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A Ítaca en tiovivo

lunes 13 de noviembre de 2017, 12:19h

Para los indepes Ítaca es una especie de Arcadia. El origen del mito es hermoso en la historia de Odiseo pues su periplo estuvo lleno de peligros, guerras, amenazas y asechanzas de las que consigue salir airoso hasta que, al fin, llega a su casa en Ítaca para reencontrarse con su amada Penélope. La Ítaca catalana, nacida de la mala e infantil traducción que del poema de Kavafis hace Lluis Llach, se parece al viaje de Ulises lo que un huevo a una estelada.

Kavafis, siguiendo la senda de Baudelaire en Las flores del mal, desarrolla una hermosa metáfora de la vida como camino y de Ítaca como destino final del viajero para dejar el mensaje esencial: lo importante no es el destino sino el camino de adversidades que el buen navegante supera. Así, cuando el viajero llegue a su destino lo importante será el bagaje vital adquirido, la experiencia magnífica del viaje y la sabiduría acumulada:

[…] no apresures nada el viaje;
que dure muchos años
hasta atracar, viejo, en la isla,
afortunado de lo que ganaste en el camino
sin esperar de Ítaca riqueza alguna.

En la Ítaca indepe Llach desconoce el encuentro con Tyresias, el adivino ciego, que advierte a Ulises de algunas amenazas pues no en vano de toda la troupe que le acompaña solo él llegará a Ítaca. El viaje a Ítaca de los indepes se fija en el destino como el turista ignorante que solo sabe que Si hoy es martes, esto debe ser Bélgica, y desprecia lo importante: el camino; el caerse y levantarse; el conocimiento de otras gentes, culturas y riquezas para centrarse en lo obvio, en lo simple, en lo inane que es el destino, máxime cuando origen y destino coinciden como en el caso de los indepes.

Puestos a buscar un referente, Llach debió acudir a una obra del XV que explicaría mejor este viaje doloroso y falsificado que ha sido la deriva indepe desde, ¡coño, desde que a los Pujol se les descubrió el pastel! Se trata de La nave de los locos de Sebastian Brant, maravillosamente ilustrada entre otros por Alberto Durero, en la que se retrata la estupidez humana a lo largo de un viaje que termina en Narragonia, otra de las mil tierras prometidas que, enceguecidos, perseguimos los humanos.

En este viaje, la nave de los locos, un barco que va recogiendo necios, navega a la deriva sin que ello importe mucho a sus ocupantes a los que solo interesan sus propias y personalísimas filias o fobias.

Ahora, después de haber demediado Cataluña; después de haber exacerbado padres, hijos, cuñados y amigos; después de haber llegado hasta Bruselas por el norte y Alcalá Meco por el Oeste; después de que el mismo que hace quince años manifestara que el fueloil era plastilina en hilitos y que el domingo 12/11 sacó pecho gritando a voz en cuello en Barcelona que él es quien convoca las elecciones del 21 de diciembre -solo le faltó decir “por mis cojones”-, la nave de los necios con sus necios descubre con deploro que en realidad no se ha movido del sitio, como el barquito de un tiovivo, y que tras tanta bulla el dolor solo ha servido para que unos sigan sin apearse esperando que mamá ponga otra ficha para una segunda vuelta, yupi, y otros se planteen seriamente desmantelar el tinglado.

Gran viaje, Lluis Llach; gran viaje, Pilar Rahola; gran viaje, Carles Puigdemont. No os preocupéis, no nos hemos dado cuenta de que escondíais 30.000 millones de euros en Suiza, eh Lluis Salvadó, que será difícil repatriar y con los que se hubiera podido pagar la mitad de la deuda catalana con el resto de España. O paliar la situación de ese millón cuatrocientos mil personas que en Cataluña están bajo el umbral de pobreza (Indescat, Institut catalá d’estadística) o los 261.970 nens catalans que viven en estado de Pobreza Severa en Cataluña (informe Save the children). Gracies, indepes, por tanto dolor innecesario, por tanta ruina buscada ex profeso, por tal colección de necios embarcados y a la deriva. Deu vos guard porque lo que es yo solo puedo acordarme de la vostra mare, metaforicament, es clar.

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