www.diariocritico.com

Hispanidad

lunes 12 de octubre de 2020, 10:10h

La Hispanidad es una esencia, que nos concierne tanto a los españoles europeos como a los hispanoamericanos, desde la Florida y California hasta la Tierra de Fuego, bien que le pese al Sr. López Obrador y al Sr. Bergoglio, beneficiado este último por la Gracia del Espíritu Santo.

Pero, lo nuestro, hoy, es entusiasmarnos por ser como somos y haber hecho algo que nos caracteriza como pueblo: civilizar un continente, entre luces y sombras, como cualquier empeño humano.

Castilla encontró, en 1492, un continente que andaba por la Edad de los Metales. El canibalismo no era sólo una práctica ritual, porque la carne humana estaba en el mercado y era objeto de trueque. Ciertamente, había alguna civilización avanzada, como la maya; pero, aún practicaba los sacrificios humanos, de niños en los cenotes sagrados y de mayores en el juego de pelota, a quienes se les arrancaba el corazón latiendo para ofrecerlo a los dioses.

Isabel I de Castilla, durante los doce años que separan el primer viaje de Colón de su muerte en 1504, impulsó el proceso de reducir los 4.500 años que nos separaban, como si se tratase de una misión que concernía a todos los súbditos castellanos, desde Vizcaya a Canarias. La política de Aragón estaba centrada en el Mediterráneo y se implicó mucho menos en la gesta americana.

A mi juicio, la ingente labor desarrollada a lo largo de los 300 años del Imperio se sustancia en cuatro dimensiones: jurídica, económica, cultural y religiosa.

En el plano jurídico, la Reina prohíbe la esclavitud y reconoce a los amerindios la misma dignidad y categoría que tenían los súbditos castellanos, sin diferencia alguna; crea, en 1503, el Consejo de Indias, supeditado al Consejo de Castilla, que 21 años más tarde eran órganos paritarios; igualmente, fundó la Casa de Contratación de Sevilla para ordenar el comercio y el tráfico marítimo entre la península y ultramar; y transfiere a América la legislación española desde el Fuero Juzgo.

Las Nuevas Leyes que promulgó Carlos V, en 1542, pretendieron corregir los desmanes que estaban acometiendo los encomenderos. Y fueron fruto de los estudios que, previamente, había solicitado el Emperador a la Universidad de Salamanca. Este encargo fue ubérrimo en la cantidad de bienes jurídicos que produjo. Destacan Francisco de Vitoria, que puso al día el viejo “ius gentium” de los romanos, consideró nulas las bulas de donación firmadas por Alejandro VI y reconocía a los indios como únicos dueños de aquellas tierras; Francisco Suarez, padre del “ius intra gentes”, el actual derecho civil; Martín de Azpilicueta con su teoría sobre el valor, el precio y el justo precio. Por su actualidad, conviene recordar al conquense Luis de Molina, para quien “el poder no es patrimonio del gobernante, que es un mero administrador. Es decir, la labor civilizadora desarrollada en América nos estuvo civilizando aquí, simultáneamente.

En este apartado, conviene señalar que la fiscalidad que se impuso en América, sólo reportaba a España el quinto real. Los otros cuatro quintos se quedaban en América, para tender caminos, levantar hospitales, fundar ciudades, abrir escuelas y universidades y, naturalmente, sostener el aparato del Estado que se había trasladado allí.

Los intercambios económicos empezaron con los viajes de Colón y, mal que bien, continúan. Animales como el caballo, el burro, la mula, la oveja y el cerdo, que allí no conocían, fueron a adaptarse, repoblar el continente, sustituir al hombre en el trabajo de esfuerzo y enriquecer la dieta del maíz y los fríjoles. También llevamos el trigo, la cebada, el olivo y el café y vinieron patatas, tabaco, tomates, pimientos, frutas tropicales y el cacao que, hecho chocolate, dejó sin muelas a toda la aristocracia europea. El intercambio agrícola fue fecundo, bien a pesar de los 600 pecios, fondeados en el Atlántico, unos echados a pique por el mar y otros por los piratas ingleses.

No quiero pasar de largo por ese dato, habida cuenta que cada barco transportaba entre 300 y 400 pasajeros. Son más de 200.000 españoles enterrados en la fosa común de lo que, en el siglo XVII, las cortes europeas llamarón, con envidia, el lago español. Este es un coste que hay que valorar, con la perspectiva demográfica de aquellos siglos: el padrón de los Reyes Católicos refleja diez millones de personas y el de Felipe II se queda en ocho. Será un excelente homenaje a aquellos compatriotas, valientes y heroicos, levantar uno de los 600 pecios y hacer un museo con los utensilios que atesore. El mar es un guardés de hondas lealtades.

En el campo cultural, la labor de España fue grandiosa, de ambición quijotesca, y sentó bases que perduran. La primera gramática quechua es de 1560 y la lengua náhuatl tiene otra de 1571, porque frailes castellanos, jesuitas sobre todo porque siempre les ha gustado trabajar en la frontera, se empeñaron en conservar aquellas lenguas de los aborígenes. Si relativizamos, la primera gramática alemana es de 1573 y la primera inglesa de 1586. O sea que los castellanos estaban en vanguardia.

Pedro de Gante, humilde lego franciscano y tío natural del Emperador, antes de adoctrinar a los indios, les enseñaba a cantar en gregoriano. Los indios, que por cantar en el coro quedaban exentos de pagar impuestos, cantaban, felizmente, en latín, sin saber qué, ni a quién.

En las misiones, era obligado disponer de hospital y escuela, tanto para la República de indios, como para la República de criollos, que estaban separadas y, con todo, se produjo el fenómeno social del mestizaje.

Algunos de aquellos asentamientos disponían de herbolario, laboratorio y biblioteca, de tal calibre que Humboldt quedó estupefacto. Por cierto, la expedición, so capa de científica, fue financiada por Carlos IV; pero Humboldt era también un espía al servicio de Estados Unidos, que acababan de independizarse de Inglaterra con ayuda de España y ya estaban tramando contra ella. Los informes que Humboldt dio al Presidente no eran los que éste esperaba.

Allá se habían ido todos los oficios conocidos: forja, telar, imprenta, carpintería; el indio pudo aprender a dólar la piedra para la Iglesia y construir su casa para abandonar la choza. Huelga decir que España dejó un continente sembrado de universidades y colegios universitarios que otorgaban sus titulaciones, con arreglo a idénticos programas y requisitos que los vigentes en la península.

Sobre el impacto religioso, la huella en las prácticas es más contundente que lo que nos resta aquí. Cuando he visitado una catedral o una iglesia sencilla, siempre abiertas al público, en Cuzco, Oaxaca o Buenos Aires, me ha parecido que fuera domingo, por la concurrencia. En Puebla, no pude entrar en la catedral, espléndida, de barroco criollo, porque estaba pletórica de feligresía que se desparramaba por la plaza. No logré ni asomarme, porque el obispo estaba ordenando sacerdote a uno. Es decir, que no era la familia del misacantano la que atestaba el templo. En compensación, me fui a pasear por la calle del pecado, un barrio atestado de tiendas gourmet, pastelerías y confiterías, que obligaban al paseante a comer con los ojos y secretar saliva como un perrito cualquiera. El pecado era de gula.

Allí, por lo menos, van a rezar y dan limosna hasta los pobres de sombrero de paja y poncho de alpaca. En la basílica de Guadalupe, se me saltaron las lágrimas, viendo a pobres paupérrimos echar sus monedas sobre la cinta transportadora que tienen habilitada para recoger las ofrendas.

Lo demás anda, allí, tan manga por hombro como aquí; pero siguen alentando la esperanza.

La Hispanidad, tarea de gigantes, monumento de igualdad, fraternidad hecha real, es nuestro orgullo, guste o no guste, una obra castellana, mestiza y criolla.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

1 comentarios