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Un faisán en Hamsterdam

Un faisán en Hamsterdam

viernes 15 de julio de 2011, 10:52h
En la tercera temporada de The Wire, esa serie que ubica en Baltimore el infierno descrito por Paul Auster en ‘El país de las últimas cosas’, un comisario comprometido adopta una decisión tan controvertida como al menos defendible: ubicar en tres zonas abandonadas todo el mercado de drogas que cada día destrozaba hasta entonces cada esquina y cada barrio de su ciudad. En esos rincones, rodeados por casas vacías y tapiadas destinadas a ocultar los cadáveres de las víctimas de cada guerra de bandas, el tráfico es libre, la Policía se limita a impedir altercados y camellos y consumidores conviven en una armonía tétrica, con todas sus miserias expuestas y concentradas como en una versión yonqui y en aguafuerte de la Visión del Apocalipsis de El Greco. Le llaman, los negros, Hamsterdam, con h. A cambio, el resto de Baltimore recupera su humanidad, los parques dejan de ser campos de tiro y el silbido de los tristes pájaros grises sustituye al de las crueles balas de plomo, dispuestas a entrar por la ventana y derramar los sesos de un niño incapaz de esconderse a tiempo bajo la cama. En el aire, para el espectador y algunos de los protagonistas, flota una doble pregunta inquietante: ¿Hay que aceptar esas bajas de una parte de la sociedad para garantizar el bienestar de la otra, mayoritaria? O planteada de otra manera, si no se pueden evitar determinados problemas y realidades, por mucho que atenten contra la conciencia y el corazón, ¿se puede condenar al conjunto de la sociedad a padecer sus efectos? En todo caso, el buen policía acepta ese desafío a sí mismo y prueba, con el desconocimiento inicial de sus jefes y la utilización final de su éxito contra la delincuencia y su fracaso estético, que le cuesta el puesto. Nadie con un ápice de sentido común, de aceptación de la compleja y dramática coexistencia en un mismo ecosistema de un montón de realidades distintas puede esperar que, al aceptar que tu terreno son los charcos, no salpique el barro a la camisa. Sólo un cínico y un hipócrita puede exigir, por ejemplo, que en la lucha antiterrorista todo se ciña a un guión angelical y garantista que haría simplemente inviable la gestión del problema: no vale todo, desde luego, pero no puede arramblar sin más contra todo aquel que bordee los límites e incluso los exceda. En dónde esté la frontera, en cuán ancha o estrecha se perciba, reside la diferencia entre el abuso y la eficacia: matar a un terrorista con mercenarios es intolerable; pactar con ellos una tregua defendible, ¿y avisarles de una redada policial para preservar un bien mayor, la esperanza de una paz duradera? Esto último, en lo sustantivo, es el ‘Caso Faisán’, más allá del lamentable ruido que genera a un lado y otro de una trinchera que empieza a parecer una tumba de cerebros degradados, carnes macilentas y páncreas resistentes a la segregación de bilis en masa: no todos los argumentos que maneja el PP son tolerables, como tampoco lo son todos los que utiliza el PSOE con Camps. En esa dialéctica inversa, que no deja resquicio a la duda y cobija el exceso propio con la misma resistencia tontuna con la que ataca al agravio ajeno; reside una parte del enorme problema ético de este país: no cuenta lo que se hace, sólo quién lo hace. Un camino hubiera sido mezclar comprensión y condena emulando un poco al noble, aunque equivocado, comisario de Baltimore: lo triste de Zapatero, o de Rubalcaba –y cambien de personas, de partido y de sucesos- no es que acepten vivir y gobernar en esa delgada líneas roja de Malick; sino que jamás, cuando se sabe que la han pisado, tengan el valor, la decencia, el respeto y la clase de aceptarlo, defenderlo… y pagarlo. Casi todo se puede entender; pero hay cosas que no se deben perdonar cuando se saben para que el siguiente comisario pueda volver a las barriadas.  
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