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Un domingo en la Iglesia 'roja'

A primeros de abril saltó la noticia. Una iglesia se declaraba en rebelión contra la decisión del obispado. Después de veinte años luchando contra la marginación la parroquia de San Carlos Borromeo en el Barrio de Entrevías sigue, con cada vez más éxito de feligreses y apoyo mediático, celebrando sus ceremonias.
Ellos las denominan "celebraciones", y como se verá en en los documentos gráfico adjuntos, no siguen la liturgia habitual al pie de la letra...

Cada domingo celebran la misa a la una del mediodía. No hay misa de doce como es habitual, sino intercambio de opiniones, organización de turnos de limpieza y preparación de una paella para todo el que quiera quedarse.

En los alrededores de la iglesia, los fieles se reúnen para hablar de los conciertos y recogidas de firmas para mantener abierta la parroquia como hasta ahora.

Momentos antes de la llegada de uno de los padres -aunque el más conocido sigue siendo Enrique de Castro- una señora aprovecha para dar propaganda electoral del PSOE. No se le presta demasiada atención. Entrevías, barrio castigado por droga y la marginación está más preocupada por el día a día que por las promesas de futuro.

Los fieles de la parroquia, algunos incluso ateos, se ven desbordados por la atención mediática recibida: "Antes no veníamos más de treinta personas. Ahora viene mucha más gente, pero no nos importa. Todo el que viene es para apoyarnos".

Comienza la ceremonia, que no misa, siempre se refieren a ella como celebración y, tras pedir que no se grabe ni se hagan fotografías en la misma.

Las diferencias con una misa al "como Dios manda", son bastantes: para empezar el cura mantiene su atuendo de paisano y apenas lee un pasaje de la Biblia para que los fieles comenten sus impresiones sobre la lectura.

Con orden y la petición explícita de no aplaudir se suceden las reflexiones con aires de consigna: "Los drogadictos son los crucificados del siglo XXI. To tenía un cadáver en casa y aquí me devolvieron un hijo".

Otros prefieren ir directamente al corazón de la iglesia más formal: "¿Por qué no nos dejan ser como Santo Tomás? ¿Por qué no nos quieren cerca de Ignacio Ellacuría? Que sepan que no tenemos miedo". En esta misma línea se recordaba la parábola del Buen Samaritano, y añadían "No hay que callar la voz y menos tener miedo". Tras esto irrumpieron las canciones con más órgano eléctrico que el corro de guitarra habitual. Las canciones fueron, de fe, pero también de protesta. La primera fue "Si se calla el cantor", después vendrían "Sólo le pido a Dios" de León Gieco y la lectura del poema "Yo te nombro libertad" del francés Paul Éluard.

La comunión consiste en tomar un pedacito de pan y pasar el resto del mendrugo al compañero de la bancada. Durante la misma se pide a cada cual que reflexione acerca de los malos momentos de la semana y piense en como mejorar su día a día, en qué podrían hacer por un mundo mejor. Se reza en alto, al unísino.

La conclusión resultó de lo más paradójica: "El Papa y el obispo han conseguido lo que no ha hecho nadie: juntarnos a todos. Tenemos que estarles agradecidos por ello". A un padre en el día a día en la lucha contra la marginación le sobra ironía: "Como ahora viene tanta gente vamos a tener que ir pensando en una reforma de la parroquia... bueno, me temo que la próxima nos la quieren dar hecha".

Los alrededores de la parroquia, la calle lindante y el descampado se llenan de corrillos. Los feligreses, simpatizantes y amigos intercambian opiniones y se organizan para mantener una iglesia "de los pobres". No "roja", sino, como a ellos les gusta decir, "de todos los colores".
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