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Vejez prematura

jueves 29 de diciembre de 2016, 10:49h

Los partidos políticos españoles pasaron el año 2016 entretenidos con el juego de formar gobierno, consistente en poner dificultades a que gobernase el partido más votado. La imposibilidad de formar coaliciones constitucionalistas, característica española difícilmente comprensible fuera de nuestras fronteras, redujo el problema a retardar la investidura de Rajoy. Para solucionar este asunto fue necesario hacer saltar por los aires al inefable político Pedro Sánchez, autor del descubrimiento político de la teoría del “no es no”. Fue un ímprobo esfuerzo del Partido Socialista liberarse del peso de tal simpleza.

Superada esta situación, las fuerzas políticas en liza volvieron a sus entretenimientos habituales. El PSOE, ante la perspectiva de un congreso nacional, ha empezado a removerse contra el ascenso natural de Susana Díaz, único personaje que cuenta con una base de suficiente proyección geográfica y demográfica, paseando el cadáver insepulto de Pedro Sánchez y despertando la ambición adormecida de Patxi López. El viejo partido del viejo Pablo Iglesias parece que le cuesta liberarse de sus fracasos pasados y tomar el camino lógico de la unidad del Estado y de la lealtad al sistema. Es de suponer que el PSOE superará el complejo de fracaso y salvará su tesitura sin caer en las excentricidades de partidos decrépitos. Se recuperará y se regenerará con más o menos tiempo.

Al Partido Popular le tocó la responsabilidad de gobernar sin mayoría suficiente ni apoyos leales. Su tarea es un continuo equilibrio de pactos y concesiones que le impide cumplir con un ideario propio ni ocuparse en depurarse o rejuvenecerse. Lo suyo es salvar la economía y la seguridad del patrimonio común de los españoles a costa de renuncias y pérdidas de popularidad. Sucede, por ello, que todo criterio distinto al del equipo comprometido con la negociación cotidiana suena como disidencia. Cada vez que Aznar tose carraspea todo el equipo de gobierno. Es inevitable porque el Partido Popular no es solo una balsa salvavidas para pasar una crisis sino la configuración histórica del centro-derecha español con sus principios y sus objetivos a mantener a largo plazo, antes y después de las difíciles circunstancias actuales. Los gobernantes tienen que asumir que su sacrificada misión coyuntural puede quemarlos pero el partido al que pertenecen no puede consumirse en su totalidad con ellos. Por ello las tensiones ideológicas en el PP podrán ser aliviadas en un futuro de identificación consigo mismo.

Muy distinto es el caso del conglomerado titulado Podemos que, apenas nacido a la vida institucional, da los síntomas de un envejecimiento prematuro. No existe en sus querellas un debate ideológico razonado sino una vulgar pelea entre el uno y el dos del escalafón. Sin justificación alguna, ni la sustitución de un liderazgo fracasado como el de Sánchez, ni el condicionamiento de Rajoy para gestionar la administración pública sin mayorías, el conglomerado de Podemos se demuestra incapaz de sacar partido a la presencia que ostentan en el Congreso gracias a un tiempo de indignación ciudadana que no volverá a repetirse.

Mientras el PP gobierna lo mejor que le dejan y el PSOE saca rédito a cada pacto disimulado con el PP, Podemos no hace otra cosa que una parodia de la política ante cualquier cámara de televisión que se les ponga a tiro. Los podemitas no tienen que sustituir a una dirección frustrada como los socialistas. Tampoco tienen responsabilidades de gobierno que les obliguen a negociar lo innegociable, como le sucede al PP. Ellos se cuecen en su propia salsa con una ridícula feria de las vanidades. Se manifiestan cada día como una parodia de revolucionarios de pacotilla que provoca hartazgo y desconfianza. Iglesias y Errejón parecen como el policía malo y el bueno de los interrogatorios. Solo se diferencian en que uno pide perdón delante de una guitarra y el otro pone cara de fraile novicio. Sin orden ni concierto, tanto en el Congreso como en los Ayuntamientos, aparecen como unos viejos prematuros enzarzados en discusiones repetitivas. A su lado el PP y el PSOE parecen rejuvenecer por contraste. A ambos se les entrevén las luces de un futuro más auténtico entre las nieblas del presente. Podemos parece entretenido en el viejo juego parapolítico de quitar a los tuyos para poner a los míos o viceversa. Querellas por el priorato de la cofradía. Un viejo sainete para políticos desocupados de la verdadera política.

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