Zapatero y Rajoy: Las listas y la democracia orgánica
martes 20 de noviembre de 2007, 16:38h
Actualizado: 30 de noviembre de 2007, 14:39h
La muerte del general que durante 40 años nos jodió la vida -el mismo al que ahora recuerdan sus fanáticos seguidores y al que muchos deseamos un eterno descanso después de tanto crimen y desenfreno a la hora de suprimirnos cualquier acceso a la libertad-, dio paso a la democracia y al derecho al voto. Los ciudadanos que, por primera vez, acudían a los colegios electorales en aquellos años 70 caminaban con gran ilusión y lo hacían con paso firme y decidido porque sabían que dejaban atrás el gran invento de Franco para limpiar su imagen, y la de su régimen de dictadura analfabeta y represiva, ante las potencias occidentales. Lo llamó democracia orgánica y consistía en que unos pocos decidían por todos. Este tipo de organización política, impuesta por un dictador para parecer otra cosa, condiciona el ejercicio de cualquier derecho individual a las decisiones tomadas en órganos como la familia, el municipio, el sindicato o la Iglesia. Eso pasó y la Constitución recogió nuestros derechos y deberes y fijó el sistema democrático como método de elección de representantes ciudadanos en los ayuntamientos, parlamentos nacionales y asambleas autonómicas.
La limpieza y la transparencia ya no son elementos de debate y confrontación partidaria a la hora de elegir diputados o concejales, pero ¿cómo se decide su elección dentro de sus formaciones? La Carta Magna recoge, refiriéndose a los partidos políticos, en un artículo que sigue sin desarrollar, que “su estructura y su funcionamiento deberán ser democráticos”. Parece ser que la democracia en los partidos no es como la democracia en la sociedad y muchos no entienden que, si elegimos democráticamente a la persona que nos gobierna, también queremos que el designado para representarnos lo sea a través de métodos democráticos. Pensando en los comicios de marzo de 2008, ahora que los órganos de los partidos políticos anuncian quienes serán los primeros del PSOE, PP e IU en las grandes capitales de España, Gaspar Llamazares es el único aspirante a la Presidencia del Gobierno que, hasta la fecha, puede alardear de candidato democráticamente elegido. Aunque todavía no hay mucha seguridad de que los censos contengan realmente el listado de afiliados y no sean en verdad la sección de engorde de las distintas familias políticas que conviven en IU, nada se puede objetar al que ha salido triunfador en una primarias.
El resto, los aspirantes del PP y del PSOE, Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero, nombrados por los órganos de sus partidos, rivalizan entre ellos con la intención de deslumbrar al contrario y a al propio anunciando, en el caso del mago de la Z, nombres de ministros a los que colocará al frente de candidaturas de ciudades como Murcia (Bermejo), Cádiz (Rubalcaba), Alicante (Bernat Soria) o Valencia (Fernández de la Vega). El aspirante del PP le sigue la estela y con calma adelanta que puede contar, o no, con Gallardón, Zaplana, Mayor Oreja, Rato u otros líderes de rostro popular. Mientras esto sucede, se olvidan, y nos olvidamos, de lo que pasará por la cabeza del afiliado del PP de Ciudad Real cuando se entere que la democracia que le permite elegir y ser elegido queda aparcada, por intereses generales del general que manda en la formación, y se implanta la democracia del órgano ejecutivo del partido. Y si nos ponemos en el lugar de los afiliados del PSOE en los pueblos elegidos por Zapatero para que aterricen sus aviadores más diestros, seguro que se acuerdan de la democracia que exigen al contrario y de la que tanto presumen ante el auditorio de turno.
Ahora que hasta la Iglesia pide perdón por lo de Franco, estaría feo presumir de democracia orgánica dentro de los partidos, aunque los órganos que deciden tengan las mejores intenciones a la hora de colocar a dedo a sus mejores. Es la diferencia entre una Ejecutiva de un partido y un Consejo de Administración. A la primera se debería llegar democráticamente y a lo segundo, por tus conocimientos y relaciones con el jefe.