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Las ovejas y el redil

Las ovejas y el redil

El papa Benedicto XVI enfadó un día a los judíos, cuando tendió los brazos a un obispo lefebvrista que había negado el holocausto nazi, desatando de paso la indignación en Alemania. Otro día enfadó a los musulmanes, al apuntar una cita sobre Mahoma que los mahometanos consideraron intolerable, ¡y que a todas luces era inexacta! Ahora va a enfadar a los ecumenistas, o sea, a aquellos que a raíz del Concilio Vaticano II de Juan XXIII y Pablo VI abrigaron la esperanza de que los cristianos se reencontraran en un fraternal abrazo, pues ha decidido crear una nueva estructura para acoger a cientos de miles de tradicionalistas que reniegan de la visión progresista de su iglesia anglicana respecto a la homosexualidad y al papel de las mujeres en la Iglesia. Este abrazo no parece muy fraterno.

Se trata de unos 500.000 fieles distribuidos en 16 iglesias de cinco continentes. Es la primera vez que un colectivo tan importante, nacido en los tiempos de la Reforma Protestante (siglo XVI), quiere volver a la obediencia del papa de Roma. Parece que la conversión del ex primer ministro Tony Blair y la disposición “oficiosa” de la Reina de Inglaterra a renunciar a la jefatura de la Iglesia Anglicana han animado a tomar esta decisión en Roma. Los anglicanos suman unos 77 millones en todo el mundo. En el Reino Unido hay unos 25 millones de anglicanos y cinco millones de católicos. Unos 1.000 sacerdotes anglicanos podrían estar afectados por esta conversión.

El viejo inquisidor, Joseph Ratzinger (hoy Sumo Pontífice de la Iglesia de Roma) va a hacer un hueco dentro de la Iglesia Católica a los anglicanos más airadamente tradicionalistas, los que no admiten la ordenación de mujeres ni mucho menos la de los homosexuales, ambas ya aceptadas –y puestas en práctica- por el ala más “aggiornada” de la Iglesia Anglicana, cuya máxima autoridad viva es nada más y nada menos que la mismísima Reina de Inglaterra. Medio millón de anglicanos –incluidos de 30 a 50 obispos– no aceptan los gestos de apertura de esta confesión hacia las mujeres y hacia los gays del máximo referente mitrado de su Iglesia, el obispo de Canterbury. Son éstos los que van a pasarse en bloque a la Iglesia de Roma.

El Vaticano va a llevar a cabo, con esta operación, una concesión que raya en el surrealismo: mientras niega el matrimonio a los sacerdotes católicos, va a admitir –todo sea por el “bombazo” de los conversos, y de paso para humillar a la iglesia de Inglaterra, según han manifestado ya algunos de sus colectivos- a todos aquellos clérigos anglicanos que ya están casados (pues su confesión se lo permite) y que puedan seguir ejerciendo su ministerio dentro de la Iglesia de Roma. Los clérigos anglicanos aun no casados... no se podrán casar. Y no podrán aspirar a obispos. Deberán conformarse con mantenerse toda su vida como curas de a pie. Y, por su parte, los obispos casados conversos no podrán ejercer como tales el ministerio litúrgico. ¡Surrealista!

El surrealismo –entre buñuelesco y passoliniano- crece cuando uno se pregunta qué puede pasar si en una próxima “conversión” de anglicanos es una mujer sacerdote de esa confesión la que quiere “fichar” por la Iglesia de Roma. Pues ya siendo sonado –aunque no sea la primera vez que sucede en la Historia- que haya curas casados convertidos del protestantismo a la iglesia católica, no es concebible, dadas las tercas posturas de Roma a este respecto, que el Vaticano acepte de golpe a un montón de sacerdotisas o de obispas  (pues ya permiten su ordenación episcopal) que, al apuntarse a la Iglesia de Roma, quieran permanecer al lado de sus parejas, bendecidas por la Iglesia Anglicana. Roma locuta, causa finita: ¡ni homosexuales, ni mujeres sacerdotes! ¡Hasta ahí podía llegar el papa Ratzinger!

Para más inri, los curas anglicanos conversos no estarán bajo la autoridad de un obispo diocesano, sino bajo la de un jerarca ad hoc, como el que Juan Pablo II señaló para los miembros del Opus Dei o los capellanes castrenses: un Prelado Personal, que les permitirá oficiar según su rito tradicional. Lo mismo que Benedicto XVI ya está haciendo con los sacerdotes de la secta fundada por monseñor Lefebvre (que en su día fue excomulgado por Roma) y que el próximo 26 de octubre mantendrán un encuentro con las jerarquías vaticanas, para poder reintegrarse a Roma con su tradicional –y en otro tiempo prohibida- liturgia. O sea: más privilegios para éstos y para los clérigos anglicanos casados conversos…. que para los curas católicos que defienden el celibato opcional, o los teólogos de la liberación que a lo largo de los últimos 40 años sólo han sufrido humillaciones y desprecios por parte de las jerarquías vaticanas. Los miles de sacerdotes católicos que salieron del ministerio "porque se casaron" no tienen voz ni voz ni voto en la Iglesia católica. A los anglicanos se les concede ser ministros casados, aunque a sus obispos casados se les rebaja de categoría. ¡El surrealismo que no cesa!

Los colectivos anglicanos ya han empezado a expresar su malestar: el supuesto aperturismo de Roma no parece ser más que un movimiento para congregar a los grupos más ultracoservadores de la Iglesia Anglicana, una iglesia nacional fundada a raíz de una rabieta de Enrique VIII, cuando el Papa se negó a anularle el matrimonio con Catalina de Aragón para poderse casar con Ana Bolena. Ratzinger se frota las manos, como diciendo: “¡Las ovejas descarriadas vuelven al redil!”

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