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Fin de ciclo: profundiza la crisis

Fin de ciclo: profundiza la crisis

En los círculos económicos y empresariales de la capital el ambiente ha cruzado ya la frontera entre el pesimismo y la rendición a un horizonte, que todos consideran fatal e inevitable, de profundización de la crisis. Las críticas de los expertos se formulan tanto hacia la incapacidad del Gobierno de Rodríguez Zapatero para plantear algo parecido a una política económica seria y creíble, como hacia la falta de iniciativa del partido mayoritario de la oposición para hacer una oferta alternativa y conciliar los respaldos necesarios para imponerse a un Gobierno evidentemente naufragado en la suma de incompetencia técnica y falta de voluntad política para afrontar seriamente la ya muy profunda crisis económica. Pero España no es Irlanda, ni Grecia, ni Portugal, sino un país de peso económico significativo en la Unión Europea. El naufragio económico de España es casi seguro que terminase por afectar al euro, y de ahí la creciente alarma de las distintas capitales europeas ante la evidencia de la situación de desgobierno económico en España.

Que mientras se disparan todas las alarmas económicas por la incapacidad de planificación y gestión del Gobierno de Rodríguez Zapatero, el partido que tiene la responsabilidad mayoritaria de la oposición, esto es, el PP se mantenga incapaz de forzar ese adelantamiento de elecciones que visiblemente la sociedad española reclama en todas las encuestas, y lanzar y promover un consenso alternativo de fuerzas en torno a un programa liberal y modernizador de política económica acentúa naturalmente la inquietud social y el pesimismo de los agentes económicos y empresariales. Esto va muy mal, cada vez peor, pero sin esperanzas en el horizonte, porque con el respaldo de su partido, aunque no ciertamente de las principales figuras del mismo, Rodríguez Zapatero sigue en La Moncloa, al timón del país y conduciéndonos, como el enloquecido capitán del Titanic, al choque fatal con el iceberg del desastre económico.

Pero en los círculos políticos y económicos de la capital la indignación empieza a repartirse, y Mariano Rajoy debe cobrar cuanto antes conciencia de ello, entre el Gobierno incompetente que nos hunde en la crisis y la incomprensible falta de iniciativa de la oposición para negociar y concertar una mayoría alternativa que permitiese sacar a Rodríguez Zapatero de La Moncloa y formular un programa económico serio para afrontar la crisis, luchar contra ella, minimizar sus efectos e iniciar un camino creíble de recuperación. Cada vez que Rajoy interviene en el Congreso dice cosas muy sensatas, pero la opinión pública le reclama que pase de una vez de las musas al teatro, que enfrente a todos los grupos parlamentarios a sus responsabilidades con los electores, con el país en definitiva, y construya la mayoría alternativa que, por vía de una moción de censura, permita llevar un Gobierno serio y respetable a La Moncloa, capaz de diseñar y conducir un proceso creíble de salida de la crisis y recuperación de la economía española. Esto no puede esperar por tiempo indefinido, porque cada mes que se pierde los españoles sufriremos más las consecuencias reales del desmoronamiento de nuestra economía.

Para decirlo con entera claridad, se ha llegado al punto en que el dilema ha dejado de ser político entre el PSOE y el PP, con sus respectivos aliados. El verdadero dilema de esta hora terrible de España es entre el fin de esta desafortunada etapa de Rodríguez Zapatero o la cada vez menos improbable quiebra del Reino de España. No es ya un tema de izquierdas o derechas, ni siquiera una contienda política entre PSOE y PP. Es una cuestión de salvación nacional. Es la economía española la que está en juego y asomada ya al borde del precipicio. Pasado mañana puede ser demasiado tarde para hacer lo que es necesario hacer en beneficio del interés común de todos, izquierdas y derechas.

El problema no es ni de lejos el PSOE, que por el contrario ha de ser parte necesaria y muy importante de la solución. El problema es personalmente ese político inverosímil que se ha amarrado al sillón de La Moncloa y que es, por su propia naturaleza, incapaz de promover los amplios consensos transversales que la gravedad de la situación exige. Pero aún definido el problema, la responsabilidad es de todos, no sólo de quienes desde dentro de su propio partido y conscientes de lo que sucede mantienen a ese personaje, sino también de quienes, desde los partidos de la oposición tendrían que ser capaces de juntar esfuerzos para devolver a España el modelo de buen gobierno y amplia concertación de que fueron capaces, en todas las etapas anteriores, las derechas y las izquierdas convergiendo hacia posiciones de moderación y centro.
 
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