www.diariocritico.com

Cubre el vacío historiográfico sobre los verdaderos protagonistas de la Guerra de Cuba y Filipinas

Una investigación desvela el trágico destino de los soldados andaluces que regresaron tras el desastre del 98

Una investigación desvela el trágico destino de los soldados andaluces que regresaron tras el desastre del 98

sábado 01 de mayo de 2010, 18:11h

El Centro de Estudios Andaluces edita el volumen Andalucía y la repatriación de los soldados en la guerra del 98, una obra que cubre el vacío historiográfico sobre los verdaderos protagonistas de la Guerra de Cuba y Filipinas: las decenas de miles de soldados que murieron víctimas, no de la pólvora, sino de las enfermedades tropicales y la nefasta gestión del Gobierno.

Mucho ha sido lo que se ha escrito y publicado sobre el desastre de Cuba, el regeneracionismo y el espíritu del 98, sobre todo a raíz de la celebración del centenario de este episodio celebrado en 1998. Sin embargo, poco, o muy poco, es lo que se conocía hasta ahora acerca del duro destino de los soldados repatriados a España. Un hueco historiográfico que ha sido cubierto por el Centro de Estudios Andaluces con la publicación del volumen Andalucía y la repatriación de los soldados de la guerra del 98, coordinado por el investigador cordobés Patricio Hidalgo Nuchera, profesor de Historia de América en la Universidad Autónoma de Madrid. 

 Entre 1895 y 1898, España realizó uno de los mayores esfuerzos bélicos de cuantos había afrontado hasta el momento una potencia colonial: para defender sus últimas posesiones de ultramar envió a Cuba -y a Filipinas- alrededor de 220.000 soldados. Más de la mitad murió, aunque sólo un pequeño porcentaje de los fallecidos -unos 10.000- cayó frente al enemigo o a consecuencia de las heridas. La mayoría -en torno a 100.000- perdió la vida a causa de enfermedades como la fiebre amarilla, el paludismo, la disentería y la tuberculosis. Muchos murieron durante el viaje de repatriación, realizado en condiciones lamentables, o poco después de pisar tierra española. Toda una catástrofe demográfica y social, si se tiene en cuenta que la media de edad de los soldados que marcharon a ultramar para cumplir allí el servicio militar obligatorio era de 21 años y que todos ellos eran de extracción humilde.

Y es que en la España de aquellos años (así fue hasta la II República) los que tenían dinero se libraban de ir a la mili y, por tanto, de morir en el frente de batalla: bastaba con pagar unas 2.000 pesetas -una cantidad elevada para la clase media e inabordable para las clases obreras y campesinas- para librarse o redimirse del servicio. También se podía pagar a alguien para que fuese en su lugar. Una práctica a la que se apuntaron todos los miembros de la burguesía convencidos de salvar, de este modo, a sus hijos de una muerte casi segura.

De la euforia a la tristeza

Los soldados que regresaron a casa tras la pérdida de Cuba y Filipinas frente a EE.UU. formaban parte de un ejército de derrotados: estaban enfermos, agotados y eran muy pobres, ya que ni siquiera se le había pagado su soldada. La conmoción que sufrió la población al verlos regresar fue enorme: se pasó bruscamente de la exaltación patriótica y las fanfarrias y fastos celebrados durante las despedidas de los quintos rumbo a Cuba, a una enorme tristeza al ver las condiciones miserables en que retornaban.

 La población civil andaluza fue muy sensible a esta dramática situación. Así lo demuestran los cinco ensayos reunidos en este volumen que refieren el modo de actuar de otros tantos municipios andaluces: Córdoba, Granada, Cádiz, el Puerto de Santa María y Baeza. La movilización de su población y las denuncias realizadas por la prensa local obligaron al Gobierno a poner en marcha una serie de medidas mínimas para atenuar su sufrimiento, y a los ayuntamientos a ejecutar medidas complementarias para mitigar su dolor. El estudio de fuentes hemerográficas y de las actas municipales ha permitido a los autores de esta obra –Carmen Borrego Pla, de la Universidad de Sevilla; José Luis Millán Chivite, de la Universidad de Cádiz; Miguel Molina Martínez, de la Universidad de Granada; e Ignacio Montoro Fernández, del IES Francisco de los Cobos de Úbeda- poner de manifiesto esta rápida, aunque insuficiente, reacción humanitaria y política afrontada por los andaluces de a pie para socorrer a sus iguales.

 Córdoba o el impulso de la Cruz Roja

La ciudad de Córdoba protagonizó hasta tres suscripciones ciudadanas para reunir fondos y sufragar así los gastos de la guerra, primero, y de la repatriación, después. La opinión pública cordobesa –articulada en la prensa local- comenzó pronto a elevar su voz ante el triste espectáculo de los soldados enfermos que llegaban a las estaciones de tren de la provincia.

 La solidaridad de multiplicó, pero fue la recién creada Cruz Roja de Córdoba la que se puso al frente de la asistencia del ejército repatriado, repartiendo alimentos, pagando los transportes de vuelta a casa, organizando un albergue para los enfermos en la propia estación cordobesa y nutriendo su botiquín de medicinas.

Mención aparte merece el seguimiento que realizó la prensa local cordobesa de la “última humillación” sufrida por los soldados, en palabras del profesor Patricio Hidalgo Nuchera. A su regreso, los soldados se vieron obligados a mendigar durante meses, ya que el Estado no había liquidado sus haberes pendientes. Finalmente, el Gobierno ofreció dos alternativas de pago a los excombatientes de Cuba: aceptar cinco pesetas por mes de servicio hasta un máximo de 32 meses, o esperar a la liquidación definitiva. Es decir, aceptar una limosna rápida o esperar sine die a que les pagasen. La solución para el pago de los soldados de Filipinas fue todavía más injusta: se les pagó en pesos filipinos, o lo que es lo mismo, en una moneda devaluada y distinta a la de su país. Las protestas de los afectados, de las que dio buena cuenta la prensa local de Córdoba, forzaron al Gobierno a dar marcha atrás en esta medida, autorizando el canje de pesos filipinos por plata española.

 Cádiz, puerto de entrada de millares de enfermos

Cuando llegaron noticias de la confrontación con EEUU, la primera reacción de la población gaditana y de las villas marítimas de la Bahía fue huir a tierras de interior, temerosa de que Inglaterra, que tantas veces había saqueado la ciudad en el pasado, fuese la potencia que manejaba entre bastidores los hilos de la batalla en el Caribe. Sólo con el cese de las hostilidades hispano-yanquis, los gaditanos regresaron a su casa y pronto asistieron al desfile de este ejército de derrotados.

 

Como detallan en este volumen los profesores Carmen Borrego Pla y José Luis Millán Chivite, Cádiz fue uno de los puertos principales al que arribaron los barcos cargados de soldados repatriados y, por tanto, uno de los primeros lugares de España en conocer de primera mano la magnitud humana del desastre. Ante la lentitud de la burocracia, los indignados habitantes de Cádiz y de otros municipios de la bahía como el Puerto de Santa María comenzaron su peculiar respuesta a la catástrofe: recaudaron dinero y reunieron víveres y medicinas. Día tras día, las autoridades gaditanas recogieron los testimonios y registraron la llegada de estos soldados en un cuaderno que hoy se conserva en la biblioteca del Casino Gaditano. Esta fuente refleja la información recabada en los hospitales-sanatorio de urgencia (como el Cuartel de San Fernando) que se habilitaron para atender a los miles de soldados que arribaron al puerto entre noviembre de 1898 y abril de 1900: el tratamiento médico que se les dio, las últimas prestaciones que otorgadas en caso de fallecimiento y el equipamiento básico mínimo que se les entregaba para regresar a sus casas.

 La quiebra colonial, agravada por la carestía de la vida y la subida de impuestos, para hacer frente a los costes de la guerra y la derrota, golpeó con fuerza a Cádiz. La paralización del puerto, el desempleo obrero, las quiebras de particulares y del consistorio condujeron al ocaso a la ciudad. Aunque algunos, como los empresarios viticultores y azucareros del Puerto de Santa María consiguieron salir de la crisis reinventándose a sí mismos y potenciando la innovación agroindustrial.

Granada merece el aplauso  

El ayuntamiento granadino actuó cuanto pudo en auxilio de los soldados repatriados del 98. Tal y como señala el profesor de la Universidad de Granada, Miguel Molina Martínez, el comportamiento de las autoridades granadinas, “merece el aplauso”. Y es que el consistorio granadino organizó suscripciones populares, ofreció pequeñas ayudas económicas a quienes tras su regreso se encontrasen sin medios e incapacitados para trabajar y habilitó locales para continuar el tratamiento de los soldados enfermos.

 Baeza: “no eran cien soldados sino cien cadáveres”

“Lo que nosotros vimos no fueron cien soldados, sino cien cadáveres en el más lastimoso estado”. Con estas palabras retrataba El Diario Católico la llegada a Jaén de un centenar de soldados repatriados de Cuba el 29 de septiembre de 1898. Ante este desolador panorama, la localidad de Baeza reaccionó con prontitud. “Para el Ayuntamiento de Baeza la cuestión de los repatriados fue primordial. Ni las instituciones ni la población baezana los abandonó a su suerte”, destaca en este libro el investigador Ignacio Montoro Fernández. Los baezanos protagonizaron protestas y recaudaron fondos para ayudar a los soldados. Asimismo, el consistorio se apresuró a acondicionar el Cuartel del Carmen para albergarlos, aunque al final el capitán general de Sevilla desestimó la posibilidad de albergar repatriados por “estar lejos de la vía férrea”.

 

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)

+
1 comentarios