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Pedro Iturralde, de 'hijo del molinero', a mayor referente del saxo en España

lunes 19 de diciembre de 2016, 08:27h
Foto: Borja T. Suárez
Foto: Borja T. Suárez (Foto: Borja T. Suárez)

Bogui Jazz (Madrid), viernes y sábado 18 y 19 de noviembre de 2016. Pedro Iturralde (1929) levanta pasiones en sus dos actuaciones seguidas en el que, sin duda, se está convirtiendo en uno de los templos del jazz actual en España. A sus 87 años, Pedro Iturralde, sentado sobre una silla, con sus saxos y clarinete, acompañado por Mariano Díaz, al piano; Richie Ferrer, contrabajo, y Daniel García Bruno, batería, vuelve a hacer historia viva del jazz con una maestría insuperable... Después vendría Valencia, y, muy pronto, otra vez Madrid, Almería... Paquita, su mujer, se encarga de dosificar las subidas al escenario de Pedro, aunque él tiene cuerda para rato.

El incombustible Iturralde es, probablemente, el mejor saxofonista que ha dado nunca la música española y, desde luego, quien más ha contribuido a la divulgación del instrumento como reconocido músico de jazz desde la década de los 50 del siglo pasado. Además de su ingente obra musical, como jazzista, músico clásico, músico de estudio y compositor, Iturralde ha realizado también importantes aportaciones para la enseñanza musical. La más destacada es el manual ‘Trescientas veinticuatro escalas para la improvisación en jazz’, libro de referencia para el estudio de la improvisación, que en 1990 fue galardonado con el Premio del Ministerio de Cultura a la edición más destacada a la contribución a la pedagogía.

Catedrático del Real Conservatorio de Música de Madrid desde que en 1978 lograra la creación de la cátedra de saxofón, de la que fue titular hasta jubilarse en 1994, Iturralde es, sobre todo, una de las grandes figuras del jazz en España y quien, junto a Tete Montoliú, más ha hecho por su difusión y extensión. Pero, además, Iturralde tiene también una gran formación clásica que pudo desplegar en sus numerosas colaboraciones con distintas orquestas sinfónicas, la más continuada con la Orquesta Nacional de España con quien, desde 1965 hasta 1994, realizó varias giras por Europa, Japón y Estados Unidos.

Navarro y tozudo

Iturralde nació en Falces (Navarra) el 13 de julio de 1929, aunque sus primeros cuatro años, que el músico recuerda como “los más felices de mi vida”, los pasó en una población muy cercana, Vergalijo, en donde su abuelo y su padre llevaban un molino de piedra, situado junto al río Arga, por el que pasaban todos los agricultores de la zona para moler trigo y cebada. “Era un paraíso”, nos confiesa, “…mi madre, que además de las labores de la casa, dominaba también todas las del campo, no necesitaba más que ir a una población muy cercana, apenas a un kilómetro, a comprar pan y leche; todo lo demás lo teníamos ya en casa, incluso la miel que nos proporcionaba una colmena que cuidaba ella misma”. Después, la familia se trasladó a Falces y allí su padre, ahora encargado en la fábrica de harinas, en sus momentos de asueto, tocaba también el saxo tenor en la banda municipal. “Cuando escuché aquel solo de saxo alto en el ensayo de la banda del pueblo -comenta el maestro octogenario- fue cuando decidí que sería músico”.

Por eso, Pedro Iturralde entró en la banda cuando solo tenía diez años. Un año antes, empezó a practicar con el saxo tenor, y poco después también con el clarinete. “Antes de nada, había que hacer dos cursos de solfeo, y después ya te daban la boquilla, para hacer un poco de embocadura y, ya por fin, el instrumento”. Aquellos primeros años de contacto con la música “fueron para mí, una salvación física y psíquica” porque está convencido de que eso le ayudó a salvar la morriña que tenía de Vergalijo, y la neumonía que le diagnosticaron, aunque él cree firmemente que aquello era más bien una depresión, término médico que probablemente se desconocía entonces. Hoy una calle de Falces lleva el nombre de Don Pedro Iturralde, en el mismo centro de la localidad y en 1995 le nombró Hijo Predilecto.

Aunque a su padre eso de ser músico no le parecía una profesión “seria”, Pedro tuvo muy claro desde el primer momento que iba a dedicarse a ella por completo. Un concurso de la radio, a donde acudió acompañándose con una guitarra, y cantando, le sirvió de trampolín. A los trece años ya lo llamaban para tocar en todos los pueblos y, dos años después, a los 15,entra a tocar el saxo en una “orquestina” (Allo y sus boys), dirigida por el pianista Francisco Manuel Allo, que le lleva a tocar fuera de Navarra, y en muy poco tiempo el joven Iturralde casi cuadruplicaba el salario de su padre, únicamente con su habilidad como músico de saxo y clarinete, tocando aquí y allá en las fiestas de los pueblos y en hoteles y restaurantes de postín, como se decía entonces.

Músico profesional

Un contrato fijo en un café de Logroño, cuando Pedro solo tenía 16 años, le permitió estudiar violín y piano en la capital riojana durante dos años. Volvió de nuevo a Navarra donde, por cierto, recuerda una fecha especial de 1947 en que, a pesar de no ser muy amante de la “fiesta nacional”, acudió un día a ver torear a Manolete: “Le acompañaban en el cartel Gitanillo de Triana y un torero navarro, Julián Marín… Por primera vez en mi vida se me puso la piel de gallina viendo torear a Manolete, que tuvo una actuación fogosa y con una gran personalidad”. Un mes después, Manolete moría en los ruedos y escribía una de las páginas más grandes de la historia del toreo en España...

Poco tiempo después iría a Barcelona, acompañando a Mario Rossi, un afamado cantante catalán de la época que, incluso, tenía su propia orquesta. Con él daría el salto fuera de nuestras fronteras: primero, Lisboa y Tánger: “Tánger era una ciudad cosmopolita, muy abierta, con más de 600.000 habitantes, mitad española y mitad francesa y norteamericana en la que podías comprar cosas inimaginables en España, y que tenía media docena de locales con orquesta y atracciones de carácter internacional”. Después vendrían Casablanca, Rabat, Orán, Argel y Túnez. La gira duró casi dos años, y solo se vio interrumpida por una llamada desde la embajada de España en Argelia, instando al navarro a cumplir con la patria; así es que tuvo que hacer un paréntesis de casi dos años para hacer el servicio militar: “Tuve mucha suerte porque pude hacerlo en Navarra, y eso me ayudó mucho”.

Después Iturralde se trasladó a Madrid donde terminó también la carrera de saxo, que la hizo por enseñanza libre, donde pudo colocarse como músico en varias orquestas, y con contratos de larga duración -más de un año-: “Yo estaba en la orquesta del hotel Plaza, que tenía un local en el piso 26 del edificio de la Plaza de España… Éramos dos quintetos y tocábamos media hora cada uno, de forma alternativa. Teníamos, incluso, un día semanal de descanso, en el que venían a sustituirnos otros músicos”. Y así en los varios locales de Madrid, buena parte de los cuales estaban también situados en la Gran Vía… “Sólo en el tramo entre Plaza de España y Callao, había unas doce orquestas tocando en El Elefante Blanco, York Club, Jai, el hotel Rex, Moroco, Suevia, Pasapoga o el cabaret Casablanca … Aquella, la década de los 50 del pasado siglo, era una época dorada de la música en directo en nuestro país”.

Sigue la gira

Luego vendrían Beirut (“la Suiza del Medio Oriente, la llamaban entonces, dice Iturralde), donde pasó cerca de tres años, Atenas, Turquía y, más tarde, las bases americanas de Alemania, Francia, y la propia España (Zaragoza y Torrejón de Ardoz, en Madrid), momento en el que Iturralde vuelve a contactar en la capital con un nuevo y mítico local: el Whisky Jazz Club, “un sitio que habían abierto en la calle Marqués de Villamagna”, que con los años se acabaría convirtiendo en el local de referencia del jazz en España de la década de los 60. Su periplo vital ha permitido a Iturralde hablar portugués, francés, inglés, italiano y griego. Además, tiene nociones de turco, árabe, japonés y euskera… “Lo poco que sé -dice humilde el maestro- lo he aprendido viajando”.

El Whisky Jazz significó para Iturralde “la oportunidad de vivir del jazz”. Tocaba “casi todos los días, estuve fijo allí durante casi diez años. Fijo hasta el punto de que llegó un momento que prácticamente contrataba yo a los artistas internacionales, y así pude traer, entre muchos otros, a primeras figuras del jazz norteamericano como Dexter Gordon, Donald Bird, Donna Hightower o Lee Konitz o Gerry Mulligan…”.

En noviembre de 1967 grabó para Hispavox uno de los discos que más importancia ha tenido en el jazz español: su flamenco jazz, que pudo dar a conocer internacionalmente a través de los conciertos “Jazz meets the world” en el Festival de Jazz de Berlín, con su quinteto y con Paco de Lucía en la guitarra. Aunque John Coltrane y Miles Davis también se interesaron por la música española en algunos de sus discos, Pedro Iturralde pretendía algo más: “tomar el flamenco, y sobre su base y forma de sentir, poder expresarse de una manera libre y sincera por medio de la concepción rítmica y la improvisación del jazz moderno”.

Hambre de escenario

Desde entonces, Iturralde ha sido uno de los referentes más claros del jazz en España y, hoy en día, a sus 87 años, “sigo necesitando subirme a un escenario”. Sus numerosísimos alumnos del Conservatorio aún siguen acudiendo a su viejo profesor para pedirle consejo, o para que les dé el visto bueno a alguna composición, y raro es el día que en su casa de Puerta de Hierro de Madrid, en donde reside desde 1971, no suena el teléfono con alguna voz del pasado, a través de una llamada que puede provenir de Sevilla, de Madrid, de Valencia, de cualquier parte de España, que llena de alegría y orgullo a don Pedro: “Mis alumnos han sido como mis hijos”.

Y, también a diario, y durante varias horas, Pedro Iturralde sigue ensayando, tocando sobre todo su clarinete, estudiando profundamente los temas de repertorio que lleva con su cuarteto, para poder “improvisar” (“Dicen que el jazz es improvisación -dijo en uno de sus últimos conciertos-, pero para improvisar ha habido que estudiar previamente muchas, muchísimas horas…”), en sus próximas actuaciones. Y, de verdad, doy fe de que es el maestro quien decide en cada concierto cuál es el tema siguiente que va a sonar ante el público. Un público que, después de 70 años, sigue siendo fiel cada vez que el hijo del molinero de Falces decide volver a subirse a un escenario. “Déjeme un momento su mano -me sorprende Iturralde antes de terminar…-“. Se la dejo y el maestro, tomando una bocanada de aire y llenando sus pulmones, suelta sobre mi mano un soplo constante, suave, profundo de ese aire que tan bien sabe administrar durante un minuto largo que prueba que, si Dios quiere, tenemos Iturralde para muchos años más.

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