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Alfonso Guerra homenajea a Adolfo Suarez

viernes 01 de abril de 2016, 09:38h

Si acabara de llegar a España después de muchos años de ausencia y leyese semejante titular, pensaría que es una inocentada o que el columnista había perdido la razón. Adolfo Suarez fue el gran protagonista de la transición española y uno de los personajes menos reconocidos en activo. Denostado por los políticos del régimen franquista que lo consideraron un traidor y por los demócratas que habían estado en la oposición al franquismo, al que tachaban de aprendiz de demócrata y pseudoconverso a los nuevos tiempos, aunque con escasa convicción sobre un régimen participativo.

El pasado día 30 de abril se ha celebrado en el palacio de Godoy, sede del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales antiguo Instituto de Estudios Políticos del franquismo, un homenaje a la figura del desaparecido Adolfo Suarez. Fue él quien encargó al profesor de Historia de las Ideas Políticas, Fernando Prieto, su primer director, la transformación del antiguo instituto franquista, en un centro de análisis politológicos encargado de preparar la democracia. Este mismo centro en el tiempo del gobierno de Felipe González, tuvo como director al catedrático Elías Díaz, discípulo aventajado del profesor Tierno Galván y colaborador en su juventud de otros dos insignes catedráticos represaliados por el franquismo junto al mencionado Tierno, como eran José Luis López Aranguren y Joaquín Ruiz-Giménez con quien fue cofundador de Cuadernos para el Diálogo un referente de la prensa del momento donde se fraguó una importante escuela de periodistas y articulistas opuestos al franquismo. También fue director de la revista Sistema (desde su fundación en 1973), vinculada al Partido Socialista Obrero Español y cuya Fundación está presidida por Alfonso Guerra. Sirva esta introducción para apostillar que el marco donde se rindió el homenaje, era el adecuado para unir a ambos políticos en este acto.

Alfonso Guerra rindió un público homenaje al fallecido ex presidente. Hablo sobre la importancia que tuvo la palabra consenso en el tiempo de la transición y la definió como la renuncia de todos los partidos con respecto a sus premisas y postulados originales, pues cuando se trata de reinstaurar la democracia después de la larga noche de la dictadura, todos tenían que renunciar a algo, para conseguir parcialmente el todo y quedasen satisfechos, aunque no saciados en sus aspiraciones. La relación de fuerzas, no permitía otra cosa, y menos se quería dar ejemplo de enfrentamiento, lo cual daría alas a los franquistas latentes, que eran muchos y muy poderosos, pues controlaban entre otras cosas, el ejército. Nunca se acepto por los sectores más reaccionarios, le legalización del Partido Comunista de España (PCE) un Jueves santo en plena diáspora vacacional y con el país anestesiado por la noticia, que no sabía si esta noticia les llevaría a echarse a la calle a celebrarlo, o ir a los cuarteles a por los fusiles como muchos nostálgicos querían. La gran habilidad de Santiago Carrillo, entonces Secretario General del PCE presentándose ante los medios en una rueda de prensa escoltado por la bandera roja de la hoz y el martillo y la bandera oficial de España al lado, definía lo que podía ser la antesala de ese nuevo tiempo político en el que estaba todo por hacer y hacerlo con mucho tino.

Alfonso Guerra, aquel que durante el periodo que fue desde las primeras elecciones del 15 de junio de 1977 hasta la dimisión de Suarez aquel 29 de enero de 1981 fue el verdadero azote del político de Cebreros, al que llegó a calificar de tahúr del Misisipi e inclusive lo comparo con el General Pavía en su golpe de estado en tiempos de la Primera Republica, no paro en sus criticas hasta la victoria electoral del PSOE el 28 de octubre de 1982. Pero fue precisamente la dimisión de Suarez, su manera de actuar durante el intento de golpe de estado del 23-F protagonizado por Tejero y sobre todo su visión con la perspectiva histórica de la llegada de los socialistas al poder, lo que produjo el acercamiento entre ambos políticos sin cuya participación, no se hubiese entendido la transición, tal y como fue. Según relata el periodista Abel Hernández, lo que desencadenó la dimisión de Suárez fue una tensa reunión, que él consideró una encerrona, con generales en Zarzuela. Aquel día, los militares entraron sin llamar en Zarzuela. El Rey se encontraba de cacería en aquel momento (entonces no se rompía la cadera), y ante la gravedad de la situación, decidió regresar. Llamó de inmediato a Suárez y lo dejó a solas con los mandos militares. La reunión fue tremendamente tensa e intimidatoria por parte de los generales y fue cuando Suárez, se dio cuenta de que había perdido la confianza del Rey y por tanto no tenía sentido continuar.

Relató Guerra, una entrevista que tuvo con Suarez once meses después de la dimisión como uno de los momentos donde se fue fortaleciendo la amistad entre ambos. En dicho encuentro, el político sevillano le pregunto los motivos de su salida, a lo cual le respondió con un lacónico “me han dejado solo” y con su sorna habitual apostilló “y no encuentro por ningún lado, la erótica del poder”. Esto era una evidencia, pues a la ya descrita soledad en la que le había dejado el Rey Juan Carlos, se sumaba la fuga masiva y desintegración del aquella gran coalición de centro, posteriormente convertida en partido político como era la Unión de Centro Democrático (UCD), donde unos se acercaban a la entonces Alianza Popular, otros como Francisco Fernández Ordoñez al PSOE y todos al unísono renegaban de aquel líder que les llevo a la victoria e inventó el centro como una nueva opción política.

También hablo Guerra de la bonhomía de Suarez, cuando fue capaz de nombrar ministro de cultura al historiador franquista Ricardo de la Cierva, aquel que fue capaz de defender que la dictadura había sido, casi en la práctica, un régimen democrático. A De la Cierva se le recodara siempre por un artículo publicado el 8 de julio de 1976 en el diario El País con un título que ha servido como latiguillo para situaciones parecidas, en la política o en otros ámbitos de la vida: "Qué error, que inmenso error", que aseguraba el historiador, en referencia precisamente al nombramiento por el Rey de Adolfo Suarez como presidente del Gobierno.

Pero uno de los episodios más entrañables del homenaje, fue cuando Guerra relataba un emotivo encuentro con Suarez en la casa de éste. El socialista hombre metódico, tiene la costumbre de anotar aquellos encuentros que tienen un elemento diferenciador por el motivo que corresponda y en este caso, después de hablar con Suarez, quiso inmortalizar la fecha en la agenda de su vida, pues intuyó que era importante. Fue el 10 de abril de 2002 y como otras tantas veces, se vieron ambos para saber de sus vidas. En un momento determinado, Guerra le preguntó para cuando tenía previsto publicar sus memorias, algo que hubiese sido un documento de máximo interés histórico, a lo que Suarez le respondió “no lo haré nunca, porque la estoy perdiendo”. Alfonso Guerra no le dio excesiva importancia al comentario y pensó que era más bien una forma de eludir la respuesta, sin embargo, aquello era el comienzo de la cruel enfermedad que pronto dejaría sin pasado a uno de los personajes más importantes de la política española reciente. Guerra se lamentó de no darse cuenta de lo que se avecinaba y así lo relató con especial sentimiento y emoción.

Quería dejar constancia de este acto tan importante y humano al que tuve el honor de asistir. Era curioso ver como Alfonso Guerra, hombre de verbo fácil y maestro de la improvisación, llevaba su discurso escrito y leyó desde la primera a la última palabra con ese tono afable que su acento andaluz le facilita, pues no quería dejar a la improvisación ningún episodio. La interminable ovación final por tan bello relato sobre el adversario convertido en amigo ante un auditorio donde estaban presentes políticos de todas las ideologías, demostró una vez más la grandeza del ser humano y la importancia de la amistad por encima de partidismos.

¡Gracias Alfonso! Puedo asegurar y aseguro, que Adolfo también te estaba aplaudiendo.

JOSE JOAQUIN FLECHOSO

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