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El peligroso estado de la nación

El peligroso estado de la nación

Cuando el próximo miércoles se inicie el debate sobre el estado de la nación en el Congreso de los Diputados nada favorecerá un debate serio, riguroso, profundo que permita acuerdos para ayudar a este país a salir de la crisis. No prevalecerá allí “el espíritu de la roja”, que durante semanas nos ha dado ejemplo de cómo profesionales con distintos intereses, culturas y cualidades, pueden actuar en equipo para lograr el más alto objetivo. Todo lo contrario. El debate promete ser ácido, descalificante e inútil. No esperen acuerdos pragmáticos para reforzar la economía y sentar las bases para la recuperación del empleo, de la confianza de los mercados, del “sentido común nacional”. Sobre la mesa estará la manifestación independentista-soberanista de Barcelona contra el Tribunal Constitucional, auspiciada por José Montilla, el ex ministro de Zapatero, el líder cordobés de los socialistas catalanes, apoyado desde Madrid por todos sus compañeros, incluido el presidente del Gobierno, en un ejercicio de gravísima irresponsabilidad constitucional. Un presidente rodeado de banderas independentista que acaba refugiado en edificio público. Lamentable. 

Dice el psiquiatra Enrique Rojas que “nuestra cultura se mira mucho el ombligo, es muy narcisista. Por eso, las dos ramas médicas que más han prosperado han sido la cirugía plástica y la psiquiatría”. También en política. Algunas mujeres y en breve también los hombres acaban desfigurados en ese intento de resistirse a asumir la realidad. El presidente del Gobierno ha tratado de hacer retoques plásticos, uno tras otro, casi todos fallidos y el país está desfigurado. No ha consolidado una España más unida y más fuerte, sino todo lo contrario; ha negado la crisis hasta que la crisis le ha negado a él; ha dejado al Tribunal Constitucional sin prestigio y sin futuro; emprende tarde y, posiblemente mal, las reformas económica, financiera, de las pensiones y del mercado laboral; ha perdido todo el crédito internacional; ha realizado reformas innecesarias, como la del aborto, que dividen aún más a la sociedad. Y se muestra encantado de haberse conocido. El narcisismo sólo conduce al ridículo personal y al fracaso colectivo.

Cataluña puede pensar que el resto de España no la entiende. Está en su derecho y tal vez los demás españoles hayamos cometido errores. Pero si a eso se suma la falta de autocrítica, el problema se multiplica. Cataluña nunca ha gozado de mayor nivel de autogobierno. Nunca. No hay ninguna región europea que tenga sus mismas facultades. Ninguna. Y en los últimos diez años, Cataluña ha perdido peso específico en todos los terrenos importantes: la economía, la industria, la innovación, el diseño, la vanguardia educativa y cultural. ¿Todo es culpa de España?

La selección de fútbol ha rescatado el valor de la marca España, el espíritu del sacrificio, la inteligencia y el esfuerzo, el espíritu de todos. La unidad como palanca para el éxito. Los políticos –algunos con especial dedicación- andan empeñados en romperla. Es la tragedia permanente de un pueblo que se merece algo mejor.

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