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Las tres cuadrillas

jueves 03 de septiembre de 2020, 07:39h

Los vascos, apenas abandonan la adolescencia, necesitan tener cuadrilla. Es un sentimiento bifronte, de pertenencia y posesión: cada miembro es de la cuadrilla y ésta, en su conjunto, es de cada miembro. Aquello es una institución étnica, viril y de raigambre tribal.

El mozo vasco, que disfruta de su juventud hasta después de los sesenta años, necesita su cuadrilla para subir al monte los domingos por la mañana, montar en bicicleta cuando se tercia, potear todas las tardes, ir al txoco los sábados por la noche y cumpleaños de guardar, cantar a coro o en solitario y tirarse faroles a discreción.

La cuadrilla vasca es una fratría sobrevenida, que entreteje lazos más sólidos que los sanguíneos, porque nace de una elección por simpatía, la polarización de afinidades lúdicas y la sintonía de carácter, su propia idiosincrasia, en su origen de caserío, donde el aíta, por delegación de la amatxu, o directamente ésta última tenía todo el poder, en exclusiva. Desde este punto de mira, la cuadrilla era un refugio.

De ahí que la hermandad de la cuadrilla entretejiera vínculos de solidaridad a muerte, lealtad sin fisuras y afectos de solidez espartana. La cuadrilla era, o es, un segundo útero para permitir que germine una cierta libertad, camaradería sin recovecos y un sentido de la amistad envidiable.

No hace al caso efectuar otra lectura sobre la dinámica profunda, que habría de ser interpretativa. Por tanto, me quedo con la admiración y el respeto pleno hacia una conducta humana encomiable, porque diluye individualismos y permite que aflore la sintalidad o personalidad colectiva, tan necesaria para muchas circunstancias.

Otra cuadrilla de adhesión, aunque temporera y mercenaria, es de índole taurina y está constituida por quienes ayudan al matador de toros en los diferentes lances y suertes de la lidia.

La tauromaquia es un icono de la civilización mediterránea, que se inició con el taurobolio de Mitra, cuyos vestigios más antiguos están en la isla de Creta. Los romanos transformaron el rito sagrado en espectáculo circense, para contentar al populacho. Y, recalando ya en el ámbito nacional, Alfonso X vuelve a reclamar categoría y considera la lidia arte taurino, que exige nobleza, valentía, y maña para citarse con la muerte y salir airoso. Curiosamente, el Guernica, último cuadro de la serie de la Tauromaquia de Picasso, es una elegía a la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, amigo del pintor y de Lorca que le dedicó otro poema. Conviene no llamarse a engaños antibélicos.

El ministro Abalos, que se entrevistó con nocturnidad y alevosía con la Vicepresidente de Venezuela, considera que “los toros corresponden a la España casposa”. Es una incoherencia de quien reniega de sus orígenes. El ahora ministro, antes fue hijo de un becerrista, nacido en Carboneras de Guadazaón, ferretero en Cuenca y fabricante de muñecas en Torrent, porque los subalternos no tenían, ni tienen, empleo fijo.

La cuadrilla se forma en torno al Maestro para cubrir la temporada, que abre la Magdalena de Castellón y cierra el Pilar de Zaragoza, medio año dándole cornadas al hambre. También esta cuadrilla es una institución, transida de admiración al Maestro y de respeto cautivo ante las faenas y suertes del festejo.

La cuadrilla se viste de luces, lentejuelas, brocados, montera y castañeta, que lo barroco puede ser elegante, máxime cuando se va a oficiar un rito sagrado. Estos subalternos no necesitan sindicato, porque su trabajo es vocacional, una misión a cumplir, un arte a desarrollar y un signo de identidad nacional a representar. Posiblemente, el maestro Ábalos, demasiado ocupado por los litigios políticos, no ha podido ocuparse de la Antropología Cultural y esparce, sin remedio, caspa de ignorancia. Pero, la cuadrilla saliendo en trompa al quite cuando hay un percance, es un alarde de solidaridad ante el peligro, empatía con quien sufre y arrojo por defender la vida con un capote.

La tercera cuadrilla es casual, de oportunidad actual, un aluvión de aquellos que Dios los cría y ellos se juntan. Sin embargo, acaba de demostrar su cohesión y consistencia, con motivo de la solicitud para que Iglesias diera explicaciones sobre las preocupantes e inciertas noticias que se filtran desde los tribunales, sobre las cuentas y trapicheos de su partido. El lema de esta cuadrilla está en el refranero: “con arte y engaño, tiramos medio año y con engaño y arte, tiramos la otra parte”.

El Dr. Sánchez cuenta, efectivamente, con la adhesión inquebrantable de su cuadrilla, integrada, en primer lugar, por el PNV, un partido de abolengo, creado por Sabino Arana cuyos planteamientos racistas son bien conocidos. Hoy, al pragmatismo del PNV sólo lo conmueve el talonario, porque vota al mejor postor. Así, ha conseguido que la renta per cápita en el País Vasco supere los 34.000€, mientras la media nacional no llega a 31.000€; eso, gracias a que todos los españoles somos iguales. Ignoro cuánto habrá cobrado esta vez el PNV por echarle el capote a Iglesias, o qué cheque tiene al cobro.

Otro subalterno de la cuadrilla del Dr. Sánchez es ERC, ¿qué diría Tarradellas si viera su partido actual?, ¿por dónde anda el seny, la elegancia de los modos y el respeto al juego limpio?

El tercer subalterno es Bildu, herederos de los autores de 800 asesinatos de españoles, más de 300 de ellos aún impunes. Bildu, como Iglesias, pretende liquidar lo que hay, la Constitución de 1978, echar al Rey y montar la III República española, confederal y de izquierdas, que son los modelos más pingües para colocar afiliados del partido, para que vivan del cuento a costa de los pocos que trabajen, si no tienen otro remedio. Es el modelo cubano, el de Corea del Norte, el montonero argentino o el bolivariano de Venezuela, un modelo que asegura la pobreza del pueblo y la impunidad opaca de los dirigentes. Por eso, no podía fallarle a Sánchez su cuadrilla, para dar respaldo político absoluto a su socio; hoy por ti, mañana por mí.

La Nación tiene un reto formidable delante: torear un morlaco imponente, astuto y marrajo. El Rey ni puede, ni debe hacerlo; se queda en símbolo de honestidad personal y fidelidad institucional a la Ley.

Pero, el pueblo español tiene agallas, no es más cobarde que el bielorruso, puede formar cuadrilla a la vasca, o cuadrilla de toreo y, con la paz en la mano, es capaz de desencadenar una salida honrosa. Lo demostró en 1808, desde Madrid a Gerona pasando por Zaragoza y desde Bailén a Vitoria, pasando por Arapiles. Aquellas fueron otras guerras y guerrillas, mucho más profusas las del diminutivo. Hoy, no son precisos los duelos románticos a la madrugada, basta con administrar grandes dosis de jarabe democrático.

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