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La extraña pareja

martes 07 de febrero de 2017, 12:03h

Nadie podrá negar que Pablo Iglesias e Íñigo Errejón formaron una extraña pareja. Tan extraña que hoy, sabiendo lo que sabemos, se nos hace, se me hace. difícil creer que han sido siquiera pareja. Escribo esto y, al instante, me arrepiento porque caigo en la cuenta de que, de algún modo, todos hemos tenido amigos, amigos del alma, que, en un momento dado, cuando algo se cruza en el camino de alguno, se alejan y poco a poco deja de serlo, si es que no acaba siendo enemigo. Habrá quien diga que eso que ocurre es lo normal y que eso no es más que el resultado lógico del crecimiento de las personas y también, por qué no, de las organizaciones.

Cuando somos adolescentes, al menos cuando yo lo era, una chica, un equipo de fútbol, una película o un tipo de música bastaban para resquebrajar una amistad inquebrantable. Pasaba siempre. Siempre que. además de la amistad, no hubiese sumisión, siempre que uno no estuviese dispuesto a dejar de ser él mismo, supeditándose al "amigo".

Son las consecuencias de la inmadurez. Pero, ojo, no son la ruptura ni el alejamiento los síntomas de la inmadurez. Lo eran todos esos abrazos y besuqueos innecesarios, esas masas corales que a muchos les cautivaban y a mí siempre me dieron un cierto repelús. Toso eso era, para mí, una especie de farsa tras la que se escondía algo oscuro, el germen de algo agazapado que se desencadenaría en cuanto se diesen las circunstancias para ello.

Si a todo eso que suele pasar y pasaba en Podemos le añadimos la impudicia de Pablo Iglesias y su necesidad patológica de jugar el papel de hermano mayor, el que dice lo que está bien y lo que está mal, quién juega con qué y cuándo, y lo dice, por desgracia, a su conveniencia, a su imagen y semejanza, tenemos el caldo de cultivo idóneo para que, a la menor oportunidad, todo salte por los aires y se rompan los juguetes en disputa.

El juguete en cuestión es, como siempre ocurre entre quienes se dicen adultos, el poder, el poder que se tuvo en la punta de los dedos y que poco a poco, por soberbia o por miedo a volar, eso nunca lo sabremos, se escapó cuando Iglesias que no parecía tan torpe como para dejarse ver como el villano, rompió la baraja de las negociaciones con Pedro Sánchez, quedando, con razón o sin razón, ante el electorado como el malo de la película.

Dicen que Errejón hubiese preferido una negociación menos rígida, algo que no fuese el todo o nada. Pero se hizo lo que defendía Iglesias y Podemos, con ayuda de los medios, quedó como intransigente y su gesto de hacerle la lista de gobierno a Sánchez como una bravuconada electoralmente nefasta, porque, hasta a mí, que tiendo a barajar causas perdidas, me costó darles el voto en las segundas elecciones generales.
Y con la pérdida de los veinte escaños que se dejaron an la gatera de esas negociaciones, más aún non las malas expectativas de voto en una hipotética llamada a las urnas, como siempre que en casa falta la harina, todo se vuelve mohina, comenzaron las peleas y los quítate tú para ponerme yo, con feos desplantes como los ceses, que ortra cosa no fueron, de Luis Alegre o José Manuel López, al frente de la secretaría de organización nacional y la portavocía en la Asamblea de Madrid. En fin la guerra por el poder, por los cargos.

Ahora, Iglesias y Errejón, por más que disimulen, que lo hacen o intentan hacerlo, están alejados y de espaldas un a otro, mientras desde sus posiciones se ha desatado una guerra de cartas, comunicados e insidias, en las que a veces se cambia calidad por cantidad, especialmente en esa guerra electrónica en la que la "banda de los cuatro" denunciada hace días por Luis Alegre afila sus teclados contra Íñigo, el amigo del alma que ya no lo es o no lo parece.

No sé qué pasará de aquí al lunes, no sé qué encuestas se publicarán en estos días que quedan antes de la asamblea de Vistalegre, ni que fiabilidad se les podrá atribuir. Lo que sé es que el Podemos del próximo lunes será, ha de ser, muy distinto. Entre otras cosas, porque ya nadie se creerá a tan extraña pareja.

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