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Y eso que estábamos entrenados...

jueves 26 de marzo de 2020, 08:50h

Deberíamos haber estado entrenados. Nos hemos criado con películas catastrofistas, nuestros dientes nos salieron viendo cómo caía el avión de Aeropuerto 77. Es verdad que, en la gran pantalla, los primeros dramas fueron más bien localistas: el avión que cae, los pájaros que atacan, la comarca afectada por el bicho. La industria cinematográfica siguió una tendencia expansiva: las calamidades afectaron luego a ciudades, a países y, al final, al mundo entero. Por fin, la Tierra se quedó pequeña, las amenazas provenían de meteoritos o galaxias remotas y su fin era la aniquilación de la Humanidad.

Hemos visto esas películas comiendo palomitas en el cine o tumbados en el sofá. Siempre desde la comodidad que da la distancia. Siempre disfrutando del morbo que proporcionan las desventuras irreales o que afectan a otros.

Pero hete aquí que el filme se tornó en realidad. Hete aquí que nos ha tocado vivirlo a nosotros; vivirlo no, protagonizarlo. Otras civilizaciones habrán tenido sus holocaustos, pero nuestro cómodo hogar nos proporcionaba hasta ahora una cálida seguridad

De repente, sin quererlo, y sin leer siquiera el guión, somos los protagonistas. Nuestros nombres y apellidos están en los títulos de crédito. El argumento, por repetido, nos debería ser conocido: virus en ciernes, que se extiende en país remoto; descubrimiento por médicos a los que no se hace caso y desaparecen (¡ay!) poco tiempo después; políticos que desoyen contumazmente los consejos científicos y adoptan decisiones presididas por intereses espurios… ¡Pero si todo eso ya lo habíamos visto muchas veces!

Los largometrajes continuaban con un hilo común: llegado un momento surgían algunos héroes que, haciendo uso de la épica, e incluso ofreciendo su vida a cambio, conseguían desviar el meteorito o encontrar el antídoto perfecto a la enfermedad. Los políticos negligentes sufrían en sus carnes su pecado (unas veces muriendo, otras viendo cayendo al ostracismo por el reproche social) y la Humanidad volvía a su rutina; eso sí, con una facilidad pasmosa para pasar del llanto a la risa.

Pero en esta película real que estamos protagonizando ningún superhéroe vendrá en nuestra ayuda; los héroes debemos ser nosotros mismos. Aparte de los sanitarios, están también la cajera, el repartidor, el jardinero, el camionero, la funcionaria, el electricista, la veterinaria o el pescador (he alternado los géneros de las profesiones, aunque hoy sólo se hable de infectados). Y los niños y las niñas (en este caso sí me referiré a los dos géneros, lo merecen). Y los anónimos, que somos todos. Todos estamos en el primer plano, de cada uno de nosotros se espera la épica. Todos tenemos que salir a escena, casi sin maquillar. No nos han preguntado si queremos intervenir. Sin guión y sin director. A nuestro albur, deberemos actuar según nuestro leal saber y entender. El sentido común, el sexto sentido. La protección de uno mismo, de su familia, de sus amigos y de su entorno. Ningún Bruce Willis nos salvará, estamos sólos. Las palomitas, ahora amargas, no nos acompañarán en este periplo. Nosotros seremos los Donquijotes de esta sinrazón. Como aconsejan los cinéfilos, la clave está en no sobreactuar y en seguir el dictado del sentido común. Todo ello, guiado por el afán de sobrevivir. Y por el amor.

Deberíamos haber estado entrenados, pero no lo estábamos.

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