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Carreras de caballos
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Carreras de caballos (Foto: Unsplash)

Póngame una de Jockeys

martes 06 de diciembre de 2022, 12:16h

Nunca un jockey hará ganar a un caballo que no sabe correr. Y casi siempre un caballo que se empeña en ganar lo hará pese al jockey que vaya encima. Son máximas que algunos damos como ciertas y, en nuestra afición al mundo de las carreras de caballos, sirven para encumbrar más al animal que al hombre. Son carreras de caballos, no carreras de jockeys.

Eso queda claro, por lógica, entre algunos de los que hemos mamado este deporte/afición desde la cuna. Incluso, el mundo de la hípica, donde también hay un binomio entre caballo y jinete, se diferencia con nosotros en ese pequeño e importante detalle. En la Hípica se anuncia primero el nombre del jinete a lomos del caballo, mientras que en el Turf es al revés. Primero siempre el nombre del caballo, que va montado por el jockey tal.

El pura sangre inglés es el protagonista en el mundo del Turf, su genealogía data de tres caballos Byerley Turk, Darley Arabian y Godolphin Arabian en los primeros años del siglo XVIII. Estos nombres los conocen muchos aficionados, pero muy pocos o ninguno sabría el nombre de sus jockeys. Ya en pleno siglo XXI Frankel, el mejor caballo de nuestra Historia reciente, fue montado siempre por Tom Queally. Catorce triunfos acompañaron al campeón. Catorce carreras y un mismo Jockey. Pero bien, me juego un euro con cualquier de los que leen estas líneas y son aficionados a las carreras de caballos, que muchos llegados a este punto han recordado el nombre de quien acompañara a Frankel en todos sus triunfos.

Quería hacer estas dos reflexiones previas por la importancia que muchas veces los aficionados a las carreras de caballos otorgamos al jockey. Y más en España. La mayoría para justificar nuestros errores en el pronóstico. En aproximadamente dos minutos de carrera siempre puedes encontrar defectos o errores. Que si no ha salido bien, que si le ha llevado a tirones, que si le ha roto la boca, que si le ha pedido antes de tiempo, que si no ha insistido con él, que si no ha sabido darle un recorrido limpio, etc, etc, etc. Ahí culpamos al que va encima, porque es más fácil echar siempre el mochuelo al otro y porque la mayoría de las ocasiones hemos oído alguna de estas excusas en manos de los preparadores, que son la tercera pata del conglomerado. La cuarta es el propietario. De estas dos, no toca hoy. Pero para hablar mal del jockey, cuando no se gana, suelen ser más raudos, a veces, que los propios aficionados, aunque estos y más si tienen apuesta en la mano no se quedan cortos.

Que somos distintos a los países con un Turf más desarrollado se nota hasta en estas premisas. ¿Por qué? Muy sencillo. Preguntémonos porque es posible qué si se le dijéramos a cualquier persona de la calle de más de 50 años la palabra Turf los nombres que irían asociados serían los de Carudel o Román. Precisamente los dos primeros en tener una estatua en el Hipódromo de la Zarzuela. El tercero fue el Duque de Alburquerque. Pero ni un solo caballo es homenajeado con estatua alguna. ¿Somos o no distintos?

En España, actualmente tenemos tres o cuatro grandes fustas que dominan el panorama y que son, normalmente, los que montan mejores caballos y, por lo tanto, ganan más carreras. También pierden más, pero eso queda siempre diluido entre triunfos cada jornada. Sólo puede ganar uno. Cuando uno de ellos hace una mala monta sabe que tendrá en la siguiente carrera la posibilidad de resarcirse y que ya no está en la situación de quedarse sin montas, porque si su nombre se asocia al caballo de cualquier propietario, éste siempre estará contento con el preparador que le ha conseguido uno de los mejores para su caballo. Y ahí siempre es todo más sencillo. Lógica aplastante que no sólo es válida en el Turf. Luego hay un grupo de tres o cuatro fustas que, sin subir el peldaño que les falta hacia la ‘bula papal’, mantienen la crítica en cada monta. Tienen que demostrar más que los primeros y muchas veces se quedan en el camino ante dos o tres semanas que no les acompañe la suerte o su desempeño profesional. En este grupo, entran y salen muchos jockeys pero muy pocos aguantan la espada de Damocles. Y es por ahí que tengamos el déficit que hemos arrastrado en los últimos años. Es una profesión muy dura, muy sacrificada y que casi nunca tiene el rédito que merecen. No todos pueden mirar atrás y sentirse como lo ha hecho en esta última temporada de otoño, nuestro último gran Jockey, José Luis Martínez.

Ahora, en este 2023 que ya tiene programa aprobado, tenemos una gran oportunidad de poder cambiar esa dinámica, porque por vez primera en mucho tiempo hay suficiente fondo de armario para que no se repitan errores pasados. Por un lado, tenemos a Julia Zambudio, Cristina Pérez, Cristina Hazen, Lucie Castillon o Vicky Alonso, que junto la primera ya se han hecho jockeys gracias a su buen hacer y a la confianza que han depositado en ellas los preparadores y propietarios por el descargo que su condición de aprendiz y mujer les otorgaba en algunas carreras. También está la llegada de Bruno Estupiñán, Adrián Martínez o Armando Olivas y detrás vendrán otros por el gran trabajo de Nieves García, aún en activo, en la Escuela de Mini Jockeys. Por una vez que nuestro foco que nos hace ser distintos, con la importancia que se les da a los jockeys, sea para bien. Que no cometamos el error de importar jockeys que vienen de vuelta de sus países o expulsados de otros. Qué sepamos valorar lo que tenemos. Qué hay cantidad y calidad si les dejamos subir ese peldaño con tiempo. Y no permitamos que se nos queden en el camino. No todos serán como José Luis Martínez, pero al menos dejemos que lo puedan intentar. Póngame una de jockeys, que tenemos de sobra.

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