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Los diamantes son los mejores amigos de las duquesas

Los diamantes son los mejores amigos de las duquesas

jueves 13 de diciembre de 2007, 21:54h
Actualizado: 15 de diciembre de 2007, 14:07h
Lo que más me llama la atención en las diferentes clases sociales es que todas tienen unas claras características. Hay una que me encanta de la clase alta: el gran cariño y apego que tienen por los apellidos preposicionados (ignoro si esta palabra existe pero me da igual). Les explico: Los ricos de la clase alta, los de toda la vida (no vale el pocero ni especimenes similares) tienen, para abastecer bien su ego y vanidad, apellidos larguísimos, esto es compuestos y que, además se encadenan entre ellos con y, de, de la... Ejemplo: Rosario de la Riva y Fernández de Socuéllamo (nombre y apellido que me acabo de inventar, así que si esta señora existe es purita casualidad).

Pero lo mejor de que tengan estos apellidos es que cuando en un cóctel te presentas a ellos diciendo: “Hola, me llamo tal” y plantas tu nombre de pila, ellos te contestan con su nombre de pila y su ristra de apellidos. Es como si quisieran decirte sin quitarte el ojo: Éste soy yo y lo que le sigue a mi nombre es mi patrimonio. Es la versión alta cuna del ¿mentiendes? De Belén Esteban.

Claro, con estos precedentes, normal que alguna marquesa se hiciera el harakiri cuando Casa Real anunció el compromiso del príncipe con una chica que sólo se apellidaba Ortiz Rocasolano. “Si al menos hubiera tenido la preposición De entre ambos apellidos…”, se oyó este lamento en algún palacete del Barrio de Salamanca. Lo de menos era que estuviera divorciada. El problema eran los apellidos. Y la verdad, tiene que ser muy duro hincar tu rodilla ante una chica con tan vulgar patrimonio.

Toso esto se lo cuento porque ayer me pasé por una fiesta de la Marquesa de San Eduardo que para acortar distancias con la plebe se hace llamar “Iñi”. No me pregunten por qué. La tal Iñi se quedó viuda con hijos que sacar adelante y como tenía buena verborrea se dedicó a vender seguros.  Pero pronto cambió el feo y vulgar mundo de la póliza por el elegante de las joyas que, además de dar más pasta, es más fino y apropiado para ella.

Ayer dio una fiesta en Pachá y reunió allí a todos sus amigos. Y como se imaginarán, sus amigos andan sobrados de pasta y apellidos. Hubo un momento de la fiesta en que el entorno de las tres barras de la discoteca superaba el PIB nacional. Pero los ricos de verdad suelen ser anónimos y como yo no soy Josemi Rodríguez Sieiro que llena sus columnas con gente que no conoce ni Dios, yo les hablaré de los más conocidos que en algunos casos no tienen que ser necesariamente ricos ni necesariamente de rancio abolengo. Ejemplo: Terelu. Estaba invitada. Terelu ni tiene apellidos preposicionados ni viene de alta cuna pero cuando habla monta una mano sobre la otra mientras se las frota y eso, aunque no la iguale con una baronesa, le confiere aire de resabidilla que se sabe con pasta abultada en la cuenta corriente.

Antes de pasar al famoseo de alta alcurnia, no puedo dejar de nombrar a Carmen Lomana. Ni idea de cómo se ha hecho famosa pero sí de cómo hizo fortuna. Me lo contó ayer una Marquesa envidiosa: “Verás, ella era cajera en León (en un banco, no en el Mercadona aunque hubiese tenido su punto filipino) y uno de sus clientes, riquísimo, se enamoró de ella, la hizo su esposa y tuvo el buen gusto de dejarla viuda muy pronto”. Toma ya, eso es aprovechar bien todas las clases de contabilidad de CCC y lo demás son tonterías.

Y ahora los de clase bien de toda la vida: Cuca Gottor que además de simpática, tiene un marido con las piernas muy duras. No es coña, tuve que apartarle una de ellas para que no pisara el cable de una cámara y pude comprobarlo. Lita Trujillo que hacía esfuerzos para que no se le cayera la cara. Hay cosas que ni la cirugía  puede arreglar.

Y hablando de cirugía: ¿Cómo está de joven la Duquesa de Franco? Cuando entró en Pachá le dije: “Señora duquesa, pasará usted por el photocall, no?”  Y ella con su voz timbre nasal: “Ay, no hija, yo no estoy para esas cosas”. Normal. Lo que me gusta de esta señora es que no se ha apeado jamás de su estiramiento y altanería. Hace falta tener muchas tablas para ser así y no sonrojarse. Me cae bien, además en el transcurso de la fiesta le dije: “Duquesa, déjeme que le haga una foto, con lo guapa que está”. “Venga salada, házmela”. No me digan que no es encantadora. Y encima me llamó salada.

Pedro y Begoña Trapote, la versión contemporánea del tanto monta monta tanto. Begoña, más morena que Naomi Campbell y su marido más encantador que nadie. También es verdad que, aunque no era el anfitrión, estábamos en su casa. Elena Boira que cuando me la presentaron me plantó dos besos tipo: push, push, oséase que ni me rozó. Iba con su marido, José Federico de Carvajal.

Kike Sarasola, con su salado (yo ya hablo como la Duquesa de Franco) marido canario, se apoyaban en la barra acompañados de dos “niñas guapísimas”. Otra cosa que tienen que aprender para no desentonar en círculos de ricos y apellidos preposicionados: a las mujeres menores de 50 años se les denomina “niñas”.

Cuando ya mis piernas no me obedecían, me dejé caer en un cómodo taburete con champagne rosado y pude apreciar in situ que debe de haber una familia en Madrid a la que pertenecen cientos de primas. Ayer estaban todas en la fiesta. Era fácil distinguirlas por sus rasgos: Pómulos en la sien muy brillantes, mostacho recién planchado que cuando te ríes te coloca una mueca tipo alien, y labios gordos pero como rellenos con garbanzos, así a trocicos. En fin, hasta en el rostro se parecen.

Es lo que tiene ser rico.

Lo mejor: Darse cuenta de que al final, la arruga es bella.
Lo peor: Que la Marquesa de San Eduardo no tenga más amigos frikies y que además, sean conocidos.
Ambiente: Mucho rico, señora recubierta de laca y como diría el cursi de Carlos García-Calvo, perfectamente manicureada y pedicureada.
Canapés: Excelente. Había hasta Roscón de Reyes.

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