza a algunos estudiosos y, mucho más, a muchos interesados directos. Es indudable que el copamiento de la escena política por parte de estos actores reales crea problemas, amenazas y complicaciones, algunas de las cuales pueden revestir riesgos crecientes e importantes; pero eso es muy distinto a suponer que no existe democracia debido al eclipse de los políticos profesionales, cuyas organizaciones viven una gran crisis en todo el planeta.

Una muestra típica de uno de los problemas traídos por las nuevas formas de representación es la que se aprecia en la conducción sindicalista y corporativa del Estado en la actualidad. Otra, y no menor, es la de las suplantaciones por las que empresas dedicadas a la publicidad, entretenimiento y tratamiento de noticias se convierten en estrategas de la oposición, o algunos centros de apoyo privado a la producción o de investigación terminan convertidos en círculos de agitación y propaganda y los directorios de organizaciones corporativas se esfuercen por mimetizarse como “movimientos sociales” (o más ambiciosa y confusamente como resumen de la “sociedad civil”) y todas ellas actúan intensificando mecanismos de ocultación y mixtificación de la realidad; mientras que las “agrupaciones ciudadanas” expresamente creadas y requeridas para permitir la incursión política “no profesional” no son visualizadas como tales y sirven, de momento, como salvavidas a profesionales políticos.

Los resultados del anterior ejercicio electoral prueban que los partidos están más lejos de encontrar rutas de salida a su laberinto, pero también dejan ver que es cada vez más necesario ensayar formas organizativas superiores, en el sentido de más sinceras y políticamente especializadas, sin retornar a la profesionalización y sustituyéndola por heterogéneas asociaciones de ciudadanos productores, capaces de autosustentarse, fuera de su actividad política, y de intervenir y participar, trabajando y plasmando proyectos políticos y propuestas ideológicas.

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