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José Graziano da Silva

Guerra y hambre

Guerra y hambre

Guerra y hambre

 

José Graziano da Silva

   

Gaza es el ejemplo más reciente y destacado por los medios de cómo la acción humana puede traer riesgos para la seguridad alimentaria, pero no es el único.

 

Cuando la FAO fue creada en 1946, se creía que la conjunción de los factores paz y alimentos en abundancia podrían garantizar la seguridad alimentaria. De esa forma, terminada la Segunda Guerra Mundial, la Organización nacía para fomentar la producción agrícola y garantizar la seguridad alimentaria de todos.

 

No por nada el primer Director General de la FAO, John Boyd Orr, recibió el Premio Nobel de la Paz en 1949. El reconocimiento de la relación entre paz y disponibilidad de alimentos fue reforzado en 1970, cuando el agrónomo Normal Borlaug, propulsor de la Revolución Verde, también fue reconocido con el Nobel de la Paz.

 

Sin embargo, el hambre persiste. La FAO estima que al final del 2008 había cerca de 963 millones de subnutridos en el mundo. Nunca antes fueron tantos.

 

Otra tendencia preocupante constata que el número de países en situación de emergencia alimentaria está creciendo. Entre 1984 y 1997 nunca se registraron más de 40 países en un sólo año. Desde 1998 siempre fueron más de 40.

 

Los datos de la FAO muestran que la acción humana es, cada vez más, la explicación para las emergencias alimentarias. En los años 80, la acción humana era responsable por alrededor de 10 emergencias anuales, en promedio, mientras que aquellas causadas por catástrofes naturales casi superaban las 30. Entre 2002 y 2007, la acción humana responde por cerca de 30 emergencias alimentarias por año.

 

El conflicto armado continúa siendo la razón de la inseguridad alimentaria en la mayoría de los países, en particular en África. Pero cada vez más, lo que está detrás del hambre causada por factores humanos son factores socioeconómicos.

 

De una participación prácticamente insignificativa en la década de los 80 en el total de las situaciones de emergencia alimentaria de responsabilidad humana, los factores socioeconómicos pasaron a responder por una de cada cuatro emergencias a partir del año 2000.

 

La Región de América Latina y el Caribe vive en paz hace décadas, con la excepción del conflicto interno en Colombia. Y, según los datos más recientes de la FAO, tiene un excedente de alimentos que supera el 30 %, incluso descontando las importaciones.

 

Tendríamos entonces las condiciones necesarias (paz) y suficientes (producción de alimentos) para garantizar la seguridad alimentaria de toda nuestra población. Sin embargo, 51 millones de personas en la Región estaban subnutridas a finales del 2007. En 1990, eran 52.

 

Lo que más llama la atención es que después de que consiguiéramos reducir el número de personas con hambre hasta 45 millones en 2005, el alza de los precios de los alimentos en sólo dos años, 2006 y 2007, nos hizo perder prácticamente todo ese avance. Y, probablemente, la situación empeorará aún más en 2008 debido a la crisis económica.

 

Que no hayamos podido acabar con el hambre en la Región es una prueba clara de que sólo paz y disponibilidad de alimentos no garantizan la seguridad alimentaria. Es preciso sumar una variable para completar la ecuación: voluntad política y acción decidida de los gobiernos, entregando recursos efectivos para acabar con el hambre.

 

En la edición 2008 del informe El Estado de la Inseguridad Alimentaria del Mundo, la FAO revela que de los 77 países analizados, el 16 % no había tomado ninguna medida normativa para enfrentar el alza de los precios de los alimentos. Según el documento, en América Latina y el Caribe, casi un tercio de los países no tomaron medidas normativas con dicho fin y muchos se limitaron a implementar medidas defensivas y de emergencia, como la reducción de los impuestos a la importación.

 

Lo que estamos haciendo para ganar la guerra contra el hambre es poco para revertir la desatención de las últimas cuatro décadas.

 

Desde la década de los 70, muchos países en desarrollo desmantelaron su infraestructura agrícola y redujeron su producción local de alimentos, convencidos de que era más fácil y más barato comprar en el mercado internacional alimentos subsidiados de los países desarrollados.

 

El desarrollo de la agricultura familiar perdió importancia en las agendas nacionales. El potencial productivo de dicho sector fue descartado y ellos pasaron a ser sujetos de programas sociales y no de programas de desarrollo.

 

Los recursos destinados a la agricultura por la cooperación internacional también menguaron, cayendo de 17 % al 3 % entre 1980 y 2006. En términos reales, la caída fue de casi 60 %, de US $ 8 billones hasta US $ 3,4 billones por año (para acabar con el hambre necesitamos invertir 10 veces más por año).

 

En épocas de crisis agudas, la ayuda internacional pasó a enfocarse en lo inmediato: donación de comida. Pero las emergencias se han extendido a lo largo de los años y lo que debería haber sido una respuesta inmediata para situaciones críticas se convirtió, en muchos casos, en solución permanente.

 

Pero sabemos lo que se necesita para erradicar el hambre en nuestra Región y en el mundo.

 

Combatir la desigualdad impulsando políticas económicas y sociales que promuevan la inclusión y el desarrollo de los más pobres. Mejores empleos y salarios son esenciales para aumentar el acceso a los alimentos.

 

Apoyar la agricultura familiar para que ella pueda volverse sustentable y rentable. Ella es parte de la solución y no del problema.

 

Destinar más recursos para garantizar el derecho a la alimentación para todos, lo que implica crear condiciones para que todas las personas tengan los medios para satisfacer sus propias necesidades alimentarias.

 

Y finalmente, fortalecer el marco jurídico de la seguridad alimentaria. Actualmente, sólo Argentina, Brasil, Ecuador, Guatemala y Venezuela tienen leyes que aseguran ese derecho. Otros diez países de la Región debaten hoy ese tema.

 

En épocas de crisis es necesario proteger a los más pobres, y para eso, leyes de seguridad alimentaria son importantes. En 2009, la FAO continuará dando su apoyo a los países en esta área a través de acciones como la implementación de un Frente Parlamentario Latinoamericano Contra el Hambre, promovido por la Iniciativa América Latina y el Caribe Sin Hambre.

 

Sabemos qué hacer. Ahora sólo falta actuar. Y para eso, falta el compromiso político que garantice los recursos necesarios para acabar con el hambre.

 

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