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Crítica teatral.- Don Carlos: otra de Calixto Bieito

El Centro Dramático Nacional abre la temporada en el teatro Valle Inclán con el montaje de “Don Carlos”, dirigido por Calixto Bieto. Treinta años atrás el gran texto de Schiller fue llevado a la Comedia por José Carlos Plaza. Nada que ver, ni remotamente, con esta nueva versión.
En general no me gusta el trabajo de Beito. En particular, tampoco. “Don Carlos” es una gran tragedia política y humana que, dirigida por Bieto, se transforma en un guiñol a ratos absurdo, a ratos disparatado. Solamente aparece la grandeza teatral cuando deja solos al texto y al actor. El príncipe Carlos es aquí un mamarracho insufrible, sin atisbos de ambición política, pasión amorosa o capacidad para la intriga. Es un bufón-pelele ajeno por completo a todo lo que tiene de que decir por su texto y de lo que sucede en el escenario. Para la función ha construido una especie de jardín-invernadero, a todas luces carísimo, que luego apenas se utiliza. Lleva el director casi toda la acción a la corbata escénica, con lo que gran parte del público apenas puede ver lo que sucede. Tampoco se pierde mucho, pero paga para ver a los actores, no una estructura metálica,

Marca de la casa
Aunque no tenga ningún sentido, el director mete en su montaje los aderezos habituales en su obra. Un par de fugaces desnudos del protagonista (innecesarios), un poco de destrucción del decorado (irrelevante), unos apuntes musicales de pasodoble (ridículos) y un batiburrillo en el vestuario, sin pies ni cabeza. En las últimas escenas aparecen dos personajes-lombrices cuyo cometido es una incógnita. Tal vez sean metáfora de los gusanos que se comerán a Felipe II en El Escorial. O no. Quizá es una metáfora del gusano de la ambición que corroe a los poderosos. O no. Posiblemente están ahí porque le da la gana al director. Lo más probable. Hay que agradecerle que el espectáculo sólo dure una hora y cuarenta y cinco minutos.

Formidable Hipólito

Hay dos extraordinarios momentos teatrales. Son los que protagoniza Carlos Hipólito, un formidable Felipe II. El actor y el texto se bastan para cautivar al público. Hipólito como monarca majestuoso, como marido traicionado, como ser humano vencido, da otra clase magistral y contagia a quienes comparten diálogo con él. Su trabajo redime es espectáculo. Angels Bassas y Mingo Rafols también hacen unas excelentes interpretaciones. Don Carlos está interpretado por Rubén Ochandiano. El resto del reparto se ve obligado a luchar contra las trampas que le pone el director y bastante mérito tiene con salvarlas. Una mención especial a los actores-cantantes por su esfuerzo.
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