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Adiós, cine, adiós

Una exposición con fotografías de Paco Garrido mostrará, en la sede de la Academia de Cine, algo que está pasando ante nuestros ojos. Parafraseando el vídeo de Al Gore sobre el cambio climático, esto también es "una verdad incómoda". La exposición trata sobre "Un cine que desaparece", y aunque habla de pueblos y ciudades de toda España, y de cines cerrados en todos ellos, cuenta una historia muy cercana, a la que todos los madrileños estamos asistiendo desde hace años: la desaparición de una forma de entender este arte. Madrid ha perdido muchas,  muchísimas de sus salas de cine más emblemáticas: esos tremendos cines de la Gran Vía con patio de butacas y un entresuelo enorme, joyas arquitectónicas algunos de ellos. En su lugar, surgen como setas los minicines, esas acumulaciones de hasta 20 pequeñas salas en las que compartir el olor infecto, los restos de palomitas, vasos de bebidas y otras inmundicias -¿cómo somos tan guarros?-, los chicles pegados en las butacas, la ausencia de acomodadores, etcétera, etcétera.

No es lo mismo. Ya sé que hay argumentos para todos los gustos, que a los políticos se les llena la boca explicando que ahora, en realidad, la oferta es mayor, porque hay muchas más salas, en número. No lo dudo. Pero mi idea de ir al cine no es dejar el coche en el estacionamiento subterráneo de un centro comercial saturado, donde tras subir varios tramos de escaleras mecánicas y recorrer, quieras que no -el diseño arquitectónico al servicio del merchandising-  tiendas de ropa, zapatos, juguetes y complementos, y una planta de tascas y burguers, por fin se llega a la taquilla y se accede a las casi siempre malolientes salas.

No tiene nada que ver. Antes, ir al cine era casi un ritual. Un paseo por las calles céntricas, esa taquillera a la que le pedías las entradas "centraditas, por favor", el olor a ambientador, el bar listo para las visitas, el acomodador pulcro y atildado esperándote a la entrada de la sala con su linterna a punto, intentando adivinar por tu cara si eras de los que dejan propina. Cierto que las butacas solían ser más incómodas, pero había toda una liturgia que acompañaba al pase de la película, llena de olores, sonidos y oscuridades. Esos anuncios de antes de empezar ... Ahora, lo más que te ponen es el aviso de que apagues el móvil -que, por cierto, muchos desoyen-, y eso acompañado por el ensordecedor estruendo de quienes engullen las palomitas. Por cierto, el tamaño de los envases de bebidas y comidas en las multisalas de los multicines son manifiestamente desincentivadores; a mí, no sé por qué, me recuerdan a las granjas donde se ceba a cerdos o gallinas para maximizar su producción...

"Nostálgicos del cine" llaman, con cierto desprecio, a aquellos que añoramos el Benlliure, el Peñalver, el Palacio de la Música... Es posible; empiezo a tener edad para tener nostalgia de muchas cosas. Sobre todo, de aquellas en las que creo que hemos perdido calidad de vida.
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