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Pakistán, el enroque imposible

Pakistán, el enroque imposible

En ajedrez hay pocos momentos tan críticos como el de la pérdida de la reina. A mí me ocurre, he de confesar, con no poca frecuencia, pero asumo que la estrategia de las blancas y las negras nunca ha sido mi fuerte. Con todo, gracias a ello cuento con la impagable experiencia del perdedor. Así, puedo afirmar que, caída la dama, el jugador damnificado queda en una obvia posición de debilidad y se ve obligado a reestructurar su estrategia bajo la inquietante amenaza del péndulo. Con el baile del minutero todo se torna oscuro, complicado, y he aquí que tras la reina normalmente claudica el rey. Entonces termina el juego.

    En el tablero de Pakistán ha caído la dama Benazir. La ex primera ministra Bhutto deja un legado ambiguo, un camino flanqueado por luces y esperanzas, pero también por sombrías acusaciones de corrupción que lastraron sus dos anteriores mandatos y salpicaron a su propio marido, Asif Ali Zardari, encarcelado en los años 90 y que ahora sucederá a Bhutto al frente de la candidatura del Partido del Pueblo de Pakistán (PPP) en las elecciones que el 8 de enero celebrará el régimen de Islamabad.

    Pero más allá de su pasado político, lo relevante de Benazir se encuentra –o se encontraba– en su futuro. El valor de Bhutto para el pueblo paquistaní era enorme. Suponía una promesa de cambio, de transición desde la dictadura militar del general-presidente Pervez Musharraf hacia, quizá, un ejemplo de modernidad oriental que aglutinara democracia y respeto a los derechos humanos con unas señas de identidad propias, basadas en la cultura musulmana y en el legado histórico y cultural del universo asiático.

    Sin embargo, los paquistaníes no eran los únicos que movían con las fichas de Benazir. Con el baño de sangre de Rawalpindi, Estados Unidos ve cercenada la baza principal de su estrategia para democratizar el avispero que se extiende desde Palestina hasta India. El plan de transición de Pakistán, estratégicamente preparado desde Washington a través de una serie de acuerdos entre Musharraf, aliado fundamental de George W. Bush en su particular ‘Guerra contra el Terror’, y Bhutto, incluía a ambas figuras, tanto la de la líder asesinada como la del actual presidente. La primera habría sido, casi con total seguridad, elegida primera ministra el 8 de enero, y hubiera supuesto la cara pro-Occidental del régimen, una brisa de cambio, democracia y derechos humanos en una región convulsa y violenta. El segundo hubiera permanecido como presidente, aceptando el cambio tranquilo de Bhutto y actuando como garante de moderación del ejército y de los servicios secretos paquistaníes.

    Con la muerte de Benazir, la estrategia del gabinete de Bush se ha venido abajo. Los apoyos de Musharraf vacilan, se retiran, y en Karachi, Lahore o Hyderabad, los partidarios de Bhutto encabezan acciones violentas y acusan al presidente de pasividad o, incluso, de complicidad en la muerte de la candidata. También la Casa Blanca se pregunta si sus planes deben seguir ligados al actual presidente. Sus alternativas, sin embargo, son escasas. Si Estados Unidos deja solo al dictador Musharraf, lo más probable es que su cabeza, tras la de Bhutto, sea la próxima en rodar. Existe un alto riesgo de que, entonces, Pakistán se convierta en un caos político de 160 millones de personas y capacidad nuclear suficiente como para desencadenar un desastre de escala global.

    Es en este contexto de confusión, de fallo general de las instituciones políticas y de pérdida de la legitimidad política y del monopolio de la violencia legítima por parte del Estado donde pueden surgir fuerzas disgregadoras y donde más fácilmente puede echar raíces el radicalismo religioso antioccidental, presente desde hace tiempo en la frontera entre Afganistán y Pakistán.

    La estupefacción es general. Nadie sabe lo que va a ocurrir, pero el mundo observa. El alfil Musharraf está cercado. Estados Unidos ha perdido a sus peones. En el tablero de Pakistán, sus propios ciudadanos son el rey. Sin la figura de Benazir, es posible que sólo sea cuestión de tiempo el que la totalidad del Estado se precipite también al abismo. El 8 de enero podrá darnos pistas sobre cómo acabará el juego. Por ahora sólo podemos continuar la partida. La reina ha caído. Alea jacta est.

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