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Populismo y la tesis del gran hombre

Populismo y la tesis del gran hombre

La democracia en América Latina como forma de régimen político está directamente relacionada con las manifestaciones del liderazgo presidencial y partidario. Cuando se discuten las diferentes perspectivas sobre el grado de institucionalización, la calidad de la democracia y el futuro de las reformas políticas, surge simultáneamente una ola de críticas que destacan al populismo como un obstáculo o lastre pre-moderno que reproduciría el caudillismo, evitando el avance hacia el progreso y la modernización definitiva; sin embargo, un análisis más cuidadoso del fenómeno populista señala de qué manera diferentes países en otros continentes y no solamente en América Latina, presentan a la relación de un líder único con sus bases y su partido, como un vínculo patriarcal que permite al liderazgo reproducirse a partir de la diseminación de temores sutiles y constantes amenazas.

El populismo puede definirse como la tendencia de cualquier liderazgo – de izquierda o derecha, democrático o autoritario – para hacer creer que la existencia del líder posee una particular “dinámica liberadora”, sin la cual es imposible avanzar hacia el futuro. Es por esto que varios líderes quisieran perpetuarse en el poder apelando al sentimentalismo de las masas como Hugo Chávez en Venezuela o Evo Morales en Bolivia; sin embargo, en la década de los años 50 y 60, también se percibían las mismas inclinaciones con los liderazgos de José María Velasco Ibarra en Ecuador, Víctor Paz Estenssoro en Bolivia, Lyndon B. Johnson en los Estados Unidos, Juan Velasco Alvarado en Perú y Joaquín Balaguer en República Dominicana. Si bien el populismo jamás representó una propuesta política original en la historia de la democracia, sí revela cierta capacidad de adaptación, sobre todo gracias a un uso muy hábil de los medios de comunicación con el objetivo de articular y controlar a los movimientos sociales donde se amalgaman aspectos como asistencialismo, clientelismo y elementos culturales de las denominadas culturas subalternas.

En el siglo XXI, Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua y Luis Ignacio (Lula) Da Silva en Brasil, se caracterizan por encarnar al populismo del “Gran Hombre”, cuyo perfil descansa en la fuerza dramática y espectacular de sus imágenes personales que son comúnmente aceptadas a la hora de estudiar el liderazgo de masas en la era de la información, el internet y las campañas millonarias que enaltecen a los pobres, quienes a su vez esperan demasiado de la democracia convertida en la punta de lanza de un “Estado benefactor-protector”.

Para el populismo, desde la época de Juan Domingo Perón en la Argentina de 1946, es mejor agravar el sentimiento de exclusión de las masas, fomentando el enfrentamiento y llegando inclusive a destruir las raíces institucionales de la democracia moderna por razones estrictamente personalistas y de manipulación.

Actualmente, los procesos de modernización en condiciones de economía de mercado expresan cómo Chávez, Correa, Ortega, Lula y Evo Morales, impulsan crecientes demandas de participación, tratando de convencer que tienen la capacidad para reaccionar mediante formas míticas ofreciendo una democracia directa, en la cual sería más importante una comunidad nacional amorfa, antes que las estructuras representativas de la democracia y un conjunto de instituciones diseñadas para aplicar soluciones sostenibles.

La idea del tiempo es de vital importancia para entender un aspecto del populismo tipo Gran Hombre: sus ansias de inmortalidad. Si la muerte puede ser definida como la ausencia de comunicación y el fin de la propia identidad, el hecho de ser inmortal – es decir, dominar el paso del tiempo – garantizaría el afianzamiento de la identidad del líder y, en consecuencia, su comunicación con los seguidores se convertiría en algo inmanente difícil de erradicar. El Gran Hombre como líder populista alberga la idea de eternidad y permite que el carisma situacional se adapte, perdure y transmita sus proezas a través del tiempo. El populismo estimula un “carisma situacional”, entendido como la habilidad para amoldarse a un conjunto de circunstancias donde el líder rápidamente es capaz de ofrecer a sus seguidores una satisfacción imaginaria, mediante el discurso de un mundo mejor y moralmente más justo.

El esplendor del Gran Hombre detrás del presidencialismo de Chávez, Morales, Ortega y Lula Da Silva, se basa en un supuesto valor moral superior: su amor por los desfavorecidos. Este perfil ético está unido a una noción claramente funcional ya que su aparición es fundamental para desarrollar un proceso importante en la sociedad: la domesticación del mercado y el triunfo sobre la lógica liberal, calificadas como salvajes, así como la aspiración a construir Estados fuertes para proteger a los más pobres e impulsar el desarrollo desde el fortalecimiento de una nueva soberanía contestataria en el escenario de la globalización.

La tesis del Gran Hombre se transforma así en el motor de la historia o de una parte importante de la sociedad. Habría más “bondad moral”, más calidad cuando la historia está hecha por él, que en el caso contrario de una ausencia de grandes líderes. Esto se fortalece porque determinadas cualidades, no muy corrientes pero necesarias para el progreso de los pueblos, se concentrarían en tales personas como la capacidad para la hazaña. No importa el tipo de ideología sino la capacidad para desafiar a otros líderes y al orden imperante; por esto es vital para Chávez – como en su momento lo fue para Fidel Castro en Cuba – retar a quienes se califica de opresores, con el fin de impresionar a los seguidores y satisfacerlos momentáneamente mediante una convención simbólica creada como forma de atenuar una evidencia: los grades hombres son un reflejo de la grandeza potencial de la sociedad.

El populismo refuerza este imaginario y así se explica por qué varios líderes latinoamericanos insisten tanto en su reelección indefinida. El resultado de este tipo de populismo coloca al carisma situacional como el esfuerzo por trascender en la historia, buscando transmitir a las masas que cuando surge el Gran Hombre, ocurre algo similar a una explosión que es imposible prever y vale la pena preservar como solución histórica y mágica.

El liderazgo populista sabe que los resortes del poder son activados antes de ejercer un puesto en el Estado porque las masas siempre prefieren a un personaje fuera de lo común que se sitúa por encima de los hombres anónimos; éstos proyectan sus sueños megalomaniacos y apelan a la aclamación. Sus deseos de perfección y de sobresalir son, en el fondo, ansias de ser dominado por el Gran Hombre que sintetiza el límite del deseo de parecerse a dios. Las decisiones del líder populista serían sólo la traducción en sus actos de los deseos más o menos explícitos de la sociedad. Deseos libremente auscultados por el líder, dado que “conoce y sabe lo que sus seguidores quieren”.

En la noción de Gran Hombre se produce una especie de camuflaje o enmascaramiento de su función social práctica por medio de un simbolismo moral. Si la sociedad tiene una imagen negativa de la política y de sus líderes mediocres que ahí se desarrollan (como es el caso de América Latina), una alternativa de escape o demanda compensatoria está en la adhesión a supuestos grandes hombres dotados de integridad ética. El populismo, una vez más, es visto como la única alternativa.

El populismo atrae sobre sí la imagen de un instrumento que se identifica y representa a los excluidos, dando textura a una máquina electoral que alimenta las situaciones de crisis y ruptura. Los líderes populistas se oponen a las estructuras representativas de la democracia; además, cuando otros partidos van a disputarse los artilugios del populismo, mintiendo constantemente sobre las verdaderas intenciones del liderazgo, cabe discutir si las sociedades latinoamericanas prefieren el papel de víctima asignado por el populismo mesiánico y manumisor, antes que la defensa de los principios de ciudadanía occidental asentada en la elección racional.

Finalmente, los actuales debates sobre el papel del Estado en el sistema internacional, muestran la tensión a la que están sometidos los Estados de América Latina, los cuales se debilitan progresivamente frente a los capitales monopólicos. En la globalización esto preserva la dependencia y genera consecuencias políticas como la permanencia del populismo, debido a que el concepto de “masas disponibles” para los liderazgos del tipo Gran Hombre, es la mejor alternativa que tienen los partidos de derecha o izquierda para mostrar que los pobres siguen excluidos de la modernidad contemporánea. Por esto, el populismo latinoamericano nunca desaparecerá, sino que será una invitación tradicional para que las grandes mayorías se vinculen a la política, en calidad de víctimas del caudillismo ancestral.

Franco Gamboa Rocabado, sociólogo político, Yale World Fellow, [email protected]

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