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Carta desde el corazón de Europa

Carta desde el corazón de Europa

Mi ‘semana política’ concluye con una breve visita a Alemania, el corazón (hoy por hoy) de Europa, donde tengo previstos algunos contactos con gentes diversas relacionadas con el periodismo económico. Tengo la impresión de que los alemanes son conscientes de hasta qué punto Europa depende de lo que digan los responsables políticos germanos, y tanto ellos como los medios mantienen una extremada prudencia después de que el ministro de Finanzas, Wolfgang Schauble, sugiriese ‘sanciones’ a los países de la UE que no hayan hecho bien los deberes, provocando un auténtico terremoto subterráneo en los pasillos de la eurocracia.

Cierto es que cada día se produce en los ámbitos político-económico germanos alguna nueva declaración preocupada por Grecia o por las actuaciones o negligencias del conjunto de Europa, pero también es cierto que no hay tomas de posición definitivas: Berlín no quiere seguir desembolsando dinero para ayudar a los “tramposos” griegos, pero tampoco quiere echar a Papadopoulos a las tinieblas del Fondo Monetario Internacional. A todos les pregunto por España: no, no es el mismo caso de Grecia, aunque…

Aunque cierto es que España, al menos a ojos de mis colegas alemanes, ha perdido el prestigio que tuvo años ha, cuando nos llamaban “los alemanes del sur”. Saco la impresión de que los alemanes, que están orgullosos de la manera como han salido de la crisis –porque de hecho han salido--, no tienen en gran aprecio ni las recetas y fórmulas de las autoridades españolas, a las que tanto ayudaron en tiempos de Felipe González y, sobre todo, de Aznar,  ni tampoco el debate en el que incide el principal partido de la oposición. Alemania ya resolvió, cierto es que también con algunas vacilaciones, sus contenciosos con el IVA, y el debate político aquí me parece mucho más constructivo que el que vimos, por ejemplo, en la controversia parlamentaria sobre la subida, o no, del IVA.

La buena noticia con respecto a España es que, al menos, los colegas respetables que hace cinco años seguían considerando a la banda ETA como un movimiento de liberación, ahora asumen plenamente que es una peligrosa banda terrorista, eso sí, en extinción.  Y que nunca más emplearán expresiones como “el grupo separatista” o “guerrillero”, términos que han podido leerse y escucharse hace no demasiado tiempo en los medios germanos.

En el Berlín despreocupado, donde restaurantes y espectáculos siguen abarrotados y los turistas –muchos españoles, por cierto—continúan llenando los hoteles, España no es el único enfermo de Europa. Pero sí, me comenta un colega veterano de ‘Der Spiegel’, sigue siendo un enfermo. Un enfermo que no sabe muy bien qué medicinas debe tomar para recuperarse del todo, me añade.

Por cierto: algunos de los colegas con los que he podido contactar, dos de ellos apenas telefónicamente, se han mostrado incapaces de detallar qué esté haciendo España durante ‘su’ presidencia semestral de la Unión Europea. ¿Falta de información? ¿O deberíamos reflexionar en casa acerca de cómo hemos hecho, o cómo nos han dejado hacer, estos deberes?

 

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