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Razón de ser

lunes 14 de septiembre de 2020, 09:51h

Realizarse humanamente, intentar ser, lo que deseamos ser, e influir algo en la sociedad en que se vive y a ser posible desde la vocación, pues nos facilita hacer de forma placentera, minimizando el esfuerzo, diluyendo tiempo y espacio.

Los seres humanos no somos títeres biológicos movidos por impulsos físico-químicos producidos en el cerebro. Es nuestra mente la que realiza inferencias, incluso la que se equivoca, no nuestros sentidos.

Las neurociencias desdeñan lo esencial: la conciencia. Siendo que la ciencia, habrá de abordar lo inmaterial, para estudiar y potenciar la imaginación, la creatividad, la intuición, la empatía.

El reto del ser humano es la búsqueda del conocimiento, que exige la práctica de la atención, facilitando la autoconciencia, los momentos de plenitud, la capacidad para hacer las cosas, y al tiempo vernos desde fuera, con cierta distancia.

Constatemos, coincidamos, en que la vida afectiva, la armonía con el entorno es esencial.

Las personas estamos constituidas física y psíquicamente, y pese a quien lo afirme, no somos esclavos de nuestros deseos, instintos y apetencias.

Hemos de profundizar en la naturaleza de lo inmaterial; practicar la empatía hacia lo que trasciende; cultivar la mente; repensar mejor; preservar el silencio meditativo, reflexivo; retomar la calma, la contemplación, reorientar la propia trayectoria apoyada en la ética.

Detengámonos y recordemos, que en los años 50 se anticipó que en 15 o en todo caso 25 años, tendríamos una inteligencia artificial que reemplazaría al ser humano. Se erró, pues los cerebros se dan solo en las criaturas vivas y no en las máquinas.

La (desde mi criterio) denominada erróneamente inteligencia artificial, es una metodología que aplica algoritmos matemáticos que ajustan parámetros de los métodos, a través de reglas de aprendizaje.

Los ordenadores no pueden soñar, ni imaginar, ni paralizarse por el miedo. La complejidad del ser humano no es cuantificable. Robotizar es psicológicamente catastrófico, recuperemos la imaginación hibernada, preveamos que las redes sociales uniformizan el pensamiento y por lo tanto lo limitan.

Contribuyamos a un mundo más sutil, más de sueños. Elevemos la mirada, investiguemos el Cosmos. Recordemos a Jung cuando hablaba del suicidio del alma.

Son las pasiones humanas parte de un Universo vivo, quizás caótico, las que deciden, no los algoritmos de los ordenadores.

No pareciera que haya leyes inmutables de la naturaleza. Estamos en evolución, en continua transformación.

Resulta paradójico cuando menos que no aceptemos ser finitos, y demos como natural el haber nacido, siendo como es, una remota posibilidad cósmica.

Javier Urra

Psicólogo del Tribunal Superior de Justicia de Madrid. Primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid. Académico de Número de la Academia de Psicología de España.

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