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Hiyab, tolerancia social y libertad de la mujer

viernes 23 de diciembre de 2016, 10:07h

La polémica sobre la imposición del uso del velo islámico reaparece intermitentemente en nuestra sociedad. Unas veces es la controversia que genera la asistencia a clase de alguna alumna musulmana y otras la actitud que adoptan algunas mujeres occidentales cuando ven coartada su libertad al viajar a países de mayoría musulmana o, en los últimos tiempos, la legislación de vanguardia que sobre el particular se ha promovido en ciertos países europeos (Francia, Noruega,…), para intentar regular una práctica que tiene muchas más connotaciones culturales, políticas y religiosas de las que se suelen considerar a primera vista.

En un interesante artículo (El País, 21 abril de 2010), que publicaba Abdemur Prado, español converso al islam, presidente de la Junta Islámica Catalana y autor de El lenguaje político del Corán (2010), concluía que el uso del hiyab no es necesariamente una práctica discriminatoria, y enmarcaba la polémica entre la confusión y la obligada neutralidad de las instituciones y la libertad de las personas a profesar sus convicciones.

Y este es, precisamente, el meollo de la cuestión, la libertad -o la falta de ella- a la hora de ejercer una práctica que aunque tiene connotaciones culturales y religiosas, también ha tenido una fuerte significación política (en la Argelia ocupada por los franceses, o en el Irán que derrocó al Sha de Persia, como símbolo del antiimperialismo sentido por la población.

Pero hoy es también -se quiera o no- un símbolo de la sumisión impuesta a la mujer por teocracias como la iraní y la saudí, que imponen esta prenda como parte de la vestimenta de la mujer, y eso coarta su libertad y su derecho a su propia imagen. No digamos ya de lo que sucede en países como Afganistán en donde la mujer que no vaya ataviada con un burka (velo que cubre la cara por completo), ya sabe a lo que se expone.

Tolerancia pública

No es, pues, extraño que países de tradición liberal y democrática como Francia o Noruega, que es probable que muy pronto vayan secundando el resto de los países europeos, estén en trámites para aprobar una ley que prohíba el uso del burka en lugares públicos, escuelas y universidades incluidas. La ley no afectará a otras prendas de las mujeres musulmanas como el velo, el chador (prenda que cubre todo el cuerpo y la cabeza pero deja ver la cara) o el hiyab (velo que cubre la cabeza y el pecho), sino únicamente a las prendas que no dejen ver el rostro de las mujeres. En ambos casos, los gobiernos aducen razones de tolerancia y respeto con aquellas personas que quieren mostrar públicamente su fe o sus costumbres.

Pero esa misma tolerancia y respeto es también exigible a países de mayoría musulmana en donde, para la mujer -sea de origen oriental u occidental, eso da lo mismo-, no llevar un velo que cubra su cabeza y su pecho, puede ser motivo suficiente para que un grupo de energúmenos comiencen con insultos, sigan con tocamientos y, en algunos casos, incluso, terminen con la violación de la mujer que se atreva a saltarse una ley social, que no está escrita en ningún sitio (ni siquiera en el Corán), pero que se ha convertido en prototipo de la intransigencia, la cerrazón y la infamia de sociedades que se jactan de todo lo contrario respecto a la mujer. Si es así, que dejen a esta elegir como quiere ir vestida y demostrarán con ello, verdaderamente, que el hiyab, u otros velos similares, no son un símbolo de la sumisión que ciertas sociedades que podrían calificarse abiertamente de machistas, eliminando esa imposición habrán empezado a dejar de serlo.

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