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Personaje del año

Personaje del año

Sin lugar a dudas, la personalidad  m á s destacada del año 2007, que pudo darle voz y coherencia ética a un clamor nacional, fue el cardenal Castillo Lara. En vida habló claramente, sin calcular los peligros o tomar en consideración riesgos hacia su persona o a la Iglesia, sobre el significado de una concentración del poder en una persona o grupo político. Y ese fue el tema de este año que culmina, ningún otro, tanto para el gobierno como para la oposición.

El doble discurso presidencial, que presenciamos continuamente, no fue tolerado por Su Eminencia. Lo reconocimos esta semana cuando Miraflores aprovechó la Navidad para anunciar buenas nuevas a las familias de los secuestrados colombianos, pero mantuvo su silencio cómplice frente a los plagios en Venezuela. La Iglesia no incita a una acción política específica, confesó en una entrevista concedida a Roberto Giusti, publicada en un libro extraordinario: Memorias inconclusas del Cardenal Rosalio Castillo Lara (Edit. Libros Marcados, 2007), pero sí está en el deber de expresar su opinión cuando presencia la violación de principios fundamentales de la vida y la verdad.

Le escuché decir a Juan José Molina que la inseguridad del campo era una estrategia política del gobierno para mantener en jaque a grupos económicos con posible capacidad para articular movimientos políticos enfrentados al socialismo. Leímos también las declaraciones del general Henry Rangel Silva, jefe de la Disip: Este año cerrará con un crecimiento en las cifras de secuestros superior a 65% con respecto a 2006. Las estadísticas del Ministerio de Relaciones Interiores y Justicia reportan 382 plagios entre el 1° de enero al 20 de diciembre del presente año. Recordemos que la cifra promedio entre 1994 y 2000 era de 55 plagios al año. Hablamos entonces de un aumento de casi 700% en relación al como era Venezuela antes de asumir Chávez la Presidencia.

Pedro Carreño remató el informe del general, utilizándolo para argumentar que las cifras del gobierno echaban por tierra la matriz de opinión que vincula el desabastecimiento crónico que padecemos con el incremento de los plagios en el sector rural. Uno puede y debe aprender del Cardenal, en primer lugar para superar la fase de indignación, esa primera respuesta prepolítica sin mayores consecuencias, pero muchas veces necesaria para crear orden en esta borrachera de consumo que promete un ratón considerable.

Sobran las razones para que lo recordemos como el Hombre del Año 2007, empezando por su legado espiritual y por la trascendencia de su obra.

Presidió la Comisión para la Revisión del Código de Derecho Canónico, un trabajo colosal que involucró a centenares de personas en todo el planeta y le dio a la Iglesia el documento que norma su rol en el mundo contemporáneo, a la luz del Evangelio. Luego asumió la Presidencia de la Administración del Patrimonio de la Santa Sede Apostólica, una responsabilidad que lo llevó a controlar la remuneración y el bienestar de las miles de personas que trabajaban en el Vaticano, así como de sus inmuebles; pero también de las inversiones que le permiten realizar su labor, para lo cual formó un equipo con los mejores banqueros y especialistas de finanzas del mundo. Pero era un hombre humilde, que se hizo salesiano para ser docente de la juventud venezolana. Si fue enviado al extranjero y llamado a cargos cada vez más importantes, fue por su inteligencia, disciplina y capacidad de trabajo. Casi nunca hizo lo que quería, le confesó a Giusti, siempre obedeció instrucciones, pero en el fondo fue mejor así.

Ricardo Bello
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