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Empoderamiento nacional

domingo 28 de junio de 2020, 13:31h

Hoy escribo como español, simplemente español, pero estupefacto ante la pasividad de nuestro Gobierno, tal vez maniatado por la contradicción bicéfala interna, tal vez trabado por los grilletes que le imponen sus otros socios, tal vez incapacitado por su propia incuria.

España está siendo atacada desde dentro y fuera de sus fronteras, cuando ya no viven Sánchez Albornoz con su aplomo y sosiego para defender el enigma de España, ni el evanescente y agresivo Américo Castro para replicarle e incentivar el alumbramiento de la verdad, ni un Humbolt , tan alemán como sensato, dispuesto a decir verdades sobre la colonización española, contradiciendo sus prejuicios… El ataque debe ser respondido desde el respeto a los hechos históricos y con la firmeza, asertividad la llaman los psicólogos, de quien ni se rinde humillado, ni agrede agonalmente.

Estar asertivo frente al ataque es afirmación, ejercicio honesto del poder personal inherente a cada ser humano, que hace valer su saber, reflexiona y pone en lid sus sentimientos, que son tan dignos y estimables como sus pensamientos e ideas.

La Nación es una condensación de culturas y valores, que se ha creado y recreado a través del tiempo y consolidado una identidad colectiva, una idiosincrasia, un alma común o volkgeist, que determina un modo diferenciado de estar en el mundo, un sello en el quehacer, una rúbrica de su desarrollo histórico.

El ataque que se dirige contra la Nación tiene como diana a todos los individuos que la integran, estén vivos o muertos, sean conscientes o no de su condición de víctimas, se comporten a la defensiva, o como colaboradores quintacolumnistas del agresor; porque, por paradójico que pueda parecer, hay víctimas que, al mismo tiempo, son verdugos de sí mismos.

Antes del siglo XIX, la marca España, que no existía porque el sintagma lo inventó García Margallo en 2012, era denostada por los enemigos del Imperio español, que no eran pocos, ni débiles. La leyenda negra había surgido en Italia contra la dominación catalana, según demuestra M.E. Roca Barea con su documentado libro, de lectura obligada. La leyenda negra, realimentada después y expandida por los Orange holandeses y los Tudor ingleses, nunca tuvo réplica, ni hubo de afrontar una estrategia defensiva, porque España entonces estaba en los suyo: crear, desarrollar un proyecto, hacer el bien, sin mirar a quién.

El magno proyecto lo empieza Isabel I de Castilla, tras el primer viaje de Colón, encomendando a Rodríguez de Fonseca la supervisión de la gestión del Almirante, de quien había empezado a desconfiar. Fonseca creó una Secretaría, germen del posterior Consejo de Indias, que impuso, al otro lado del Atlántico, la misma legislación vigente en Castilla, desde la Siete Partidas. Tal, cual. Ni aquí, ni allí hubo jamás indios esclavos. Se autorizó el comercio de esclavos negros, porque la Iglesia consideraba que los negros carecían de alma… Este problema moral y sus consecuencias habrá que achacarlos al Espíritu Santo, que desde Alejandro VI no estaba muy inspirado. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Partimos, pues, de que los súbditos castellanos tienen los mismos derechos y dignidad que los súbditos americanos. De todos modos, Carlos V, en 1512, proclama las Leyes de Burgos que reiteran la categoría de vasallos libres a los indígenas de América y cuyo propósito es proteger su dignidad, tras las prédicas de Montesinos, constituido en fiscal de los encomenderos. El mismo Emperador, treinta años más tarde, en atención a lo que hoy sabemos que fueron exageraciones y fabulaciones de fray Bartolomé de las Casas, promulga las Leyes Nuevas de Indias, tras el estudio que había encomendado a la Universidad de Salamanca. En ese código, brilla con todo derecho Francisco de Vitoria, en cuyo homenaje la ONU designa con su nombre la Sala del Consejo en Ginebra. ¡Tanto honor fuera y cuánto olvido dentro!

No hay connivencia alguna entre la Corona y el maltrato, la supuesta esclavitud y el fabulado genocidio de los indios americanos. Es cierto que murieron muchos, de aquí y de allí, por el intercambio de enfermedades para las que unos y otros carecían de defensas orgánicas. El censo de los Reyes Católicos fue de diez millones de personas; durante el reinado de su biznieto, Felipe II, la población de los reinos peninsulares había decrecido a ocho millones…, en menos de un siglo. Es un coste que nos honra como pueblo.

El sistema de encomienda fue objeto de múltiples ordenanzas en las que se encarecía otorgar a los indios 40 días de descanso cada cinco meses…; se prohibía cargarlos y que trabajasen las mujeres encinta. El encomendero estaba obligado a dar casa y hamaca, vestir y alimentar a sus empleados. Taxativamente, el encomendero no tenía atribuciones para golpear, ni encarcelar a los indios. La institucionalización de los Juicios de Estancia, en los que cualquier administrado tenía audiencia para expresar sus quejas respecto a quienes dejaban los cargos, fue un corrector de desmanes, junto a los Juicios de Visita, inspecciones ordenadas por la Corona, que rendían informe al Consejo de Indias.

Y el adoctrinamiento en la fe cristiana, valor supremo para los hombres y mujeres del siglo XVI, las leyes y ordenanzas prescriben que debía hacerse con inteligencia y suavidad. En este sentido, destaca el franciscano Pedro de Gante, hijo bastardo del Emperador Maximiliano y, por tanto, tío de Carlos V, que inicia en la música a los catecúmenos, antes de adoctrinarlos. De las catequesis de aquel fraile parte la música barroca criolla y el villancico que conocemos. Los indios cantaban gregoriano en latín, antes de saber quién era Cristo.

Ya metidos en sacristías, la otra gran institución de la colonización española fue la misión. Ésta, además de la iglesia, contaba con escuela para niños y niñas, laboratorios y hospital y mantenía separadas las dos “repúblicas”: el poblado de los indios y el poblado de los criollos. Estas instituciones deslumbraron a Humbolt, que había entrado en territorios de la Corona de España, dispuesto a pasar información denigrante a la jovencísima República de los Estados Unidos y no pudo hacer otra cosa sino reconocer excelencias.

España, con muchas luces y las sombras de los oportunistas, buscavidas y pícaros de siempre, realizó en tres siglos un inmenso trasvase de cultura, bienes materiales y progreso, que es necesario rescatar del muladar de la calumnia y la infamia de la malicia ideológica, tan dispuesta a encontrar su revolución, royendo fama y tergiversando hechos.

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