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Copenhague ¿última llamada?

Ha sido muy refrescante leer los editoriales de principios de esta semana en nuestro diario EL UNIVERSAL, que han descrito los problemas ambientales globales de cambio climático y pérdida de la biodiversidad e hicieron referencia a la recién iniciada Conferencia de las Partes en Copenhague sobre calentamiento global.

Ha sido refrescante por el hecho de ver que un número importante de medios impresos en el mundo decidieron unir sus voces para lanzar este llamado a la sociedad y a los gobiernos. Los medios, especialmente los de difusión masiva como la televisión y la radio han estado, para todos los fines prácticos, totalmente ausentes del tema y, en mi opinión, han descuidado del todo su responsabilidad social de comunicar a la gente con atingencia, seriedad y credibilidad, la magnitud del reto que, como humanidad enfrentamos en el presente. Y también ha sido refrescante por el lenguaje directo y claro usado: acertadamente, el texto de los editoriales apunta a la seriedad de la situación que la humanidad encara afirmando que “a menos de que combinemos acciones decisivas, el cambio climático arrasará con el planeta, nuestra prosperidad y nuestra seguridad”. Difícilmente se podría hacer una advertencia más severa al respecto.

México ha jugado un papel protagónico en las negociaciones sobre cambio climático y ha puesto a consideración de las partes, en voz del presidente Calderón, la creación de un Fondo Verde que proveería de recursos a los países que estén dispuestos a conservar y/o restaurar sus ecosistemas naturales. Esta es en mi opinión una muy afortunada combinación de acciones que subraya el carácter doble de la problemática ambiental: por un lado el calentamiento global, producto del consumo de energéticos fósiles y por otro, de igual importancia y dimensión, la pérdida de los ecosistemas y sus servicios por su transformación a la producción agrícola o pecuaria, la sobreexplotación de los recursos, la contaminación, etcétera. Ese Fondo Verde, de aprobarse en Copenhague, permitirá por vez primera ligar acciones de reducción de emisiones de gases de invernadero con acciones de conservación de los ecosistemas, con los vitales servicios que nos proveen y la diversidad biológica que contienen.

Ha pasado más de una década desde el establecimiento del Protocolo de Kioto y en ese tiempo no solamente no se detuvo el proceso de calentamiento global, sino que todos los parámetros que describen la seriedad del problema han empeorado. Las emisiones de CO2 no sólo continúan, sino que la tasa a la que los producimos se ha triplicado entre 1999 y el presente. Si no surgen compromisos no sólo concretos sino radicales de esta oportunidad en Dinamarca, pasará un buen número de años antes de una nueva ocasión y los retos serán aun mayores que los presentes, mucho más costosos y probablemente en algunos casos ya siendo imposible evitar la irreversibilidad de los mismos. No tenemos mucho tiempo más, si las decisiones que se tomen en Copenhague son del tipo light. Si al nivel social permanecemos encerrados en un consumismo voraz del que no podemos escapar, entonces la tasa actual de emisiones de CO2, llegaríamos en una década por arriba de las 500 ppm de CO2, cifra que sólo está 10% debajo de lo que se considera el límite fatal de no retorno de problemas irreversibles, consecuencia del calentamiento global. Volveré a tocar el tema al final de las reuniones en Copenhague para analizar los resultados (que con toda sinceridad espero que los haya y sean alentadores) de las mismas; pero eso será hasta el 8 de enero del año próximo, para el cual deseo a los lectores lo mejor, pero ante todo mucha y buena salud.

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Investigador del Instituto de Ecología de la UNAM

Opinión extraída del Periódico El Universal 11/12/2009

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