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El cucurucho

miércoles 19 de agosto de 2020, 10:26h

El saber, dice Giner de los Ríos, es un grado de plenitud del conocimiento, la certeza de lo que se ve con los ojos del espíritu, o con los del cuerpo”. Los ojos del espíritu le permiten al Principito ver lo esencial, lo que queda más allá de las apariencias y por encima de las opiniones e ideologías.

El saber, en su origen, era una habilidad sagrada, reservada a los mistagogos, augures y sacerdotes. Los brahmanes compiten en jatavidya, sobre el conocimiento de los orígenes. Y, dentro de nuestra civilización, los sofistas le daban al saber el mismo sentido lúdico, de competición, para ver quién sabía más, o expresaba mejor sus conocimientos.

Hoy, ante una sociedad tan compleja y sofisticada como la nuestra, adquirir el saber es una necesidad que impone un esfuerzo largo en el tiempo, de disciplina intensa de la atención, dedicación a la tarea de aprender y renuncias a la dispersión nihilista y al despiste ocasional. Quien no está dispuesto a rendir ese tributo, quedará relegado a la marginación y a pordiosear la compasión ajena, aunque se revista de derecho otorgado.

Pese a los tres millones de funcionarios con que cuenta el Estado mastodóntico español, como quiera que la ministra Celáa está de vacaciones, todavía no sabemos si el curso va a empezar de forma presencial, o si lo hará teledirigido, ni siquiera la fecha está asegurada. Naturalmente, otros detalles más concretos sobre becas, transporte, etc., son ignorados, igualmente.

En cambio, en Alemania, ya ha empezado el curso escolar para los niños que aquí llamamos de Primaria. Ayer, lunes 17 de agosto, por la tarde, tuvieron un primer contacto con quien va ser su profesor, o profesora, titular y el sustituyente en caso de baja del titular. Ambos recibieron a sus nuevos alumnos, que debían llevar los libros que les acompañaran durante el curso. Son niños de seis años, que conocen las letras, pero aún no saben leer y conocen los números, y apenas saben sumar. Han tenido un curso puente, entre la guardería y la escuela primaria. Los alemanes saben que lo importante es que el cerebro del niño madure, antes de exigirle que rinda.

Como los ojos del cuerpo también adquieren saber, les narro lo ocurrido hoy, martes 18 de agosto, a las 9 de la mañana: el director ha recibido a los nuevos alumnos, junto al claustro de profesores y sus compañeros mayores, los veteranos. El director ha ido nombrando, uno por uno, a cada alumno que se incorpora, dándoles la bienvenida. Cada niño, además de su mascarilla y su mochila, portaba un gigantesco cucurucho (Schultüte) cargado de golosinas para repartir, lápices de colores, ceras y otras sorpresas. Tras ser recibido, el alumno se colocaba en fila, hasta que el director ha concluido la lista. Entonces, los veteranos han entonado el himno de la escuela, que todo el mundo ha escuchado en silencio y con postura de respeto. A continuación, los veteranos han hecho pasillo a los nuevos, protagonistas del día, agitando pañuelos a su paso.

El acto ha terminado con una toma de contacto entre el profesorado y los padres. Por razón de la pandemia, se ha suprimido el rito religioso habitual de otros años y la comida de confraternidad. ¡Lástima!

En los próximos días, casi de madrugada, porque las clases comienzan a las 7.30´de la mañana, los alumnos recién llegados podrán elegir un mentor entre sus compañeros del último curso del ciclo, los del pasillo. Este guía estará a su disposición para informarle y ayudarle en lo que necesite, aunque sea jugar.

La ratio de las clases es de 20 alumnos por aula y profesor. En clase, los alumnos no llevarán la mascarilla, que será obligatoria en los recreos. Es toda la concesión ordinaria a la pandemia.

A los ojos del espíritu, lo esencial de esta primera lección corresponde, en primer lugar, a las formas. Ahora, cuando las formas van al pairo, la dirección, el claustro y los alumnos veteranos desarrollan un protocolo de acogida, solemne y entrañable, rindiendo pleitesía a los más pequeños, por ser más frágiles y estar más necesitados de sentirse reforzados, bienvenidos a casa, a la casa sagrada del saber.

En segundo lugar, hay que resaltar el cucurucho. Es el primer deber que los niños traen hecho. La confección es obra de los padres y abuelos, como directores, y de los propios interesados, que cantan su creatividad en la decoración, combinando flores con dinosaurios y mariposas con robots extraterrestres. Una fiesta picasiana del saber, sin saber que se sabe.

Como símbolo, el cucurucho es una cornucopia, trae de todo, hasta ropa y sorpresas para los niños, que ignoran su contenido. El cucurucho lo han cerrado los padres y así debe permanecer hasta que el niño esté sentado en su aula. Cuando llega el permiso para abrirlo, la fiesta irrumpe como una quermés espléndida de colorido, fascinante, bulliciosa, con ambición de emociones y desgarro de papeles variopintos. Algunos contenidos son personales y otros sirven para compartir, o intercambiar. Es una guelaguetza en versión alemana. En Oaxaca, los zapotecas bajaban los lunes del cerro a compartir sus orfebrerías, su cosecha, sus manualidades, todo cuanto les cabía en sus cestos, bien repletos, para intercambiar como trueque, regalar y hacer real la confraternidad, que permite recibir más que lo que uno da. ¡Cuántas esencias contiene este Schultüte alemán!

El cucurucho exige contención: mientras no llega el permiso, no hay más remedio que transportar la carga y esperar. Steiner decía que no hay conducta sin permiso. Este apotegma es muy poderoso para padres y educadores, cuyas conductas, todas, incluyen permisividad, modelan y dan orientación. Pero, luego, es de resaltar el permiso verbal, con el que la autoridad otorga legitimidad a la iniciativa, deja asomar las intenciones y da respaldo a los hechos. El niño que actúa al albur, que hace su antojo, que no espera ser refrendado por el permiso de sus educadores, no deja de ser salvaje, puede que sea un buen salvaje rusoniano, o puede que llegue a ser un salvaje psicopático. El permiso es una herramienta educadora magnífica.

Por otra parte, la cornucopia es una invitación a curiosear lo propio y lo ajeno, compartir caramelos y chucherías y fabricar las experiencias que hacen posibles los lápices de colores y las ceras y los rotuladores y los demás artefactos, que son diferentes a los que traía la cornucopia propia. El cuadro es esencialmente lúdico y acrecienta las ganas de volver al día siguiente, aunque sea a las 7.30´de la fresca mañana alemana, cuya puntualidad exige levantarse a las 6, cuando aún es de noche.

La institución del mentor es otro logro de crecimiento recíproco. El elegido incrementa su autoestima, tras recibir el crédito de confianza que el elector deposita en él, o ella. Es una confirmación de su mayoría de edad, un reconocimiento de su liderazgo posible. Todo un escalón en su crecimiento como ser humano. Por su parte, el elector aprende a crear confianza, tras reconocer su insuficiencia transitoria, de circunstancias iniciáticas. Y ambos, se vacunan contra el acoso escolar, uno para no ser victimario y el otro para no llegar a ser víctima. ¡Magnífica lección de Psicología Social!

No quiero callar que estoy hablando de un colegio público, al que los niños acudirán en transporte público, de obligada puntualidad, que los alemanes no se permiten el transporte escolar, si no es estrictamente necesario, ni hacer esperar a nadie. El pueblo alemán, una vez integrado su aprendizaje histórico, es tan comedido que, siendo el doble de población que la española, se arregla con la mitad de funcionarios estatales y un tercio de políticos con respecto a España. Quizá, por cosas así, su deuda no sólo no supera al PIB, sino que anda por un discreto 75%. ¡Cuánto nos queda por aprender! ¿Por qué no copiará estas cosas la ministra Celáa y su cohorte de consejeros autonómicos?
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