Los medios informativos han ido llenos este fin de semana con las revelaciones de Wikileaks que, ya antes de enviar a varios diarios cientos de miles de documentos secretos, obligó a los diplomáticos norteamericanos a paliar el daño que puede hacer su divulgación.
Como es habitual en cosas tan esperadas, la realidad resultó menos picante que las expectativas: las primeras páginas de los diarios nos descubrieron cosas tan sabidas como la animosidad entre muchos países árabes y el régimen de Irán, o las excentricidades de Muammar Gaddaffi y su "voluptuosa enfermera ucraniana", o la inquietud por las armas atómicas de Pakistán.
Así por ejemplo, durante años los periodistas preguntaban a funcionarios de diferentes departamentos por el riesgo que representan los arsenales atómicos pakistaníes, en un gobierno tan amenazada por radicales dispuestos a cualquier holocausto. Nos aseguraron una vez tras otra que las armas atómicas pakistaníes estaban bien protegidas lo que más bien provocaba incredulidad, que ha quedado justificada en los documentos de Wikileaks, según los cuales hace tres años que Estados Unidos ya trató de retirar uranio enriquecido de Pakistán.
O la enemistad entre Arabia Saudí e Irán, nunca reconocida oficialmente en las salas de prensa de Washington pero confirmada por las filtraciones de Wikileaks, según la cuales los sauditas pidieron incluso un ataque militar contra la producción iraní de armas.
En éstas, como en otras cosas, referentes a Rusia o la China o Afganistán, simplemente se ha demostrado que las sospecha generales estaban justificadas, han traído a la memoria el adagio periodístico de que "ninguna noticia es verdad hasta que está desmentida, pero no han aportado realmente mucho de nuevo.
Esto no quiere decir que no importe: la diplomacia se hace a otro nivel que las noticias y lo que sirve para interesar a las masas no es lo mismo que la táctica para influir en negociaciones de armas, economía o política internacional.
Además, el daño hecho a regímenes aliados de Washington al quitarles la careta que se han puesto ante su propio público puede ser grave y, si es verdad que cumple con el objetivo del directivo de Wikileaks Julian Assage de perjudicar a Estados Unidos en sus esfuerzos bélicos, también es difícil calcular su efecto en la estabilidad de una parte del mundo que no necesita de más sobresaltos. El monarca saudí tiene motivos para indignarse al leer en la portada del New York Times la petición que hizo a Estados Unidos.
Nadie aprendió nada nuevo al leer que la Casa Blanca tiene desacuerdos con sus aliados europeos acerca de los programas de reactivación económica, pero las embajadas de Berlín o Roma no tendrán la vida más fácil después de leer los comentarios de algunos de sus funcionarios con respecto a la poca brillantez de Angela Merkel o las aventuras de Berlusconi.
Aparte del riesgo para las 'fuentes' de las embajadas o los operativos de la CIA y otras agencias de espionaje, la divulgación de sus métodos de información, de la identidad de sus contactos, dificulta su gestión enormemente en el futuro. El suyo es un trabajo delicado y difícil de entender a quienes no están en su ambiente: un periodista y un diplomático pueden asistir al mismo acto y oír a las mismas personas, pero el artículo escrito para que llegue al mayor número de público es necesariamente distinto, en contenido y en carácter, del análisis dirigido a quienes han de recomendar medidas políticas y organizar el futuro de las relaciones con el resto del mundo.
La gran ironía es que los periodistas, que mandan su información a cuántos quieran recibirla, protegen sus fuentes sin demasiados problemas, pero los diplomáticos, cuya discreción es esencial para su trabajo, no pueden hacerlo. ¿Cómo podrá un secretario de embajada enterarse de nada si su contacto teme que los 'datos confidenciales' aparecerán en unos meses o años en las portadas de los diarios?
Algunos senadores hablan de procesar a Assange, cosa difícil porque ni es norteamericano ni vive en Estados Unidos y no es probable que consigan traerlo con una extradición. En cambio, el joven militar Bradley Manning, que le dio los documentos lleva ya tiempo en la cárcel, lo que no ha servido para impedir que los datos se hagan públicos.
La diplomacia norteamericana, ya bastante afectada por los tropiezos militares de los últimos años, se enfrenta ahora a un doble problema: reducir el daño a su prestigio y su credibilidad y buscar una fórmula para protegerse de filtraciones en una época de gran desarrollo de la informática: si Daniel Elsworth, para divulgar sus 'Papeles del Pentágono' con datos secretos de la guerra del Vietnam 1971 tuvo que obtener documentos en 1971, el soldadito Manning tan solo necesitó un CD y darle a unas cuantas teclas para mandar sus indiscreciones al espacio cibernético.