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Cataluña: empate sociopolítico en una ciudadanía de baja calidad

jueves 23 de noviembre de 2017, 10:02h

Como era previsible, todas las encuestas apuntan al hecho de que el empate sociopolítico continúa en Cataluña, aunque también reflejan que va a existir una cuña electoral: Comú-Podem, la marca de Podemos (especialmente en Barcelona). Cierto, al tándem de Iglesias y Domenech no les convence mucho enfrentarse en un futuro a la necesidad de tener que elegir entre independentistas y constitucionalistas. Por eso tratan de esquivar el problema por anticipado: “no queremos ser árbitro entre dos polaridades”, ha dicho Domenech. El problema que se les presenta es que la equidistancia se termina el 22 de diciembre, cuando tengan que apoyar la constitución de un gobierno de unos o de otros. Cierto, ellos preferían conseguir un gran apoyo electoral en Cataluña para ser quienes finalmente formaran el govern, pero eso también sería difícil sin el apoyo de unos o de otros. En pocas palabras, no lo tienen facil para evitar el precio electoral que esa equidistancia le está costando a Podemos en el resto de España.

Pero regresando al problema sociopolítico de fondo, desafortunadamente las encuestas reflejan que el empate entre el bloque independentista y el constitucionalista se mantiene. Por cierto, aunque me produzca una cierta vergüenza, voy a explicar porque el término “constitucionalista”, criticado con frecuencia, tiene completa validez. La diferencia entre constitucional y constitucionalista es que el primer vocablo alude a una situación respecto del sistema político, mientras el segundo alude a una determinación volitiva, de intención. Constitucionales son todos los partidos que operan en un sistema político que se rige por una carta magna, mientras constitucionalistas son aquellos que manifiestan explícitamente acatar y defender la constitución vigente. Por eso, PP, PSOE y Ciudadanos son constitucionalistas y ERC o la CUP no lo son.

Ahora bien, la lectura del empate sociopolítico también puede leerse desde un análisis de la calidad de la ciudadanía en Cataluña. Como he venido señalando, algunos autores hemos propuesto un método para examinar los diferentes comportamientos que puede presentar la ciudadanía dentro de un sistema político democrático y desde ahí estimar la calidad de la ciudadanía (ver mi artículo en Claves de la Razón Práctica del mes de octubre). Hemos señalado que cabe distinguir en un triángulo actitudinal la ciudadanía formal (personas que no se asumen claramente como sujetos de derechos, que no siguen ni les interesa la política), su contrario, la ciudadanía activa (aquella que está participando regularmente en la cosa pública, con frecuencia como minorías activas), y en el tercer vértice del triángulo, la ciudadanía sustantiva (gente que se siente sujeto de derechos, entiende y respecta las reglas del juego democrático, pero no participa activamente en política de manera frecuente, a menos que exista una situación grave que lo exija).

La aplicación de esta lectura a un determinado contexto, muestra que una ciudadanía de baja calidad corresponde a aquellos países donde la ciudadanía sustantiva es reducida, porque la ciudadanía formal es muy amplia, incluso en los casos donde la ciudadanía activa ha crecido. De hecho, esa situación (débil ciudadanía sustantiva y crecimiento de la activa) es la que caracteriza los países que se han sumido en el populismo en América Latina. Adelanto que la democracia se asienta mejor donde hay una ciudadanía formal reducida, y crece la ciudadanía activa, pero sobre la base de una ciudanía sustantiva amplia y consolidada. Esa lectura es lo que me permitió vaticinar que la opción populista no tendría éxito en Holanda.

Pues bien, si aplicamos ese enfoque a la crisis catalana, el resultado que obtenemos es el siguiente: una amplia ciudadanía formal que no le interesaba, por diversas razones (desapego a la política, origen migratorio, entre otros) la evolución de la política catalana; por otra parte, una ciudadanía activa creciente orientada hacia el nacionalismo, espoleada desde los líderes políticos independentistas, y, además, una ciudadanía sustantiva restringida y constreñida por los dos comportamientos ciudadanos antes mencionados.

Vale la pena describir las características propias de esos tres tipos de ciudadanía en Cataluña. En primer lugar, no creo que sea correcta la versión que identifica a la ciudadanía formal con “una mayoría silenciosa silenciada”, como dicen los representantes del PP. En muchos países europeos, dentro de la mayoría silenciosa puede encontrarse mucha ciudadanía formal, pero también bastante ciudadanía sustantiva, que aunque sea poco activa asume sus derechos y sigue la política. No es el caso de Cataluña. En esa tierra, hay una enorme ciudadanía formal, que sólo ha reaccionado ante la crisis en el último minuto, cuando ha tenido miedo de ser afectada personalmente, sin que le importara un bledo el respeto o no de las reglas del juego democrático.

En el extremo opuesto, tampoco creo que el crecimiento de la ciudadanía activa soberanista pueda entenderse como un aumento de la calidad de la ciudadanía. Entre otras razones, porque para que eso tenga lugar, el crecimiento de la activación sociopolítica debe darse desde el interior de la ciudadanía sustantiva. Y ese tampoco ha sido el caso de Cataluña. El activismo soberanista ha tragado mentiras y trampas democráticas como catedrales, que hoy, a toro pasado, provocan vergüenza ajena. Comenzando por el simple hecho de que una ciudadanía que respeta las reglas del juego jamás aceptaría que pueda decidirse en el Parlament un asunto tan decisivo como la independencia sin contar con una mayoría cualificada que la apoye. Es decir, parece innegable que una ciudadanía activa que no respeta las reglas del juego es lo que corresponde no tanto a una ciudadanía de calidad sino a un clásico movimiento populista.

Entonces ¿dónde puede identificarse a la ciudadanía sustantiva en Cataluña? Pues tampoco es tan difícil de localizar. Una buena parte se encuentra en los entornos de los partidos constitucionalistas en Cataluña y otra parte entre quienes adoptaron una posición reticente y pasiva durante mucho tiempo. Esa gente que reconocía el irrespeto de las reglas del juego por parte de los independentistas, pero que no se atrevían a expresarse, sobre todo públicamente, a contracorriente del activismo soberanista (quizás hasta el 8 de octubre, cuando finalmente decidieron expresarse masivamente en Barcelona). Y creo que la gente de Unió Democrática de Catalunya es un buen ejemplo político de lo que digo.

En suma, la conclusión general me parece clara: si en Cataluña se ha mantenido una enorme ciudadanía formal y ha crecido una ciudadanía activa no sustantiva, ello califica al comportamiento ciudadano en Cataluña no precisamente como de alta calidad, sino asociado a aquella ciudadanía que, por razones identitarias o de otro tipo, se corresponde comúnmente con los procesos populistas.

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