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¿Ideas, libertades y legitimidades?

viernes 04 de agosto de 2017, 11:46h
Lo malo no son las ideologías, sino las militancias ciegas, a prueba de bomba. Ya sabemos lo difícil que es encontrar la verdad, más aún la verdad política, pero cuando se está permanentemente predispuesto a decir amén a cualquier postura o actitud que provenga de “los míos”, ¡apaga y vámonos!

Esa es la postura política de militantes fanáticos de izquierdas o de derechas cuando alguien opina en contra del dogma, que es en lo que acaba convirtiéndose cuanto defiende el líder, la ejecutiva o el aparato del partido. Esa -creo yo- es más una postura de integrismo religioso, y del peor, que de un análisis racional que, teóricamente, es lo que debiera regir en el análisis político.

Alguien tan determinante en la construcción de las democracias modernas -al menos hasta hace cuatro días- como Montesquieu escribía que “La democracia debe guardarse de dos excesos: el espíritu de desigualdad, que la conduce a la aristocracia, y el espíritu de igualdad extrema, que la conduce al despotismo”.

Venezuela

Un ejemplo ilustrativo de la segunda parte de la afirmación de Montesquieu puede verse en cuanto está sucediendo estos últimos meses en Venezuela, es decir, la culminación de un proceso que comenzó con el populismo bolivariano de Chaves y que Maduro ha llevado hasta las últimas consecuencias con una cara dura impresionante, que ha culminado en un penúltimo episodio, el encaminado a la construcción de una Asamblea Constituyente que lo perpetúe en el poder. La verborrea de Maduro y su cinismo de academia lo llevan a hacer pomposas declaraciones sin complejo alguno sobre la libertad y la democracia popular -podemos verlo cada día-, para hacer a renglón seguido justamente lo contrario de cuanto proclama, utilizando incluso el aparato del Estado para maniatar a la oposición democrática, legítimamente mayoritaria en la Asamblea Nacional. Las detenciones -más bien “secuestros”, como los calificó inmediatamente el expresidente español Felipe González- del líder de la oposición Leopoldo López y de Antonio Ledezma, exalcalde de Caracas, son la prueba del nueve de cuanto digo. Para Maduro, como para todos los déspotas, todo vale para alcanzar el fin supremo de mantener el poder absoluto.

Opinar así, desde la más absoluta independencia política, seguro que ha llevado ya a algunos a concluir que quien habla es un facha redomado.Si, al mismo tiempo, digo que en la democracia española hemos llegado ya a una situación de deterioro tal que los partidos políticos han perdido cualquier tipo de credibilidad (unos por hacer de la corrupción su norma de juego; otros por aprovecharse irresponsablemente de la situación y prometer cosas absolutamente irrealizables…), unos segundos me colocarán la etiqueta de fatalista, utópico o directamente de loco. La independencia, el pensamiento libre llevan aparejadas estas servidumbres…

¿Es que uno no puede criticar, incluso, los usos o los abusos de aquellos de quienes puede estar más próximo ideológicamente? En este país, al menos, desde luego que no. Basta con opinar de forma distinta a la acuñada por un partido determinado para que, a partir de ahí, te nieguen el saludo, te den la espalda y te lluevan las descalificaciones y los adjetivos que serán de todo, menos cariñosos.

¡Cuántas veces recuerdo a André Gide! Hace ya mucho tiempo, leí una idea suya que, desde el principio hice tambiénmía: “Cree a aquellos que buscan la verdad, duda de los que la han encontrado”.
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