La atención del mercado se concentró en la sostenibilidad macrofinanciera de Estados Unidos. Los últimos datos laborales confirmaron un entorno todavía resiliente, lo que reduce la presión inmediata sobre la política monetaria. Sin embargo, el foco se desplazó hacia el frente fiscal. El Fondo Monetario Internacional advirtió que el déficit por cuenta corriente —estimado entre el 3,5% y el 4% del PIB— es excesivo y que su corrección exige una consolidación presupuestaria creíble. Según sus proyecciones, el déficit fiscal se mantendría entre el 7% y el 8% del PIB en los próximos años y la deuda pública podría alcanzar el 140% del PIB en 2031. Aunque el crecimiento previsto para 2026 se sitúa en el 2,4%, la inflación no retornaría al objetivo hasta 2027, prolongando el dilema entre estabilidad de precios y disciplina presupuestaria. En paralelo, el debate sobre el futuro liderazgo de la Reserva Federal y la eventual normalización de su balance añade una dimensión institucional relevante en un contexto de mayor escrutinio político.
En Asia, los nuevos nombramientos en el Banco de Japón introducen incertidumbre sobre el ritmo de normalización monetaria. En Europa, el Banco Central Europeo redujo el peso del dólar en sus reservas y los indicadores de confianza volvieron a deteriorarse, confirmando un crecimiento frágil y aún expuesto a tensiones comerciales.