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De vuelta al desprecio de las elecciones catalanas

miércoles 17 de febrero de 2021, 15:55h

Existe un consenso entre las agencias demoscópicas acerca de que la abstención en las pasadas elecciones catalanas ha favorecido al independentismo. Y que en buena medida el hecho de que la mitad de la población en Cataluña se haya quedado en casa, responde a las condiciones de pandemia en que se han celebrado estos comicios. Todo ello es parcialmente cierto, pero solo parcialmente. Es correcto que la pandemia fue un factor inhibidor de la participación electoral, pero no ha sido el único. Un segmento importante de los dos millones setecientas mil personas que han decidido no llegar a las urnas ha tenido como principal causa la recuperación del viejo desprecio de esa parte del electorado que considera que las elecciones en esta (y otras comunidades autónomas) no deciden grandes cosas en la vida de la gente. Es decir, que estas elecciones no son las suyas. Reservan su voto para las elecciones nacionales, que son las que realmente importan. Este comportamiento es, en realidad, un regreso a las décadas anteriores, cuando el nacionalismo catalán no era todavía independentista.

Cierto, esa tendencia cambió notablemente en las elecciones del 2017. Después de los brutales hechos que siguieron a la celebración del referéndum ilegal, cuando parecía que Barcelona sucumbiría a las llamas, una gran cantidad de los tradicionales abstencionistas se alarmaron y fueron a votar. Por eso la participación alcanzó cerca del 80% del padrón electoral. Pero una vez que esta parte de la ciudadanía comprobó que podía hacer oír su voz a través de una fuerza opositora al secesionismo (en aquella ocasión mediante Ciudadanos) y, sobre todo, que los embates del independentismo chocaban contra el muro de los poderes públicos del Estado, han vuelto a considerar que estas elecciones no son las suyas y a la postre que no son tan decisivas.

En Cataluña se calcula que el abstencionismo afectó sólo en alguna medida al independentismo y especialmente al de corte moderado. Las estimaciones son que cerca de setecientos mil personas no fueron a votar por alguno de los partidos independentistas respecto de las anteriores elecciones. Eso supone que en torno a los dos millones restantes que prefirieron la abstención se ubican en posiciones que, en diverso grado, no apoyan el soberanismo. Es decir, tiene algo de razón Inés Arrimadas cuando señala al abstencionismo de la gente no independentista como causa principal de su debacle electoral.

Únicamente la población más harta del procés decidió salir a votar contra viento y marea. La mayoría para apoyar la tesis del candidato del PSC, Salvador Illa, de que había que pasar página. Pero una cantidad significativa lo hizo votando por Vox. Y el hecho de que esta fuerza de ultraderecha no maquillara su discurso en la campaña, parece indicar que, en efecto, hay mucha gente que está harta de la inseguridad en las calles de las ciudades, o de la inmigración ilegal. Puede que Vox señale esos problemas con un discurso racista, pero su enorme votación probablemente esté indicando que alude a problemas reales. Otra cosa es como plantee resolverlos.

Por cierto, el escenario final del resultado electoral muestra lo reducido del apoyo del independentismo: si se ha abstenido la mitad del electorado y la otra mitad que ha votado se divide a su vez por la mitad, el resultado es que sólo un cuarto de la población ha votado a favor del independentismo.

En todo caso, la magnitud del abstencionismo en estas elecciones está apuntando a una pobre cultura política de gran parte de los habitantes de Cataluña. Se necesita una grave miopía política para no captar que solo el ejercicio del voto no secesionista puede detener la ruptura social y de convivencia en Cataluña. Incluso para no entender que la votación en esa comunidad autónoma tiene consecuencias directas en el conjunto del país. Recuperar la vieja tradición de que las elecciones autonómicas no son tan importantes responde a una grave falta de criterio político; a un déficit grave de cultura política, a una ciudadanía formal e indiferente cuya actitud puede profundizar a niveles dramáticos la crisis en Cataluña y España. Es posible aceptar que las fuerzas constitucionalistas no han sabido motivar a su electorado, pero la responsabilidad ciudadana no es sólo de las fuerzas políticas, también es de la ciudadanía misma.

En realidad, en Cataluña coexisten dos culturas políticas pobremente democráticas. La de quienes no participan en las decisiones políticas básicas y la de quienes lo hacen de forma sectaria, rompiendo así con la promesa democrática constituyente. Nuestra Constitución establece que la soberanía reside en el pueblo, en el conjunto del pueblo español, quien la ejerce sobre la totalidad del territorio. La inmensa mayoría de la ciudadanía catalana decidió formar parte de ese pueblo soberano (fue la votación más alta de España en el referéndum para aprobar la Constitución) y no parece muy honesto que luego un segmento quiera separarse de ese pueblo soberano de forma unilateral. Sobre todo, cuando la mitad de la ciudadanía catalana no está de acuerdo con esa segmentación. Pero incluso si quisiera hacerlo, debería realizarlo por los procedimientos que aceptó: a través de los órganos representativos del pueblo, que deposita su soberanía en el Parlamento, o si quisiera hacerlo mediante referéndum convocando para ello al conjunto del pueblo soberano español. Eso lo entienden muy fácil los independentistas, cuando se les plantea si serían partidarios de un referéndum en Tarragona para su secesión de Cataluña.

La débil cultura política de amplios sectores de la ciudadanía catalana es el telón de fondo sobre el que se actúa un drama de cuyo desarrollo solo pueden hacerse conjeturas. En la coyuntura, lo más probable es que ERC se decante por un gobierno de fuerzas independentistas y no por un tripartito junto al PSC y los Comunes. Pero eso corresponde a la escena inmediata y no afectará mucho a corto plazo al drama de fondo en Cataluña. A falta de una cultura política solvente, la escena estará compuesta de pequeños movimientos tácticos. Hasta que vuelvan a evidenciarse hechos graves que muestren la profundidad de la crisis.

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