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No celebraré el 25 de octubre

Cada 7 de octubre en el Centro Vasco de Caracas se conmemoraba la elección del primer Gobierno Vasco. Tras los brindis y discursos, siempre con algún invitado que venía de París o de Euzkadi Continental, como así se le llamaba a la actual Iparralde, llegaba el pase de txapela. Y los vascos de Venezuela aportaban su generosa ayuda al mantenimiento de la Institución. A esta cantidad se le unía el alquiler del propio Centro Vasco a una inmobiliaria creada a estos efectos y con la suma de bolívares recogidos por aquí y por allá, se lograba superar el año. Eso no daba para que el Lehendakari Leizaola tuviera coche con conductor y oficinas con mucha gente, pero se mantenía por lo menos encendida la llama de aquella apuesta histórica. Al lehendakari Leizaola se le encontraba en el metro de París, con su traje de mil rayas y su impecable sombrero y en la oficina de la rue Singer, unos servicios mínimos mantenían OPE (Oficina de Prensa de Euzkadi) y un personal tan longevo como el propio Gobierno en el exilio.

Las reuniones, en los últimos años, solían celebrarse en Bayona, donde regentaba la delegación el consejero socialista Juanito Iglesias, que ofrecía café a sus compañeros Jesús Ausin, republicano, Mikel Isasi, nacionalista, y Gonzalo Nardiz de la histórica ANV quien, junto a Leizaola, defendían tercamente la entrega del mandato que aquel 7 de octubre de 1936, le habían entregado sus conciudadanos una atardecer de otoño en Gernika con el frente a tiro de piedra. Aquel gobierno duró nueve meses, no tuvo ninguna crisis, creó la Universidad Vasca, se ocupó de los refugiados, preparó la evacuación, creó una incipiente administración, dirigió una guerra sin casi armamento y, en Trucíos a punto de abandonar tierra vasca, el Lehendakari se adelantó a Mac Arthur diciendo enfático que volvería y daría cuenta de su mandato. Al poco uno de sus consejeros, el de Sanidad, Alfredo Espinosa, era fusilado por los militares sublevados. Comenzaba la represión, el exilio, la larga noche.

Aguirre y su gobierno, comenzaron su peregrinación. Su estancia en Barcelona duró hasta la caída de esta ciudad en 1939 acompañando al presidente de la Generalitá, Lluis Companys, en su marcha al exilio.

Tras instalarse en París, al Lehendakari se le ocurre ir a visitar a su familia en 1940 y allí le atrapa la retirada inglesa y la ofensiva alemana y, un año después, aparece en Brasil tras hacerse pasar por un hacendado de Panamá. Siempre mantuvo, con sus consejeros, la ambición del regreso y su dación de cuentas. Nueva York, profesor en la Universidad de Columbia. Líder de la esperanza republicana tras la guerra mundial, líder de la batalla en Naciones Unidas para expulsar al dictador. En 1953 con el reconocimiento internacional a Franco, el acuerdo norteamericano de las bases y el Concordato con la Santa Sede, el Lehendakari y su gobierno se dan cuenta que la “real politik” era una sucia e injusta realidad. Pero el hombre no cejó y como peregrino de aquella llama recorrió los centros vascos dispersados por el mundo, participando activamente en el Movimiento Europeo y las reuniones de la Democracia Cristiana, trabajando en la redacción de una historia vasca. En 1956 organizaba el Congreso Mundial Vasco en París, como último canto del cisne mientras todos los años convocaba, en nombre de su gobierno el “Aberri Eguna”. Tristemente en 1960, aquel corazón generoso se paró y la respiración de los vascos nacionalistas, socialistas, y republicanos, se contuvo. ¿Había que seguir con aquella Institución?. Por supuesto. Se pusieron de acuerdo, y bajo un paraguas, en el cementerio de Donibane Lohitzun, el hombre del traje gris, Jesús María de Leizaola, juró su mandato como segundo lehendakari mientras de la entraña vasca surgía una protesta maldita llamada ETA, en respuesta a una larguísima dictadura que perseguía de manera preferencial todo lo vasco.

En 1978 Tarradellas, un señor que había acabado con el gobierno de la Generalitá a la muerte de Josep Irla, volvió en viaje rocambolesco, queriendo que algo así hiciera Leizaola. La respuesta fue muy clara: “mientras no se apruebe un estatuto como el que represento seguiré en el exilio”.

Esta condición se logró en referéndum el 25 de octubre de 1979, con la abierta oposición de una AP, que votó NO e hizo activa campañaen contra. Y Leizaola volvió, cumpliendo el sueño en diciembre de 1979.

Toda, esta digna historia, fue echada a la basura por el lehendakari López después de haber dicho en el cincuenta aniversario de la muerte de Aguirre, que los citados habían sido "nuestros padres pioneros". La “normalidad” vasca se traduce en hacer lo contrario de lo que se dice, irrespetar la historia, marginar al partido más votado y promotor del primer y segundo estatuto, para decidir celebrar como fiesta oficial, no el primer Estatuto, que sería lo lógico, sino lo segundo, que es lo antinatural, desconociendo además el debate del Parlamento Vasco de abril de 1981 que acordó que: “Se declara el domingo de Pascua, día de Aberri Eguna, día de todos los vascos”.

Lo peor que le puede ocurrir a la cohesión de una sociedad madura y de valores es irrespetar la historia de una manera tan burda. ¿Es esto la "normalidad” o más bien una canallada histórica?

No pienso por tanto celebrar este 25 de octubre. Que el PP y el PSE se lo pasen bien.
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